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Full text of "La ciudad que desaparece"

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Orosmán Moratorio 


La Ciudad que 
Desaparece 

★ 


Montevideo 
19 4 5 




Poseer recuerdos es riqueza de pocos i 
celeste riqueza. No sólo quien alum- 
bra, sino sobre todo quien recuerda > 
se halla en circunstancias benditas . 


SOBEN KIERKEGAABD. 




NOTA DEL EDITOR 

Por la preocupación de su hija Arsinoe, que ha hecho un 
culto del recuerdo de su padre, y conserva amorosamente — lo 
que todos le debemos agradecer — el material édito e inédito, 
que dejara el autor de “Dulce calma”, aparece este breve libro, 
precursor — lo auguramos— de nuevos volúmenes. 

No nos corresponde emitir opinión sobre este tomo, que es, 
quizás, el más sentido y el más amado de Orosmán Moratorio. 

El lo había ordenado y dispuesto, como una ofrenda filial, 
a ese dulce y tranquilo Montevideo de hace seis u ocho lustros, 
que amaba recorrer morosamente, saboreando su encanto, aún 
un tanto aldeano, el silencio de sus viejos rincones y la íntima 
poesía de sus quintas familiares y sus jardines floridos y 
amables. 

No refleja esta colección de ágiles crónicas, más que un 
aspecto y una parte de la copiosa y brillante producción de 
quien diera al teatro nacional una veintena de comedias, — casi 
todas representadas — , material para más de un volumen de 
cuentos excelentes e innumerables artículos, notas y perfiles 
biográficos, que, a pesar del apremio con que eran realizados 
por su destino periodístico, reúnen valores y cualidades, que los 
hacen aparecer siempre frescos, siempre interesantes y siem- 
pre actuales. 

Orosmán Moratorio, que tuviera la fortuna de heredar de 
su padre — de quien llevaba el mismo nombre — junto con el 
gusto por las letras, muchas de sus notables condiciones, era 
poeta de verso fácil y armonioso, hombre de teatro y chis- 
peante humorista, facetas puestas de relieve en su amplia 
producción. 

Su padre — a nuestro parecer injustamente olvidado — posee 
un acervo rico y fecundo. Amigo de Elias Regules, cuenta con 
composiciones criollas tan valiosas como las del autor de “La 
tapera” y se engalana de una prioridad honrosa, es quien, 
con “Juan Soldao”, inicia la producción de la dramática na- 
cional gauchesca. 



Como su padre, también deja nuestro autor, mucho ma- 
terial de teatro aprovechable, porque refleja una época y un 
proceso evolutivo de nuestras modas y costumbres intere- 
santísimo. 

Orosmán Moratorio, que se extinguió a sólo cuarenta y cin- 
co años, fué ejemplo de laboriosidad, cuanto de honradez pro- 
fesional, pues, cuidando como un verdadero artista el fondo y 
el estilo de su producción, dió una gran dignidad a ese pe- 
riodismo que cultivara, elevándolo a la categoría de arte que 
le corresponde. 



OROSMAN MORATORIO 


Quizás con la misma emoción que Orosmán Moratorio per- 
geñara, en su fluido y elegante estilo, sus delicadas y hondas 
crónicas montevideanas, trazo yo estas líneas de homenaje y 
recordación y penetro en su obra copiosa y varia y en el pal- 
pitante mundo de los recuerdos a él referentes. 

Sus manos pálidas y finas, bajo cuyo nervioso apremio crea- 
dor temblaron muchas de estas cuartillas amarinadas por el 
tiempo, ya no reproducirán el milagro de sus entrañables evo- 
caciones sentimentales, ni estrecharán las nuestras con esa 
pirra amistad cordial de que eran dueñas. 

Ni su frente, que se perdía en la incipiente calva de marfil, 
se inclinará en esa especie de función de foco que va iluminan- 
do sobre el papel el desenredarse del pensamiento. 

Pero ni una ni otra, ni el sentidor corazón, que presidía 
y regulaba su función de poeta y de artista, se verán defrau- 
dados, pues un amor puro, noble y vigilante, ha impedido se 
cumpla la amarga y dolorosa aprensión de nuestro amigo, que, 
en el prólogo que compusiera para estas páginas rubrica ese 
concepto, que es la angustiosa tragedia de nuestros escritores: 
“Este es un libro que quizás no se publique jamás”. 

Es posible que la protesta contra esa oscura amenaza, que 
turba y desazona la celeste hora de la labor de nuestros crea- 
dores, fuera la mejor ofrenda a su vida, que no se malograra 
porque sus días terminaran demasiado pronto, sino porque su 
vocación superior hubo de ser supeditada a las exigencias ine- 
ludibles de la lucha por la existencia. 

Afirma el norteamericano Charles Morris que un medio 
social equilibrado, donde el ser humano no estuviese urgido por 
la perentoria opresión material, permitiría la expansión ilimi- 
tada de toda la fértil e incalculable posibilidad del hombre. 

En curiosa teoría determinista, Eugenio D’Ors, sostiene que 
es fatídica la normal eclosión del talento. 

Entretanto, los hechos nos comprueban que escritores ex- 
celentemente dotados, que, como en el caso de Moratorio, han 



dado pruebas brillantes de su capacidad, no sólo no han podido 
desarrollar en toda su amplitud y su dimensión su obra, sino 
que nos enteran que pesó sobre ellos, como una fatal inhibición, 
esa idea estéril del temor de la inutilidad y lo baldío de su 
esfuerzo. 

No significa tal afirmación un propósito de disminuir la 
importancia del ingente acervo que nos legara el autor de “El 
dolor de soñar”, pues la hondura y la sutileza de sus piezas 
teatrales; el lirismo y la inventiva de sus breves motivos au- 
tóctonos; la pintura, la sobriedad y la psicología, puesta en evi- 
dencia en sus cuentos, como la fina gracia y la melancólica 
ternura, — a veces un tanto escépticas — , de las crónicas de su 
amada ciudad natal, lo contradecirían, y, sólo nos atrevemos 
a sostener que quizás quedó por decirnos cosas más grandes, 
cosas más hondas y cosas más bellas. 

De que no se traduzcan en realidad esos frustrados men- 
sajes, tenemos todos un poco la culpa, y mucho el ambiente, 
contra cuya opacidad y sordera y pese a su espesa valla de si- 
lencio, irrumpen la idea, la gracia y el canto de los ignorados 
y los olvidados, que contribuyen a hacer sonoro e ilustre el 
nombre de la patria. 

Ya que parece que — en general — no somos capaces de 
hacer justicia en vida, sería acertado y plausible que el Estado 
destinase fondos para que no se perdiese la obra de los escri- 
tores desaparecidos. 

Esto propendería a equilibrar la acción y la ética de los 
intelectuales, a quienes todo se les exige, — alma y carne, crea- 
ción y usufructo — , sin ofrecérseles otra compensación que la 
clásica de la socorrida moraleja de “la satisfacción del deber 
cumplido”. 

La moral de los del oficio — que hoy se ha puesto en moda 
criticar y poner en duda, no sin cierta razón — es, en el fondo, 
la moral colectiva. 

El intelectual es la síntesis y la culminación de la inteli- 
gencia, cuanto de la ética de una sociedad, y la despreocupa- 
ción, la subordinación y hasta la indiferencia con la que aquélla 
lo trata, no sólo da la medida de su capacidad espiritual, sino 
de su propia carencia de respeto a si misma. 

Esa actitud suicida y negativa enrarece la atmósfera de la 
natural expansión de la mentalidad colectiva, que quizás con 
ello, se está mutilando de sus más fecundas y magníficas flo- 
raciones. 

Es preciso propiciarlas y hacernos dignos de ellas, respon- 
diendo a un sentido cabal y profundo de las mismas exigencias 
que nos plantea la convivencia democrática de la que alar- 
deamos. 

El arte cuenta entre sus hermosos y honrosos recuerdos el 



de una edad de oro en la cual los grandes señores se erigían en 
mecenas espléndidos de los poetas y de los artistas. 

Eso hoy debe nacer del propio seno del pueblo que, más o 
menos conscientemente, se da su propia autoridad, que debe 
responder a su misión rectora, elevando la dignidad del hombre 
y dando la jerarquía condigna a los que la merecen. 

Hay que impedir, pues, que los escritores se amarguen y se 
envenenen, viendo marchitarse en sus almas sus sueños que no 
encuentran el camino de la vida y hacer imposible que alguien 
repita con desolado y amargo fatalismo, esa frase que es una 
condenación colectiva: “este libro que tal vez no se publique 
jamás”. 

Quizás parezcan extemporáneas estas expresiones polémi- 
cas en el umbral de este volumen emocionado y tierno. 

Las creo necesarias. 

No comprendo el arte sin el temblor y el sabor calientes, de 
la sangre y de la vida. 

No admito esta artesanía, simple, delicada y tremenda, sino 
como un combate y una intervención activa y ardiente en los 
vivos problemas de la sociedad donde se actúa. 

Es más, entiendo que sería negarse y quizás contradecir a 
un espíritu luminoso, soñador y humano, como el de Orosmán 
Moratorio, no vincularlo, no mezclarlo en esta lidia que conti- 
nuamos batallando y que a él — estamos seguros — lo alcanzó, lo 
hirió, lo conmovió, y quizás le produjo la idéntica reacción que 
cumplimos con el deber de exponer en nuestro mejor homenaje 
a su obra y a su vida. 


Es posible que Orosmán Moratorio, que amaba y dominaba 
su oficio, hubiese querido que lo exaltásemos en él. Entende- 
mos que lo superó, siendo uno de los escasos periodistas a quien 
no devoró el periodismo y ello porque lo adornaban las cuali- 
dades que le permitieron escribir — por ejemplo — con tanta 
densidad, justicia y elocuencia, sobre el autor de “El león ciego”, 
de quien dijo que “le dolía en el corazón”. 

Ese mismo sentimiento, esa misma pasión, experimenta- 
ba nuestro autor por su ciudad natal. 

Montevideo le dolía en el corazón, pero también le sonreía 
en la gracia y en la poesía, que nobilizaron y perfumaron sus 
perdurables páginas. 


MONTIEL BALLESTEROS. 




RAZON DE SER DE ESTE LIBRO 


Cuando yo era muchacho, Montevideo también era mu- 
chacho porque era sólo un pueblo grande. Nos criamos juntos. 
El vió cómo iba estirando mi figura de niño endeble y cómo 
un día me salieron pantalones largos y cómo poco a poco fui 
cobrando aspecto de hombre. Yo vi, entre tanto, cómo se iba 
extendiendo rápidamente mi pueblo grande; avanzando por 
el Sur hasta Punta Carreta; avanzando por el Este hasta Los 
Pocitos; avanzando por el Norte hasta el Paso del Molino; 
avanzando por el Oeste hasta la falda jugosamente verde del 
Cerro. 

Nos criamos juntos y nos quisimos. 

Todas sus calles viejas me conocieron y me sintieron an- 
dar por ellas satisfecho y alegre, inundado en la luz de sus 
soles transparentes, entre la amistad fraterna de sus casonas 
primitivas y de los muros que cerraban sus baldíos. Calles vie- 
jas cien veces recorridas por el solo, simple placer de sentirme 
entre ellas o por el goloso incentivo de sus rítmicas mujeres 
opulentas. Jamás otro hombre se sintió mejor dentro de sí 
mismo o dentro de su casa. 

Montevideo, mi pueblo grande que vi crecer, retribuyó 
generoso mi sentimiento amante, porque fué extendiendo ante 
mi vista la magia de la transformación de su belleza; inun- 
dándose ante mí, de lindas casas blancas, como en una ola de 
civilización, desde la calle Maldonado hasta los solitarios la- 
vaderos de la Estanzuela y hasta la punta agresiva de la fa- 
rola y subiendo hasta la mitad del Cerro y aromándose entre 
los fantásticos jardines hacia el Norte y hundiéndose, por las 
pendientes que ruedan hacia el Sur, en las aguas azules del 
gran río. 

Montevideo es un gran juego de perspectivas, en un es- 
tallido de policromías, es una combinación interminable de 
horizontes diversos. Inundado en su atmósfera transparente, 
todavía aldeana ella también, parece en los mágicos días de 
sol percibir la sensación de la belleza de la luz en su plenitud. 



La aspereza hosca del Cerro, como un monumento de la raza,, 
como un trasunto de las épocas indígenas y el recuerdo de loa 
pobladores coloniales, gente de guerra, gente que vivió en la 
perpetua inquietud de la sangre y de la muerte. Razas de 
bárbaros y de héroes. 

Y frente al Cerro, como una expresión de los días' actua- 
les, en pugna con la fortaleza colonial que aún lanza sus 
cañonazos a la salida y a la puesta del sol como cuando era 
necesario anunciar la apertura y la clausura de las puertas 
de la ciudad, levanta hoy Montevideo el rascacielos, símbolo 
de civilización. Gigantesco centinela, gigantesco vigía, obser- 
vador perpetuo del más dilatado horizonte del mar y del más 
dilatado horizonte de la tierra. Sale al encuentro de los na- 
vegantes, sale al encuentro de los emigrantes, para anunciar- 
les que ya sobre estas costas que fueron inhóspitas y agre- 
sivas se levanta una civilización . . . 


Montevideo fué siempre mi mejor amigo, mi más grande 
amigo. En la sensación de belleza y de serenidad que me 
brindaron su luz, sus colores, sus horizontes insospechados 
pero ávidamente buscados por mí, encontré mil veces la paz 
del espíritu y la serenidad del corazón, y en gratitud hacia ella 
jamás sentí hondamente el ansia de andar fuera de mi 
ciudad, de atravesar otros horizontes, de vivir otras ciudades. 
La inquietud de andar me la contuvo mi propia ciudad. Y qui- 
se a mi ciudad como yo deseé, cuando traspuse los treinta 
años, que me quisiera una mujer. Y así como hubiéramos de- 
seado que el tiempo se hubiera detenido para la mujer a 
quien amamos. Así como muchas veces hemos cerrado los ojos 
para evocar los años pasados olvidando el presente, a fin de 
ver con los ojos de nuestro corazón a la madre como cuando 
era joven todavía, como cuando era una madrecita casi niña, 
de rostro sonrosado y de ojos luminosos. Así como muchas, 
veces hemos deseado detener el tiempo sobre la cabeza del 
hijo pqueñito, ante la certidumbre de los dolores, de las in- 
quietudes y de las desesperanzas que le han de sobrevenir, así 
muchas veces he sentido hondamente el anhelo de retener a 
Montevideo, de perpetuarlo tal como era en la época en que 
los dos empezábamos a vivir, en que mi ciudad era un pueblo 
grande, en que yo era un muchacho endeble a quien un día le 
salieron pantalones largos ... 

En esos hondos momentos sentimentales escribí las pági- 
nas que componen este libro (un libro que tal^ vez no se pu- 
blique jamás) y que son, una por una, expresión de la since- 
ridad de quien amó a su Montevideo. Han transcurrido varios 
años desde que surgió la primera página hasta que fué tra- 



zada la última. Pero las informa un mismo plan, palpita en 
ellas un mismo sentimiento y las domina un mismo pensa- 
miento. De ahí que, a pesar de la diversidad de los temas, sea 
un libro coherente como si hubiera sido escrito día tras día 
en un lapso determinado. 

Casi todas estas páginas fueron dadas a la prensa — ex- 
presamente escritas para la prensa — desde 1917 hasta 1927. 
La mayor parte de ellas se publicaron con el título común de 
“Emociones montevideanas” y otras con los títulos de “Emo- 
ciones de la calle”, “Aspectos montevideanos”, etcétera. Creo 
que este libro debiera llamarse “Emociones montevideanas”. 
Pero desde la época en que empecé a escribir estas páginas 
hasta el instante en que las reúno (he perdido muchas de 
ellas, sin embargo) se ha escrito tanto acerca de Montevideo, 
constituyéndose una literatura alrededor de ella y general- 
mente con el adjetivo “montevideano”, que a la fecha parece 
una repetición más, una copia más de cuanto se ha escrito, 
aun cuando en los días en que se originaron estas páginas no 
se había iniciado este “montevideanismo” que hoy a tantos 
domina. 

Prefiero llamarle, en consecuencia, “La ciudad que des- 
aparece”. Porque es eso, precisamente, lo que quise hacer: re- 
tener en la crónica lo que yo conocí de Montevideo, retener 
en el papel aquella Montevideo de mi juventud, que evocarán 
con emoción los hombres de mi edad y que no conocieron los 
jóvenes actuales. He creído hacer historia, historia sin cro- 
nología y sin episodios trascendentales, sin acontecimientos 
políticos y sin episodios guerreros. Pero toda ella verdad, hon- 
damente vivida y hondamente sentida. El documento de esta 
historia soy yo mismo ... No tiene bibliografía . . . 

Sólo aspiro a que dejen estas páginas una emoción en los 
hombres sinceramente montevideanos, en los hombres a quie- 
nes la luz, los colores y los horizontes insospechados de Mon- 
tevideo, hayan dado paz a su espíritu y serenidad a su 
•corazón . . . 


Octubre 17 de 1927. 




Cuando yo tenía siete años, hubiera querido 
ser Robinson Crusoe. Después, muchos años des- 
pués, me expliqué el origen de este deseo mío. 
Yo soy un sujeto individualista, no en el concep- 
to sociológico, sino en el orden psicológico. Yo 
siempre quiero valerme de mi mismo, sentirme 
plantado en mis pies por mi propio esfuerzo. 
Cuando he necesitado del esfuerzo ajeno para 
colocarme en situación normal, nadie ha venido 
en mi auxilio y me he dolido de ello, aunque no 
he llamado a nadie ni nadie escuchó de mis labios 
una queja. Pero después que me he levantado, 
he sentido honda y orgullosa satisfacción de 
haber procedido sólo por mi propio esfuerzo. 

Siento ya en mis músculos la fatiga, en mis 
entrañas el laceramiento, en mis nervios el re- 
lajamiento que me ha causado la continuidad 
del esfuerzo que fué necesario realizar. Pero 
percibo en cambio en mi espíritu la satisfacción, 
orgullosa y egoísta, de no deber nada a nadie y 
deberlo todo a mi solo esfuerzo. 

Sin embargo, en eso he malogrado las me- 
jores energías de mi vida y siento que el desgas- 
te producido es mayor que el bien logrado. He 
comprado en cien lo que sólo valía cincuenta. 
He realizado un mal negocio, pero he cumpli- 
do con la vida. 


OROSMAN MORATORIO. 




La Ciudad que Desaparece 


CIUDAD MUERTA 

Volver a vivir, resucitar... rejuvenecerse... afán de huir 
a la muerte . . . Eterna y absurda quimera, ridículo empeño de 
la fantasía. 

Y sin embargo, a pesar de todo, me he echado a andar en 
esta tarde luminosa y tibia, por las silenciosas calles de mi 
adolescencia, las calles entre las que viví en los días en que 
mi corazón despertaba a todas las palpitaciones de la vida y 
en que mi fantasía se lanzaba a las más bellas regiones de lo 
absurdo. Qué afán de encontrar el pasado! Qué inútil empe- 
ño, en el corazón, despertaba a todas las palpitaciones de la 
vida y en que mi fantasía se lanzaba a las más bellas regio- 
nes de lo absurdo. Qué afán de encontrar el pasado! Qué inútil 
empeño, en el corazón, de hallar resucitado algo de la vida 
de aquellos días! 

A mi paso se levantan los recuerdos como una bandada 
de pájaros que hubieran estado allí disfrutando de la calma 
y del silencio. Poca gente anda por allí a estas horas. El as- 
falto ha cambiado el aspecto de las calles que fueron ruidosas 
cuando por su empedrado pasaban los carros. Algún automóvil 
pasa ahora, (silencioso. 

Del otro tiempo sólo quedan las casas, pocas casas ya, 
porque casi todas están transformadas o renovadas. Sus pa- 
redes parecen frías ahora, mudas, indiferentes a mi paso. La 
gente que asoma a las puertas o a las ventanas, no me co- 
noce. Tampoco la conozco yo. Cuando aparece un rostro en 
plena juventud, siento la tristeza de ver que son otros los que 
ahora juegan o sueñan como yo jugaba y como yo soñaba en 
aquellas calles, quizá en aquellas mismas casas. Percibo la 
sensación de la inestabilidad, de la transformación, de la 
renovación indiferente, incesante. 



20 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


Yo también me fui, yo tampoco existo. Como se transfor- 
mó mi físico, cambió también mi espíritu. Y si todavía sueña 
mi fantasía, si todavía siente un cálido latido mi corazón, ya 
ni mi corazón ni mi fantasía son aquello que fueron hace 
veinte años. 

Paso indiferente ante todo y delante de todos. Pienso que 
estoy paseando por una ciudad muerta. No encuentro un solo 
conocido. 

Me cruzo con un hombre en decrepitud. Tiene el cabello 
blanco, tardo el andar, deformada y sucia la ropa. Me mira 
por sobre el aro de sus lentes, se detiene un instante, me ob- 
serva de la cabeza a los pies . . . ¿Es algún amigo de aquel 
tiempo? ¿Habremos jugado o habremos soñado juntos algu- 
na vez? Nada me recuerda su figura, pero la mía quizá le haya 
evocado algo, porque sigue andando lentamente y volviendo 
la cabeza para observarme, hasta que se pierde en la vuelta 
de una esquina. Hubiera querido detenerlo, haberle hablado 
y que hubiera sido un amigo que olvidé. Sin embargo, no pude 
hacerlo. ¿Porqué? 

¡Qué necesidad de remozar el corazón provoca en mí todo 
esto! Y llamo en una casa que permanece sin transformarse. 
En el interior del patio están las mismas macetas y, quizás, 
las mismas plantas. Un hombre encorvado, con gafas oscuras 
que le ocultan los ojos, que anda lentamente apoyado en un 
bastón y que parece un personaje de “Azorín”, me recibe en 
el zaguán. Lo recuerdo bien a pesar de su espantosa trans- 
formación. 

— Estoy medio ciego, hijo mío. Apenas te veo. . . Pero te 
reconozco por la voz. Me acuerdo que hacías versos y . . . cómo 
te gustaban las mujeres y cómo te gustaba soñar... Yo creía 
que ibas a ser incapaz de trabajar... Sin embargo, uno se 
equivoca, se equivoca siempre. Uno comprende, al fin, que lo 
único que hace el hombre en la vida es equivocarse . . . 

Vuelvo a la calle. ¿Esto es lo que me queda de mi pasado 
juvenil? 

Me queda, también, la casa donde vivió la primera mujer 
de quien me enamoré. Una mujer de doce años! Pero, ¿para 
qué necesitaba más mi fantasía? Tampoco está ella allí. ¿Qué 
rostro tendrá ahora? ¿Cómo será ahora? En la puerta juegan 
tres niñitos. Háy una nena en cuyo rostro mi imaginación se 
empeña en evocar el rostro de la novia infantil. 

Todos, todos estamos sustituidos ya. 

Sigo andando. Siento en la garganta un amargor que pa- 
rece subirme del corazón. Ando por una ciudad muerta. Has- 
ta los recuerdos estaban muertos y yo he ido a despertarlos. 



OROSMAN MORATORIO 


21 


Apresuro el paso para sal-ir pronto de allí. Siento necesidad 
de reintegrarme a la vida, de sentirme yo nuevamente, de 
volver al yo de todos los días, de este yo que ha aprendido 
al fin a dejar resbalar muchas cosas por sobre la superficie 
endurecida del corazón. Aunque no haya aprendido a callar. 

De pronto, el aroma violento de unos jazmines me detiene 
junto a una pared. Es un jardín tapiado, el mismo que conocí 
y que con sus aromas saludaba mi paso en las noches de ve- 
rano. Su aroma sensual es lo único vivo, igual, que resta, en 
esas calles, de mi tiempo pasado. Aspiro hondamente, profun- 
damente, y ya no es sólo el aroma de los jazmines, sino de 
las madreselvas y de otras flores, lo que me llega en el hálito 
tibio de la tarde cuya luz empieza a menguar. Es igual, es el 
mismo amigo mío de otros días, este jardín. Es el pasado vivo, 
Inmutable, siempre en su plena juventud! 

Pero la diversidad de perfumes me trae el recuerdo de los 
jardines del cementerio. . . 


Subo a un automóvil y huyo, a todo andar, de la ciudad 
muerta... 




LA LIBRERIA DE IB AREA 


— Si han pasado ustedes por Rincón y Juan Carlos Gómez, 
¿se han dado cuento de lo que falta allí? 

—¡No! 

— Falta la Librería de Ibarra. 

— ¡Oh! ... ¡Es verdad! 

Es que todas las cosas que nos rodean, aquellas mismas 
que algún día encerraron para nosotros un recuerdo o un afec- 
to, se van así, sin que nos demos cuenta de ello. No tenemos 
tiempo para fijarnos en eso, y cuando un día nos lo señalan, 
exclamamos atónitos: ¡Oh!... Es verdad! __ 

Sin embargo, la Librería de Ibarra, que fué con la de Her- 
nández una de las primeras que tuvo Montevideo, se estaba 
yendo lentamente desde hacía tiempo. En eso sí, nos habíamos 
fijado bien. Allá por el 52, época de emigraciones argentinas, 
llegaron los Ibarra a nuestra ciudad. Y don Francisco Ibarra 
instaló en aquella esquina la Librería Argentina, que fué centro 
editor y vehículo importante de la cultura montevideana. En 
la esquina opuesta, en la de 25 de Mayo, formando el otro punto 
importante de la cuadra que se llamara calle de los Judíos, en 
los tiempos que sucedieron al coloniaje, se hallaba la Librería 
de Hernández, convertida luego en la Librería Nacional y cen- 
tro eminente de la intelectualidad de una época. 

La sucesión de los años trajo muchas transformaciones en 
el comercio de libros, se extendieron por toda la ciudad las li- 
brerías y la Librería Nacional fué transformándose al punto de 
no quedarle ni un solo rastro material de su pasado. Pero la 
Librería de Ibarra se mantuvo siempre igual, como aferrada a 
la tradición, a su pasado, prefiriendo irse como cosa vieja antes 
que ceder a la ley inquebrantable de la renovación. 

No queremos decir cuántos, pero hace ya muchos años que 
la veíamos siempre igual, con la misma estantería oscura, de 
molduras abigarradas, que le daban aspecto de despacho de 
farmacia; con los mismos do,s pequeños mostradores en el mis- 
mo lugar, con las mismas ediciones en los escaparates, los 
mismos textos escolares en las vidrieras, la misma silla de 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


24 

Viena (¿cuántos años hace que no se usan sillas de Viena?) 
colocada en el mismo lugar, donde todas las tardes descansaba, 
la figura escueta de don Francisco Ibarra dirigiendo hacia la. 
calle por sobre el arco de su afilada nariz la mirada de su 
pupila oscura. 

Esa atracción que ejerce en los hombres el escaparate de 
las librerías como en los chicos los escaparates de las confite- 
rías, nos hacía detener muchas veces frente a las vidrieras de 
“lo” de Ibarra. Las ediciones más jóvenes eran de 1890; casi 
todos eran libros tíe texto y todavía estaban allí Cortambert, 
Ritt, Berra, Langlebert, Duruy y el enorme cartapacio del atlas 
de Zerolo. La paz de aquellos respetables libros vetustos jamás 
fué alterada por la aparición de un Bergson, de un France, de 
un Benavente, de un Kipling y no mencionemos a Joaquín Bel- 
da, el bacilo que ha infectado los que fueron saneados estantes 
de las librerías montevideanas! 

Hacía tiempo que la Librería de Ibarra se iba, se iba len- 
tamente, silenciosamente, humildemente; parecía que se iba 
con resignación estoica, llena del recuerdo del pasado y llena 
de rencor hacia el presente que pasaba su indiferencia delante 
de sus empolvados escaparates. Parecía que en su testarudez 
se disponía a morir antes que a renovarse. Era la matrona de 
rancia aristocracia que no somete su orgullo a la miseria y que 
sólo lo rinde a la vejez y a la muerte. 

Alguna mucama que iba a pedir que le permitieran hablar 
por teléfono, y nada más; parecía que allí no entraba nadie 
desde quien sabe cuantos años y sólo se veía en su interior un 
chico de guarda-polvo blanco detrás de un mostrador, mi- 
rando hacia la calle con vago mirar. En todas las cosas el tiem- 
po había puesto su pátina imborrable; en la cabeza de don 
Pancho Ibarra, en la estantería, en los libros que nunca se ven- 
dieron, en las tablas del piso amarillento. 

Cierta vez empezaron a despoblarse los estantes; poco a. 
poco iban desapareciendo los volúmenes que los llenaban. Quién 
sabe quien los compraba; quién sabe dónde los llevaban. Cada 
día más vacíos los estantes. , Hasta el enorme atlas de Zerolo 
que se mantuvo inconmovible' dos años en una vidriera, desapa- 
reció también. Algo de hondo dolor, de tremenda tragedia ín- 
tima había en aquello. 

Un libro que no se vende, es siempre un dolor latente; un 
libro que no se vende más, es en cierto modo una tragedia que- 
se le olvidó a Shakespeare. Hubo un momento en que en la Li- 
brería Argentina no quedaron más que cuarenta o cincuenta 
libros; en los estantes habían comenzado las arañas a tejer 
dulcemente sus maravillosas filigranas y el chico del guarda- 



OROSMAN MORATORIO ^ 25 

polvo blanco se había quedado dormido, los brazos enlaz¡l*tós 
sobre el mostrador, la cabeza sobre los brazos. . . 

Al día siguiente, las puertas de la Librería de Ibarra no se 
abrieron. No sabemos qué día fué aquel, pero hubiéramos que- 
rido anotarlo porque fué el día en que desapareció una tradi- 
ción montevideana que murió de pie, sin un gesto, sin un la- 
mento, sin una protesta, como dicen que morían los estoicos. 




LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

Menguada época ésta en que se construyen las casas para 
vivir en la calle, en que el sentido de la belleza de las cosas más 
íntimas de todos los días ha sido dominado por el absurdo afán 
de lo arbitrariamente feo. La casa sólo interesa por el vecino 
que nos observa o por el transeúnte superficial y curioso y se 
pone toda la preocupación de la casa en el aspecto del frente 
del edificio. En el frente queda todo; la mitad, cuando menos, 
del coste de la construcción y todo, entero, el mal gusto y la 
^espantosa incomprensión de la belleza. En el interior no se 
¡necesita nada; ni luz siquiera, ni aire siquiera; la luz y el aire 
están en la calle; apenas si las casas se necesitan para dormir. 

Y esta ciudad, que va viendo desaparecer las viejas casas 
familiares en que se edificaba para vivir, en que se ponía en 
las casas todo el dinero necesario pero que, primero, se ponía 
en ellas todo el calor de nido que hay en la reunión de todas 
las cosas profundamente cordiales; esa ciudad, va convirtién- 
dose en ciudad de cartulina, de papel “marché” hecha para 
gentes que no han tenido tiempo de enriquecer su corazón en 
el afán de enriquecer el bolsillo. 

¿Será que nosotros nos vamos sintiendo viejos, nos vamos 
quedando rezagados? Cuantas veces hemos pensado en esto, 
hemos sentido un estremecimiento en el corazón, no por la 
preocupación de envejecer, sino por la incapacidad de conti- 
nuar al mismo paso que la vida. 

Pero esta nueva ciudad que está apareciendo dentro de 
esta blanca Montevideo de nuestra juventud, es fea, por las 
formas absurdas y los colores detonantes de la edificación; es 
falsa, porque se construye con materiales deleznables y con el 
propósito de engañar con una apariencia de mayor valor. El 
afán está en haber gastado mucho o, sino se puede, en la apa- 
riencia del gran gasto. Se edifica para quince días. Parece que 
nadie advirtiera que una ciudad es algo más que el trabajo de 
tramoyistas de teatro . . . 

Y las casas se construyen para vivir en la calle! 



28 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


La vieja casa familiar de la que nos fueron sacando, a 
unos, la vida; a otros, la muerte! De tal modo pusimos en ella 
nuestro corazón, que hoy, que no existe, la llevamos en nues- 
tro corazón. El antepasado que la construyó, la hizo, evidente- 
mente, para alojar en ella su amor y su honradez, su paz y su 
fatiga, su. alegría y su dolor, para que fructificaran allí, para, 
que allí radicaran para siempre. Y allí quedaron, hasta que 
poco a poco, a unos la vida, a otros la muerte, nos fueron sa- 
cando de allí. 

Abiertas las paredes blancas del enorme patio sobre un 
trozo muy azul del cielo; todo el aire y todavía luz de Dios 
venían por allí, al través de la vieja parra, a alegrar las jaulas 
de los pájaros criollos, a introducirse, por las enormes puertas, 
en las habitaciones enormes; en el sobrio comedor, cuya mesa 
recordaba a cualquier hora la figura del abuelo que desde la 
cabecera presidía las comidas; en la sala de grandes sillas en- 
fundadas en que se sentaban las visitas, unas señoras lindas 
con pesados vestidos de brocato negro, cuyas manos, hasta la 
mitad enguantadas, mantenían el ritmo de grandes abanicos, 
herederos directos de los historiados “pericotes”. 

Todo estaba construido allí “para siempre”. Porque aún 
cuando, por nuestra desgracia, es cierto que nada ha sido he- 
cho para perdurar, es verdad también que para que la huma- 
nidad perdure — según lo manda la Naturaleza — es preciso que 
cada hombre lleve siempre en sí la pobrecita idea de que él y 
todo lo suyo está preparado para la inmortalidad. 

Allí estaba, como centro de la casa, como eje de la exis- 
tencia del hogar, el oscuro sillón de la abuela, donde la abuela, 
siempre, siempre, siempre levantaba una mano por sobre las 
cabezas infantiles para hablar de los premios que en esta vida 
alcanzan los niños buenos; movía las dos manos en el prodigio- 
so tejer de dos agujas plateadas o pasaba lentamente, una a 
una las cuentas del gran rosario que guardaba pendiente de 
la alta cabecera de la cama. 

La madre (¿por qué se habrá concluido esa clase de ma- 
dres jóvenes?) con su lindo rostro sonrosado, todavía joven, 
había trocado al día siguiente del matrimonio, su tocado de 
soltera, por el sobrio tocado que entonces llevaban las esposas; 
cuando los hombres se detenían en los límites de la irreveren- 
cia ante las esposas; cuando las esposas hubieran enrojecido 
de vergüenza y llorado de dolor, si por su imprudencia se les 
hubiera llegado a suponer solteras. La madre, que corría por 
toda la casa, que llenaba toda la casa, ordenándolo todo, lle- 
nándolo todo con la sonoridad de su risa o con el encanto de- 
sús manos en el piano, ponía su corazón también en la cocina 



OROSMAN MORATORIO 


29 - 


(hoy en las casas de cartón se compra la comida hecha!) y así 
la mesa que presidía el abuelo, un poco rígido y otro poco- 
rezongador, parecía que, de veras, tuviera el pan de Dios. 

Y seguramente, ahora, ya vieja la madre, ya convertida, a 
su vez, en abuela — aunque hace muchos años que el destino 
nos dispersó a todos — seguramente se siente una satisfacción 
muy grande al pensar, ' contemplándola con un poco de orgu- 
llo, que mamá no bailo el “shimmy”, que no vivió sus noches en 
esa aberración cinematográfica de hoy, que las más bellas emo- 
ciones de su corazón las halló en su hogar. Y, pensándolo, se 
sienten sin duda deseos de agradecer a mamá su vida toda, la 
vida en aquella casa que construyó uno de los antepasados, 
para radicar en ella, eternamente, su amor y su honradez, su 
paz y su fatiga, su alegría y su dolor. 

Vieja Montevideo de las viejas casas que se transforman 
en inquilinatos o en oficinas y de las frondosas perfumadas 
quintas del Paso del Molino, reducidas a casitas de alquiler, 
mutiladas por los solares a plazo; vieja Montevideo de las 
casas bajas, llenas de la alegría del sol y de la luz; cuanto más 
te van transformando, cuanto más te borran y te cambian por 
esta nueva ciudad de cartón-piedra, más fuertemente ahondas, 
en nuestro corazón. 




UN POETA FRACASADO 


Cuando yo lo conocí, hace quince o veinte años, ya tenía 
aspecto de vejez; ya llevaba blanco el enorme bigote que cubría 
su boca grande de labios gruesos y ya su cabellera se estaba 
haciendo gris. Tenía ojos oscuros de mirada bondadosa y 
junto a sus párpados cabrilleaban innumerables pequeñas arru- 
gas que le daban una graciosa expresión sonriente. Era since- 
ra la expresión de sus ojos, porque de su grande alma inge- 
nua surgía en todo instante una cálida expresión de cordia- 
lidad. Era bueno, bueno de noble bondad, de esas bondades que^ 
en quien las observa, dejan la sospecha de que quizá en el 
fondo de aquella alma hay un impulso de artista o de poeta 
que no logró salir a flor de corazón. 

Cuando yo lo conocí, lo primero que supe de él fué que era 
periodista. Para mí, que todavía no había traspuesto la puer- 
ta de una redacción, tenía el periodista un extraño encanto que 
era a la vez un prestigio de algo a lo que se atribuye un valor 
que se desconoce. ¿Cómo y hasta qué punto pesaba la opinión 
de ese hombre dentro de la prensa y, por consecuencia, en la 
opinión de la gente? Esto, que yo no podía' saberlo, me hacía 
más sugestiva su figura. No hubo necesidad de que transcurrie- 
ran muchos años para que yo pudiera llegar al fondo del alma 
de este que fué noble amigo mío. 

En la prensa de hace un cuarto de siglo, se llamaba “ga- 
cetilleros” a los cronistas, cuya tarea consistía en traer a la 
redacción y acumular en dos o en tres macizas columnas, bajo 
el título de “Gacetilla”, todas las noticias que se juzgaban in- 
teresantes. El viejo Fénix fué quien dió brillo e imprimió el 
sello de su personalidad a esta sección, remozándola y dándole 
inesperado interés. Puede decirse que Fénix ennobleció la “Ga- 
cetilla”. 

A esta clase de periodistas, a los “gacetilleros” anónimos, 
modestos, que parece que de pronto quisieran volcar toda su 
alma dentro del diario, decir en la prensa todo lo mucho que 
hay en el fondo de sus almas obligadas al silencio, pero que- 
siempre optan por seguir escribiendo, con mala o buena letra,,. 



32 


LA CIUDAD QUE ‘DESAPARECE 


pero siempre resignadamente, sus noticias diarias, a esta clase 
•de periodistas pertenecía mi amigo, que para mí fué un poeta 
fracasado. En las conversaciones de la redacción, en las si- 
lenciosas horas nocturnas en que lo único que no descansa es 
el taller de linotipias, que obliga a trabajar constantemente, 
este hombre hablaba con la elocuencia de su experiencia de 
todas las cosas, opinaba sobre todos los problemas con criterio 
claro y pensamiento honrado, con el calor de quien siente en 
lo hondo las cuestiones de interés general. 

Y durante las noches, a veces también durante las tardes, 
este hombre que había pertenecido a todos o casi todos los dia- 
rios, recorría todas las redacciones, donde invariablemente en- 
contraba la cordialidad que había conquistado en su vida de 
hombre bueno. Pero todos, dentro de las redacciones, habíamos 
observado que este hombre, que este periodistas, ya viejo, dis- 
traía sus horas nocturnas en la tarea de reunir todos los diarios 
que encontraba en todas las mesas, y aún en el suelo, de todas 
las redacciones. De cada redacción salía cada noche con un 
enorme atado de diarios debajo del brazo. 

¿Para qué quería esos diarios, que seguramente no leía? 
Los muchachos de las redacciones, riendo, hacían quién sabe 
cuantos comentarios. Y no faltaba, claro está, quien creyera 
;y afirmara — asegurando haberlo visto — que con las montañas 
de diarios viejos recogidos durante un mes, este pobre amigo 
veía aumentada en algunos “reales” la exigua paga de su pobre 
tarea de gacetillero. Pero él no decía, él jamás dijo nada; y 
cada vez que le hacían alusión a sus diarios él contestaba con 
una sonrisa, con una de esas sonrisas que al hacerle cabrillear 
las innumerables pequeñas arrugas de sus párpados y de sus 
sienes, daban a sus ojos y a su rostro una dulce y paternal 
expresión de bondad. ¿Para qué quería los diarios? ¿Qué hacía 
con tantos diarios? , 

Una noche, una madrugada, un compañero de la prensa lo 
sorprendió en inesperada y rara tarea. Eran las tres de la 
mañana. En una esquina de una calle un poco oscura, a pocos 
metros de la puerta de la casa en que vivía, acababa de dete- 
nerse este hombre que, aún cuando hacía un rato había reco- 
rrido todas las redacciones, no llevaba su montón de diarios 
debajo del brazo. Era raro, pues el paquete de diarios debajo 
del brazo era como una extensión de la propia personalidad. 
¿Qué le habría ocurrido? 

Al llegar a la esquina, un tropel de gatos le salió al encuen- 
tro. Eran gatos de todo color, de todo tamaño, que aparecían 
unos por un lado, otros por otro, como tropa convocada de 
pronto por un toque de “llamada”. Algunos de esos animali- 
tos maullaban muy dulcemente mientras estiraban hacia el 



OROSMAN MORATOEIO 


33 


Tiombre sus expresivos hocicos; otros, runruneando, refregaban 
©ensuales la seda de sus pieles por los tobillos del viejo amigo, 
en tanto que alguno, más osado, apoyaba sus patas delanteras 
en el muslo del hombre y olfateaba, codicioso, el bolsillo <Je la 
americana. 

Y del bolsillo de su americana extraía, entonces, el viejo 
gacetillero, uno, dos, tres, cuatro o más paquetes prolijamente 
dispuestos, en que había carne fresca y cuidadosamente cor- 
tada, con que el amigo obsequiaba, noche a noche y año tras 
año, a todos los gatos de la vecindad. Y mientras comían, le- 
vantaban de cuando en cuando la cabeza para contemplar al 
■“hermano hombre” y alguno de ellos solía enviarle un tierno 
maullido de gratitud, en tanto que el hombre contemplaba el 
espectáculo, sintiendo una vibrante sacudida de emoción en 
el ¿pecho. 

Desde ese día, nadie más le preguntó para qué quería los 
diarios; muchos de nosotros nos cuidábamos de guardárselos. 
Y yo tuve entonces el convencimiento de ique en ese noble 
amigo mío, en cuya alma sospeché siempre la existencia de 
un artista que no logró salir a flor de corazón, había un 
poeta fracasado . . . 




LA INVASION DE LOS GORRIONES 


Era aquel hombre una especie de Rossell y Rius en em- 
brión; quizá un Rossell y Rius en estado rudimentario. Había 
reunido en su casa, del Cordón, una casa azul bordeada por 
un jardincito, algunos animales más o menos domésticos. Yo 
no sé si aquello lo hacía por vanidad o por amor a los anima- 
les, pero lo indudable era que aquella incipiente colección zoo- 
lógica cumplía un fin social, puesto que “La Quinta de los Bi- 
chéis” era el objeto de todo interés y aún de todas las preocu- 
paciones de las criaturas de mi tiempo. Uno de mis hermanos 
pequeños, había observado que en una jaula de “La Quinta de 
los Bichos” existía un mono que “subía para arriba y bajaba 
para abajo”. 

Aquel hombre, al venir de la región italiana donde nació, 
quiso traer algo de su país, algo que perpetuamente le recor- 
dara su tierra, y así como el emigrante sentimental alguna vez 
ha traído ocultamente guardado en el bolsillo un puñado de 
polvo del suelo ingrato que abandonó maldiciendo, aquel hom- 
bre que vivió rodeado de animalitos, trajo unas jaulas llenas 
de los pájaros más divulgados de su tierra, los pájaros que 
ponían una nota de movilidad rumorosa en las calles y en los 
campos de su patria y que al propio tiempo ponían una su- 
gestión de glotonería en el plato* de “polenta” de la casa 
familiar. 

En el momento de desembarcar en el puerto de Montevi- 
deo, tuvo que abandonar los pájaros. Porque se lo impedían los 
reglamentos sanitarios o porque los derechos de importación 
eran excesivos — la causa poco importa — el hombre aquel abrió 
las puertas de las jaulas y los pájaros entraron a Montevideo 
por el aire, como pájaros y no como prisioneros. Era una nueva 
inmigración y era, al mismo tiempo, el símbolo de las inmi- 
graciones fundamentales del Uruguay, la italiana y la espa- 
ñola, porque si los pájaros venían de Italia, donde se llamaban 
■“pásulas”, también procedían de España, donde se llamaban 
"'‘gorriones”. 

Pocos años después de aquel episodio acaecido al propie- 



36 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE? 


tario de “La Quinta de los Bichos”, los prolíficos pájaros a los 
que llamaron gorriones los descendientes de españolea y pásulas 
los descendientes de italianos, se apoderaron de Montevideo. 
Los pájaros criollos, los “chingólos” y los “mixtos”, que en- 
jaulaban los muchachos de otro tiempo, fueron poco a poco 
cediendo espacio a los inmigrantes, fueron poco a poco aban- 
donando la ciudad e internándose cada vez más en el campo, 
del que procedían. 

Ese ha sido también el proceso operado por la inmigración 
entre los hombres. El criollo ha debido ser lentamente absor- 
bido y sometido por las costumbres y por los pensamientos de 
los inmigrantes, pero también entre los hombres ha habido 
chingólos huraños, rebeldes y testarudos, que se han refugiado 
en la soledad melancólica de los campos a guardar su impla- 
cable rencor contra los gringos. Desde que dominaron los go- 
rriones, ya no se ha vuelto a ver en la ciudad a los saltarines 
chingólos de patitas muy largas y cabeza muy pequeña, ni a 
•los mixtos “chispeadores”, que ahora se venden en la feria 
como novedad excepcional. 

Ahora, las pásulas son los pájaros de Montevideo. Como los 
hombres, estos descendientes de inmigrantes son los nuevos 
individuos de una nacionalidad nueva . . . Como los inmigran- 
tes, los gorriones predominan en el ambiente, pero el ambiente 
a su vez los ha absorvido. . . 


Mientras los quinteros del Paso del Molino, de Peñarol y 
de Sayago, implacablemente los persiguen y los ahuyentan, en 
las calles y en las plazas y en los parques de la ciudad, los 
gorriones son los únicos seres vivientes que disponen de com- 
pleta, ele toda libertad para su vida y de todos los elementos 
esenciales para su existencia. ¿Serán los gorriones los seres más 
felices de Montevideo? Sin embargo, bien pudiera ser que no. . . 

No se podría establecer si el encanto que ponen en las 
cosas de las calles, de las plazas y de los parques, nos lo ofrecen 
los gorriones en retribución de esa libertad que les concedemos 
y que nosotros jamás conoceremos, o si surge de ellos, sólo 
como consecuencia inmediata de esa misma libertad, que 
algunas vez e hemos envidiado. El caso es que alguna tarde, al 
pasar por ,allí con el ánimo predispuesto, quizá nos hemos 
detenido impensadamente cubiertos por la sombra de alguna 
de las palmeras de la plaza Cagancha, para bañarnos en el 
arrullo que desde ellas dejan caer los gorriones sobre las cabezas 
de los transeúntes. 



OROSMAN MORATORIO 


37 


Y ha sido quizá en ese momento, que hemos observado, 
sobre un banco, a la mucama gallega de mofletes enrojecidos 
por la salud y por el rubor, que al sentir su mano asida por la 
ruda mano del “primo”, sueña con que los pájaros de las 
palmeras cantan para ella y para su amor cantos de ruiseñor. . . 
Y ha sido quizá en ese momento que hemos observado que la 
madrecita que ha colocado al hijo muy pequeñín en el coche de 
“los cameritos” y va tras éste anhelante, ansiosa, convencida 
de que la criatura realiza la primera de sus grandes hazañas, 
cree que los gorriones cantan himnos de alabanza a ese hijo 
maravilloso. . . 

Los gorriones son los únicos seres que en Montevideo dis- 
frutan de libertad, de “la” libertad; por eso quizá están llenos 
de encantos, por eso hacen pintoresca la vida de la calle, por 
eso despiertan la atención de las criaturas, por eso hacen a 
veces poner reflexivos a los hombres, por eso hacen soñar a las 
novias y a las madres . . . 




LOS JUBILADOS DE LA PASIVA 

A muchos de ellos los conocí hace veinte años. Unos eran 
empleados de la Aduana, otros del Correo Central, otros de la 
Dirección de Impuestos. Algunos ya no tenían aspecto juvenil, 
pero eran hombres en la plenitud del vigor; ante mis ojos de 
muchacho ingenuo que recién empieza a otear los horizontes 
del mundo, esas figuras aparecían nimbadas del prestigio que 
ofrece el hombre que ha vivido y que influye en la vida común 
por sus definidas cualidades individuales. Una circunstancia 
poderosísima había, sobre todo, para que yo tuviera un cierta 
respeto superticioso por esos hombres, esos buenos hombres de 
hoy: sus barbas. ¿Acaso quienes fueron muchachos en el tiem- 
po en que yo también lo fui no sintieron, como yo, ese mismo 
temeroso respeto hacia los hombres, sólo por sus barbas? Por 
eso quizá había en aquella época mayor número de muchachos 
de espíritu encogido, temerosos, que ahora en que los hombres, 
sin barbas de ninguna forma, tienen aspecto de muchachos; 
ahora, así como los hombres pueden forjarse la ilusión de un 
prolongamiento juvenil, los muchachos encuentran en el hom- 
bre de rostro mondo al amigo bien compredido, pues en tanto 
que el hombre se obstina en ser muchacho, el muchacho se 
empeña en ser hombre. 

Recuerdo bien, a través del tiempo, la figura de algunos 
de aquellos hombres que ahora casi diariamente encuentro, 
adheridas las espaldas a las paredes de los comercios de La 
Pasiva, la mirada vaga, el cigarro entre los labios, haciendo 
más pronunciada la caída del belfo, o sentados a la sombra, 
que dibuja agresivas flechas, de las palmeras de la plaza In- 
dependencia. Ese que está siempre a la puerta del café, cada 
una de cuyas manos apoya en un bastón para no ceder a la 
influencia torturante del reumatismo, que ha perdido una 
enorme fracción de su volumen físico sobre el cual las ropas, 
de un verde que se deslíe cada vez más, caen como sucios cor- 
tinados; ese que fuma en enorme boquilla negra que origina- 
riamente fuera blanca tibia de conejo (¡lujo masculino de 
hace un cuarto de siglo!) y cuyo rostro terroso ya está dejando 



40 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


señalar las duras líneas de la calavera, fué empleado de Adua- 
na. Era erguido, de ceño adusto, de porte sereno y grave, de 
vientre agresivo, como si en él ostentara todo el relieve de su 
personalidad. 

¡Cuántas cosas graves y trascendentales — pensaba yo — 
sabría ese hombre para permanecer en la situación prominente 
a que había llegado! ¡Cuánta cosa importante había en él, que 
yo no podría poseer sino a cambio de vivir mucho, o que yo 
no podría poseer de ninguna manera! Sin embargo, supe des- 
pués, no sin desmedro de mis ilusiones de muchacho, que ese 
señor tan importante hacía diez y ocho años que, .sin faltar 
un solo día, sólo se dedicaba a copiar notas, con letra impeca- 
blemente correcta. Sin duda a esto, a tan recomendable buena 
letra, debió su eminente situación administrativa y su vientre 
agresivo que parecía ostentar todo el relieve de su personalidad! 

Como éste, todos, todos los demás han cambiado, pero son 
ellos mismos, se les reconoce a través de la acción catastrófica 
de los años y de sus enfermedades de sujetos sedentarios. Se 
Ies recuerda bien, se les ve bien; sólo que se advierte de inme- 
diato que no son ellos mismos por completo, tal como hace 
veinte años eran. Hoy son como las caricaturas de sí mismos. 
A mí me parecen una crueldad de la naturaleza, que se com- 
place en poner en evidencia todo cuanto en el hombre hay de 
insignificante y de ridículo. Entre tanto, el tiempo los va des- 
moronando, los va desgranando, los va pulverizando. 

¿Qué hacen, los jubilados, paseando las aceras de La Pasiva, 
decorando con su decadencia las puertas y vidrieras de los 
“boliches” de La Pasiva, fumando, con la mirada vaga, adhe- 
ridas las espaldas a las paredes o a las columnas de La Pasiva, 
cruzando, en los buenos momentos de sol, a sentarse en un 
banco .a la sombra, que dibuja agresivas flechas, de las pal- 
meras de la plaza Independencia? 

Cansados, fatigados de tanto copiar notas, de tanto asen- 
tar números en los libros de la administración nacional, abu- 
rridos, imposibilitados para la acción porque “el empleo” los 
hizo sedentarios, sin voluntad, sometidos, extrañando el sucio 
rincón de la oficina donde vivieron treinta años, esperan. ¿Aca- 
so todos, a cualquier edad, no esperamos? Todos, allá en el 
fondo de nuestros corazones, esperamos “algo”, algo que jamás 
podremos precisar; pero ellos, que trabajaron, que vivieron y 
que están ahora arrojados per el ímpetu arrollador de la vida, 
al margen de la existencia, perdidos en la agitación de la 
ciudad, leños flotantes en medio del mar, esperan también. Es- 
peran la muerte. 

¿Qué otra cosa pueden esperar? ¿Qué otra cosa pueden 



OROSMAN MORATOEIO 


41 


hacer? Inermes, aburridos, con el cerebro desvaído acuciados 
por los crueles alfilerazos del reumatismo, fuera, para siempre, 
de la normalidad a que hicieron su vida, los jubilados ya no 
pueden hacer nada, sino seguir su aburrimiento, su abulia, su 
modorra. Así, recostados, echados, sentados, esperando que lle- 
gue la muerte, haciendo antesalas a la muerte. Nada más. 
Nada tienen ya de la vida; han trabajado y ahora les pagamos 
para que esperen tranquilamente a la muerte, para que no 
protesten y se indignen y se desesperen viendo llegar la muerte 
con el hambre y con la miseria. Toma eso y muérete tranquilo. 
Y ellos, esperan. Esperan la muerte aun sentados en los bancos 
de la plaza Independencia, a la sombra de las palmeras, donde 
ponen los gorriones su inquietud vital, y frente a la gente que 
de continuo pasa, inquieta, ocupada, tranquila, feliz, indife- 
rente, pero que es impulso vital también como el de los millares 
de gorriones que pían en las palmeras. 

Cuando veo a los jubilados de La Pasiva que me muestran 
la crueldad y la implacabilidad de la acción del tiempo, y que 
me recuerdan que están, día tras día, esperando la llegada de 
la muerte, inermes, inútiles, siento que una congoja se aferra 
al fondo de mi corazón. Y quisiera que mi mano, hecha a la 
febrilidad de escribir y escribir continuamente, se sintiera un 
día de pronto detenida, fulminada por al muerte, aún en el 
mejor minuto de la existencia, antes que hallarme alguna vez 
así, en medio de la plaza, bajo la buena caricia del sol, en 
medio de la vida y el arrullo de los pájaros que se aman en las 
palmeras, aguardando el paso de la muerte, esperando el turno 
de la última pirueta. 




LA SILUETA DE ROBERTO 


En aquellos días, todavía tenían las calles centrales de 
Montevideo, ese aspecto que presentan en las fotografías viejas 
en las fotografías de la época en que fué demolida la Ciudadela. 
Habían aparecido los primeros automóviles, escandalizando con 
su estrépito a los viejos y llenando de ansiosa curiosidad a los 
jóvenes. La calle Sarandí era el único núcleo humano impor- 
tante; bastaba que a una persona la conocieran allí, para que 
poco después se le conociera en toda la ciudad; y como la pren- 
sa no había logrado proporciones en realidad populares, se 
hablaba en la calle Sarandí en voz alta para que se enterara 
toda la población. 

Las figuras arrogantes de Teófilo Díaz y de Amaro Carve 
— como obstinadas en sobreponerse a la acción del tiempo — 
alternaban en la puerta del Club Uruguay y en la esquina de 
la confitería del Jockey Club. ¿Cuánto tiempo hace que han 
desaparecido de las puertas del Club Uruguay los viejos, los 
clásicos viejos que durante muchos años, durante largos años, 
fueron “la juventud” del Culb Uruguay? Han ido desapare- 
ciendo lentamente, uno tras otro, y casi no hemos advertido 
la transformación de las reuniones verpertinas en las puertas 
del club donde aún se mantiene inquebrantada e inquebranta- 
ble la silueta de Blas Vidal. 

Quedaba todavía, en la entonces ya vieja Botica del Ro- 
mano, restos de una antigua reunión de médicos y de vecinos 
del Montevideo de treinta años atrás, cuando los escasos po- 
bladores de la ciudad mantenían la aldeana tradición de las 
reuniones en la botica y se acostaban a las diez de la noche. 
Pero en este tiempo, en que empezaban a circular los pri- 
meros tranvías eléctricos, la Botica del Romano, aún a pesar 
de su aspecto vetusto, seguía siendo uno de los más im- 
portantes establecimientos de la ciudad. 

Frente a la botica, quince o veinte metros más hacia el 
centro, Orsini Bertani, un hombresiemprejoven a pesar de 
su enorme calva, expulsad^Ü^Sffiñ^Alt^y^im^^anarquista 
peligroso, había establ^ro^t^a^^rerf^ííiípain^S^alismo 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


44 

que dinero, por más que no le faltaba dinero. Por ese inter- 
medio, Bertani contribuyó a la cultura popular en grado tal 
como quizá un hombre solo, por su exclusiva cuenta, no lo 
había hecho hasta entonces. Bertani abarató el libro en pro- 
porciones asombrosas, al punto de que la generación que en- 
tonces surgía, pudo satisfacer todas o casi todas sus inquie- 
tudes espirituales. 

Y entonces, en oposición al núcleo de los viejos elegantes 
del Club Uruguay, en las puertas de la Librería Moderna se 
constituyó el núcleo de muchachos de talento que abrigó el 
espíritu protector de Bertani, que ejercía de Mecenas, con 
entusiasmo — hoy todavía — admirable y ejemplar. Emilio 
Frugoni, después de su rotundo canto romántico “Bajo tu 
ventana”, publicaba “El eterno cantar”; Angel Falco, en la 
plenitud de su admirable candor que le hizo creerse llama- 
do a transformar la faz del mundo, había dado sus “Cantos 
Rojos”; Aurelio del Hebrón, un niño casi, que un día, im- 
provisadamente, había “engarzado” a su cabeza de romántico 
germano un sombrero gris de amplias alas y había ido a lu- 
cir su silueta a la calle Sarandí, publicaba su “Domus Aurea”; 
y casi todos los componentes de. aquel grupo fueron, unos 
tras otros, apareciendo en los escaparates de las librerías de 
la ciudad: Armando Vasseur, Roberto de las Carreras, Juan 
José Illa Moreno, Manuel Medina Betancort, Guzmán Papini, 
Carlos Zum Felde, Manuel Pérez y Curis, Francisco Alberto 
Schinca. . . 

Pero en la calle Sarandí de entonces, lugar desde el cual 
quien levantaba la voz se hacía oir de toda la ciudad, había 
un figura que pasando de las puertas del Club Uruguay a las 
de la confitería del Jockey Club, de las de la Librería Moder- 
na a las de la Botica del Romano y del Café del Comercio a 
la plaza Independencia, lo llenaba todo. Era Roberto de las 
Carreras. 


Fué aquélla una época de florecimiento de la bohemia, 
pero de la bohemia con talento, que es la única soportable y 
admirable. Fué en aquella época que tuvieron su esplendor 
Roberto de las Carreras, Julio Herrera y Reissig, Angel Fal- 
co, Leoncio Lasso de la Vega y otros de menor brillo, que no 
fueron sino bohemios por temperamento y por talento. 

Mientras Julio Herrera y Reissig sumía su bohemia vi- 
ciosa en una habitación construida en una azotea, y a la 
que su imaginación denominó “la torre de los panoramas”, 
pintado desde allí paisajes vascos, Roberto de las Carreras 



OEOSMAN MORATORIO 


45 


adoptaba las más extravagantes “posses” callejeras por el 
deleite de “epater le bourgeois”. (Tenía algo del afán de “dan- 
dysmo” y algo del afán de asombrar, que tuvo Baudelaire). En 
aquellos días, la figura de Roberto de las Carreras llenaba 
toda la calle Sarandí; era el objeto de la atención de todos 
los paseantes, de la aldeana curiosidad de unos y del picante 
anhelo de algunas muchachas de imaginación fácil, que iban 
por las tardes, a cruzarse en el diario camino de aquel sujeto 
extravagante. Era una figura popular y, encanto para mu- 
chos, que había quienes se complacían en llamarlo simple- 
mente Roberto, como lo llamaban sus amigos, sus corifeos y 
sus admiradores. 

Naturalmente — esto es un signo característico de nues- 
tro “aldeanismo” — todos expresaban en voz alta su indigna- 
ción contra aquel hombre que no sólo vestía de manera dis- 
tinta a todos y de ello hacía gala, sino que revelaba ideas ab- 
surdamente contrarias al orden moral preestablecido y que, 
además, tenía talento. Pero esto era la exterioridad, que se 
creía necesario conservar; porque, en el fondo, todos, com- 
prendiéndolo o no comprendiéndolo, conservaban un poco de 
simpatía para aquel sujeto extravagante que escribía libros 
que escandalizaban a las personas serias y que ponían curio- 
sidades malsanas en los corazones femeninos. 

“Sueño de Oriente”, libro morboso y bello, qüe revela el 
temperamento de su autor en quien no todo, por cierto, era 
intento de “epater”, porque tenía un buen fondo de valiente 
sinceridad: “Sueño de Oriente”, libro que al aparecer en los 
escaparates de las librerías hizo volver el rostro escandali- 
zado de muchos honrados montevideanos, apareció rodeado de 
nna leyenda sensual y perversa, en grado tal, que, sin duda 
fué el primer libro nacional que se vendió y se leyó de veras, 
(y quizás hoy, volviéndolo a leer, las curiosas muchachas de 
entonces, sonreirían de la ingenuidad de la época, que les 
obligaba a leerlo ocultamente!) 


Roberto paseaba su aspecto de lánguida indiferencia, con- 
templativo siempre, y como resignado a consentir que le ob- 
servara el vulgo. Paseaba invariablemente desde la calle Itu- 
zaingó (pasando, en las horas de salida de misa, frente a la 
iglesia Matriz, con pretencione s de Luzbel), hasta la plaza 
Independencia. De cuando en cuando, en las tardes de verano, 
consentía en dejarse ver en la playa Ramírez o por las noches 
asomaba su silueta a la “terraza” de los Pocitos. 



46 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


Era apuesto, de elevada estatura, y tenía un andar como 
displicente, acompañándose de un finísimo bastón de Junco 
en el que parecía que deseara apoyarse. Llevaba ropa, c$e co- 
lores extravagantes, muy ceñida al cuerpo, como si sófcre él 
hubiera sido cosida, poniendo en relieve lineas acentuadamen- 
te femeninas. Se tocaba con un sombrero blando de enormes 
alas planas, bajo las cuales surgía abultadamente el caudal 
de los dorados bucles de su cabeza germana, en cuyo ipsíro 
asomaban unos grandes ojos ciaros y lucía un fino y rizado 
bigote rubio. \ 

Roberto de las Carreras llenó toda una época monievi- 
deana, que fué la de su juventud. Disfrutó del aprecio que 
merecía su talento, que nadie desconoció; pero disfrutó iiás 
todavía con la certidumbre de que ponía una inquietud en ips 
pobres de espíritu y una angustiada palpitación de curiosidad 
en muchos corazones femeninos. . . \ 

Roberto desapareció al fin. Parece que, desde entonceá 
no hubiera habido nada personal, original y fuerte en la 
calle Sarandí. . . 



LLEGAN LOS INMIGRANTES 

El Montevideo de este siglo, que es el Montevideo del 
puerto — del puerto de que hablaron siempre nuestros antepa- 
sados y en cuya realidad nadie creyó, — ha ganado en escenas 
y en figuras pintorescas, de valores diversos y hasta sin valor 
alg un o Hace veinte años, la mayoría de la población no había 
visto de cerca un transatlántico y tenía de él conceptos fan- 
tásticos y absurdos; de las únicas embarcaciones que llegaba 
a tener noción exacta era de las “bucetas” atracadas a la 
escalera de piedra que daba frente a la Aduana y que por 
diez centésimos conducían a los pasajeros hasta los vapores 
fluviales, y de los remolcadores de Lussich o de Pascual (el 
“Emperor”, el “Porwerfull”, el “Corsario”), que al ser ama- 
rrados a los viejos muelles parecían amenazar de derrumba- 
miento todo el maderamen. 

De la emoción de un transátlantico que llega (mayor que 
la de un transatlántico que parte) no podía disponer como de 
cosa frecuente y ordinaria la población montevideana. Esto 
lo aportó el puerto a las costumbres de la ciudad, el puerto 
que extendió sus murallones hasta más allá de donde tenían 
su fondeadero los vapores de la carrera entre Montevideo y 
Buenos Aires. Y la población ha sentido todo el valor de esa 
emoción, y cada vez que en el antepuerto aparece aproxi- 
mándose a los muros la silueta gris y enorme de un paquete 
de ultramar, hay una cantidad enorme (en la dilatación de 
las explanadas parece apenas un puñado) de gente que apre- 
surada se agrupa frente al lugar en que ha de lanzar su 
ancla el transatlántico. La mayoría de esa gente, que cree ir 
allí por curiosidad, se reúne frente al barco que llega, con- 
ducida por la emoción, por la enorme palpitación de vida, sin 
trabas, que desborda de una embarcación que viene de Europa. 

Pero, para el que observa desde la explanada, el barco 
lleva sólo en un extremo (el resto aparece insensible y frío) 
ese calor de vida que ha provocado esa congregación de 
gente heterogénea frente a la nave. Hay calor, color y mur- 
mullo de humanidad en la proa, que desborda de muche- 



43 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


■¿lumbre, de colores, de voces, de ruidos, de olores, de olo t de 
mar, de olor de campo y de olor de miseria. Pero los rostros, 
y en los rostros, los ojos de aquella gente que liega, sonjsino 
todo el espectáculo, el mayor valor del espectáculo. 

Allá arriba, desde la borda, hay ojos que escrutan, :ebri- 
cientes, inquietos, entre las cabezas de los que aguardo i en 
tierra. Son ojos que quieren descubrir una figura, una silleta, 
un rostro. Son ojos de padres que buscan a los hijos que se 
anticiparon en el camino de promisión; son ojos de hermknos 
que buscan a los hermanos; son ojos de esposas que buSean 
a los esposos; son ojos de novias que buscan a los novios. 
Son todos los que se quedaron allá, en el pueblo, en la mln- 
taña, mientras los otros luchaban, sufrían, enriquecían^ o 
fracasaban en América, y que al fin, después de tanto pensVr 
en el viaje propio, después de haber agotado el último recurso 
antes de vender la casa, antes de vender los bueyes y ante\ 
de vender los instrumentos de labranza, han concluido tamA 
foién por lanzarse al enorme océano, obstinados siempre en la\ 
esperanza que al fin, un día, ha de estrellarlos para siempre 
contra la realidad. 

Los ojos, por más que buscan, no ven; la inquietud es in- 
contenible y entonces los labios desbordan toda la emoción 
del que llega y que anhela ver al que aguarda. De pronto cae 
desde allá arriba, muy dulce, muy cantarína (porque cae sin 
duda desde lo alto de un corazón) una voz que llama: — Jua- 
nicooo! Y entonces otros labios se abren para dar paso al 
propio anhelo y también llaman; — Manolitooo! 

El rostro de una vieja (rostro rojizo y rugoso) bajo la 
envoltura de un pañuelo rojo, azul y amarillo, se ha asomado 
por entre dos desgreñadas cabezas masculinas y se ha ilu- 
minado, de pronto, porque ha visto en tierra lo que esperaba, 
•lo que ha venido a buscar, sin duda. Y llama, llama con voz 
de infinita dulzura, que parece sin embargo, el comienzo de- 
un sollozo; — ¡Meu filho!... ¡Meu filho! Junto a nosotros, un 
hombre de rostro cetrino y recios bigotes, un hombre con 
expresión de dura energía, contesta con toda su boca, con 
toda su alma, con todo su corazón; — ¡Mamá! y se lanza a 
llorar, llora ruidosamente, llora escandalosamente; y sin em- 
bargo, nadie sonríe, nadie advierte la ridicula expresión de 
aquel hombracho que así, como un niño pequeñito, llora. 

Un momento después, entre la gente que llega y entre la 
gente que espera, se ha establecido una comunicación cordial. 
Se bromea, se rie, se llora, se grita. ¿El abuelo? El abuelo ha 
muerto, hijo mío!... José no pudo venir: perdió el vapor!... 
El mulo se lo vendimos al tío Roque!. . . La Juana casóse con 
el de García!... Qué cielo más desteñido tenéis aquí!... 



OROSMAN MORATORIO 


4 &" 


Todos se hacen allí comunicativos, y un hombre que ha. 
ido allí a mirar, nada más que a mirar porque no piensa en 
volver a su tierra, nos dice, locuaz: — Yo soy napolitano, 
¿sabe? Soy de Campossolo, un pueblito de más allá de la 
ciudad de Nápoles, del otro lado del Vesubio... Yo llegué a 
Montevideo en el mes de diciembre último. . . 

— ¿En diciembre? ¿Por qué habla tan bien, entonces? 

— ¡Ah — Porque antes estuve seis años y medio aquí. . . Yo 
no podía vivir aquí, yo extrañaba mi pueblo, mi casa, mis 
amigos. . . Un día en que estaba más triste que de co&tum-* 
bre, compré un pasaje y me embarqué. Estuve dos años en mi 
pueblo, pero tampoco pude vivir allá. ¡Qué gente! ¡Si usted 
viera!... Hablan fuerte en la calle, a gritos; no están tran- 
quilos nunca. Cocinan tallarines en la calle y los comen en 
la calle, con las manos, así . . . Frente a mi casa había un 
hombre que vendía loros y gritaba, gritaba todo el día y toda 
la noche, más que los loros ... Y no pude vivir allá : primero 
me hacían reir, después me cansaron, porque no son gente 
como nosotros, ¿sabe? Entonces me vine otra vez a Monte- 
video, ya no iré más a mi pueblo... No son como nosotros*, 
¿sabe? No son gente civilizada como nosotros! 




EL REMATE DE LA QUINTA 


¡Sobre la verja de la quinta familiar, han colocado hoy 
un enorme cartel de lienzo con letras rojas y adheridos a 
los pilares de esa verja, por la cual tantas veces, muchachos, 
trepamos para salir a la calle, han aparecido unos carteles 
de papel donde se anuncian los detalles del remate. Y en 
esos carteles, bajo el nombre del rematador, esta expresión 
dolorosamente elocuente: “Judicial”. Es que ha entrado la 
justicia a la quinta; es que, al fin, tras un siglo de vida apa- 
cible, de afecto familiar, todo se ha derrumbado, todo ha 
concluido para siempre. ¿Qué de extraño que esto suceda? 
¿No tiene, acaso, que terminar todo, y esto no es, acaso, sino 
una manera de terminar como cualquier otra? 

Es verdad, pero, ¿quién soporta, sin resistencia, sin rebe- 
lión, el desmembramiento de sí mismo, el desgarramiento 
del propio espíritu? Aun cuando hacía ya muchos años que 
aquella quinta ya no era nuestra, cada vez que pasábamos 
frente a ella la saludábamos con una mirada y sentíamos co- 
mo que algo nuestro hubiera allí como que aquellos árboles y 
que aquella casona fueran el monumento familiar, de la fa- 
milia ya dispersa para siempre, pero como ha entrado la jus- 
ticia a la quinta y como la justicia es implacablemente, estú- 
pidamente salomónica, aquel enorme solar de nuestros bis- 
abuelos va a ser subdividido en muchas fracciones iguales 
para crear otros tantos nuevos propietarios, que jamás ten- 
drán en su corazón la sensación de la vida vivida sobre aque- 
lla tierra que está a punto de dejar de ser nuestra quinta, 
“la” quinta que hasta hace veinte años tuvimos todos los 
montevideanos de tradición. 

Pero antes de aparecer sobre la verja de la quinta el car- 
tel de lienzo anunciador de la subasta, hemos asistido diaria- 
mente, a un drama doloroso, cruel, angustiante, de esos dra- 
mas que dejan un surco muy hondo en el corazón como s* 
fuera una arruga de la entraña emotiva. Con la frente apo- 
yada, incrustada, entre dos barrotes de la verja (porque el 
enormje portón no se abre ante nosotros) , días tras días, días en- 



52 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


teros, hemos contemplado con el alma compungida cómo los 
albañiles, implacables, bárbaros, ha ido poco a poco derriban- 
do, deshaciendo la acojedora casona que hiciera uno de nues- 
tros lejanos abuelos. ¡Cómo hemos sentido en esas horas, en 
esos días, la exacta sensación de la muerte, cómo hemos per- 
cibido la impresión de que nos acabamos! 

Ya no queda de la vieja casona, más que algunos ladrillos, 
envueltos en el polvo de la cal — el polvo en que se ha conver- 
tido nuestra casa — y amontonados, bajos los árboles del 
jardín. Apenas si el surco dejado por los cimientos señala los 
¡lugares donde estuvieron los muros, los trozos donde estuvie- 
ron las habitaciones. Pensamos, con la frente adherida a los 
barrotes de la verja y el corazón compungido, en todo cuanto 
hemos gozado y padecido sobre tan pequeño espacio de tie- 
rra; en que sobre aquel otro, más pequeño todavía, estaba la 
habitación donde murió el abuelo, y en que en aquel otro de 
más allá dormía aquella hermanita muy blanca y muy rubia 
de quien, siendo muy pequeñitos, oíamos decir a la madre, 
mientras los ojos se le velaban con una sombra, “que se fué 
al cielo”! 

Ya se han ido la casona y la quinta; dentro de unos días 
entrarán allí diez, veinte nuevos propietarios, cada uno de los 
cuales, indiferentes, ignorándolo, sufrirán su dolor y disfru- 
tarán su alegría, donde nosotros pusimos más de un siglo 
de nuestra existencia familiar... Quedaremos perdidos, des- 
conocidos, ignorados para siempre, precisamente allí donde 
'vivieron cuatro de nuestras generaciones! 



LA TRAGEDIA DE ERNESTO HERRERA 


Era preciso tener un corazón muy fuertemente acoraza- 
do, para llegar a la amistad de Ernesto Herrera y no sentir 
gravitar sobre la propia conciencia el peso formidable de su 
dolor. Porque en este muchacho trágico hay algo más admi- 
rable que su admirable talento: su dolor. Hoy, a través del 
tiempo y de lo infinito que nos separa, veo mejor que nunca, 
más puramente, la figura de este muchacho con quien a un 
mismo tiempo fui muchacho, y que, por eso mismo, recién 
ahora conozco del todo merced a mi experiencia. 

Y se me aparece ahora más trágico que nunca, padecien- 
do más que nunca por la implacabilidad de la cadena que, 
al nacer, el dolor le había atado al pie. El suyo era uno de esos 
dolores que trascienden al físico, y por eso tenía su silueta lo 
trágico y grotesco de una figura de Goya. Dolor en lo moral 
y dolor en lo físico; dolor incurable, dolor eterno. 

Herrera tenía un noble orgullo; no quería aparecer em- 
pequeñecido ante nadie por efecto de su dolor; no quería ser 
compadecido, y se sobreponía a su tragedia y se reía de todo 
y se burlaba de su físico enclenque y ridículo. 

Si su dolor se le vía era porque, a pesar suyo, trascendía a 
su exterior; y cierta vez, en que en el secreto de la intimidad 
dejó caer en mi alma una amarguísima gota de su alma, 
eonriéndose con sus ojos humedecidos y colocándome su es- 
cuálida mano sobre un hombro, me dijo: — Claro es que ésto 
es para tí, nada más que para tí. . . 

— Il!l! — 

Todavía no se ha borrado, en las calles de Montevideo, 
el recuerdo de la figura, torcida, escuálida, desgarbada, de 
Ernesto Herrera, tocándose con un sombrero de anchas alas 
bajo las cuáles lucían los grandes ojos sugestivamente expre- 
sivos, angustiados siempre, y los dos o tres mechones lacios de 
su larga cabellera oscura de reflejos rubios. El pecho oprimi- 
do, largos los brazos, de movimientos desacompasados, tan 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


54 

largos casi como sus largas piernas. Bien pudo recordarse, al 
verlo pasar por nuestras calles, respirando angustiadamente, 
la expresión con que señalaban al Dante al verlo pasar por 
las calles de Florencia: ¡Ese es el hombre que estuvo en el 
infierno! 

Herrera no pudo conservar el recuerdo de la madre; y 
por esto, quizá, su pobre corazón más de una vez se sintió 
duro. La niñez de este muchacho que envejeció en la infan- 
cia, se pierde en el recuerdo de una viejecita misera que tuvo 
la santa intención de sustituir a la madre, pero a quien el des- 
tino impidió realizar su obra, dejándola enclavada en un si- 
llón de la pobrísima casa, ciega. 

Desde entonces Herrera vivió en la calle, solo, a merced 
de la crueldad de los muchachos de su edad y a la compasión 
de los corazones generosos. Vivió su niñez de la piedad y de- 
la compasión; por eso, sin duda, prefirió pasar por cruel, por 
malo, antes que inspirar compasión o antes de que se exte- 
riorizara esa compasión que veía surgir. 

Los dos hermanos, un varón y una niña, tuvieron mejor 
destino que él en la vida ordinaria; y cuando, en uno de sus 
trances más angustiados, la hermana, ya casada, le llevó a 
vivir a su lado, en otro país, pronto vió Herrera que era im- 
posible soportar la existencia en la casa ajena. Volvió otra 
vez a la vida miserable, pero libre, donde nada impide soñar. 

Y con su figura absurda, su ropa jamás hecha para su 
cuerpo, y sus sueños bellamente disparatados, un día, es decir 
una noche, este muchacho se enamoró de una mujer que tenía 
tres veces su edad y de la que sólo vió sus ojos. Fué éste el 
episodio más tiernamente sentimental de Ernesto Herrera; 
fué, quizá, la única ternura de su niñez. 

Durante mucho tiempo, no conoció más que la calle y las 
casas de los camaradas del barrio, donde empezó a leer al- 
gunos libros. Un día se abrió la cabeza contra las piedras de 
la calle, cayendo de un caballo. Estuvo muy mal; hubo de 
morir. Pero vivió, pobreciío. 


¡Con qué energía, con qué serenidad sufría sus muchos 
padecimientos! Sólo cuando en sus más fuertes accesos el 
asma le ahogaba, le veíamos doblarse, rendirse, en tanto que 
sus grandes ojos, desorbitados, nos miraban con escalofriante 
expresión de angustia, como si nos reclamaran el aire que 
faltaba a sus flacos pulmones. Entonces se tendía en la cama, 
desfalleciente, vestido, sin cuidarse siquiera de quitarse el 
sombrero! 



OEOSMAN MORATOEIO 


55 


Cierta vez, ya hombre, se apareció a los amigos, por todas 
partes, acompañado de un muchachote fuerte, erguido, de 
enormes espaldas y recia musculatura. Era su hermano. Y to- 
das las miradas se detenían alternativamente en los desigua- 
les hermanos, y en todas las pupilas se reflejaba una expre- 
sión que conturbaba el ánimo y abatía el espíritu de Ernesto. 
El hermano se fué al fin; pero a Herrera le quedó, punzante, 
otro dolor. . . 

Al fin llegó el amor hasta el corazón del dolorido mucha- 
cho. Hubo un instante en que creimos que iba al fin a trans- 
formarse aquélla existencia; que iba, por lo menos, a sere- 
narse. Pero el amor le trajo una nueva tragedia; fué una an- 
gustia brutal a la que puso reparo, sin embargo, la sonrisa de 
un hijo. En el hijo había puesto el pobre Herrera todo lo que 
quedaba de bueno, de generoso, de noble en el fondo de su 
maltratado corazón. Nunca le vimos tan grande, tan sincera 
dulzura en el rostro y en las palabras, como cuando tenía a su 
hijo entre sus brazos, como cuando tenía enfrente a su hijo! 

El hijo iba creciendo, iba haciendo menguar el recuerdo 
del dolor pasado. El recuerdo de su viaje a Europa, hecho 
subrepticiamente; su pris'ón en Madrid como peligroso, su 
reempatrio desde Barcelona, donde se vio en el caso de pelear 
desde un acantonamiento, centra la policía, todo eso, era ya 
para él una evocación sonriente y amable... 

El amor volvió de nuevo a su corazón. Pero el amor volvió 
a serle fatal. Un día se nos presentó en Montevideo, después 
de una larga permanencia en Mercedes en cuyo Liceo fué 
profesor de humanidades, ya con las inequívocas señales de la 
muerte en el rostro, en las manos. . . Unos cuantos días de 
agonía en el Hospital Fermín Ferreira, y la muerte. El amor 
volvió a serle fatal. 

Un día de Carnaval fuimos a acompañarle hasta el Buceo, 
unos cuantos amigos. . . 


Tenía en su rostro este infortunado amigo una sonrisa, 
poco menos que perenne, de amarguísima ironía. No sintién- 
dose con el corazón dispuesto al dolor, estando a su lado, era 
difícil contemplarlo sin sentir una honda inquietud. Todas 
las cosas, al pasar por su espíritu, se impregnaban de infinita 
amargura. Esto se advierte en toda su obra: en sus piezas tea- 
trales, en sus cuentos titulados “Su Majestad el Hambre”, en 
sus versos, en sus páginas de prosa que quedaron en 
“Bohemia”. 

Yo no creo que la obra intelectual deba ser esencial- 



56 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE' 


mente objetiva para ser duradera, como sostiene Ortega y 
Gasset; pero tampoco creo que deba ser principalmente sub- 
jetiva. Y en la obra de Herrera hay demasiada subjetividad; 
a través de las figuras dé Herrera se advierte el alma dolo- 
rida y torturada de Herrera. Son figuras sombrías y amargas 
como la del autor. 

Sin embargo, en “El León Ciego” no está fuera de lugar 
la amargura del alma del autor, porque la realidad de las 
figuras allí pintadas con vigor estupendo es tan amarga, tan 
doliente, como la pobre alma de Herrera. En esto estriba, tal 
vez, el gran acierto que constituye esta obra, la primera obra 
escénica del todo nacional, síntesis admirable del proceso psi- 
cológico y sociológico de nuestro país. 

Tenía Herrera una gran confianza en el propio talento, 
confianza que se traducía en orgullo mantenido siempre con 
entereza. Pero como sabía que no podía “responsabilizarse” de 
su físico como se responsabilizaba de su talento, hacía siempre 
ironía, muchas veces sangrienta, a costa de su figura, inarmó- 
nica y enclenque. Se reía de ella, para evitar el dolor de que los 
demás se rieran de lo mismo, humillándolo. Yo confieso que 
Herrera me angustiaba cada vez que, delante de mí, hacía 
mofa de su cuerpo, de su desdichado cuerpo que nunca fué 
capaz de acompañar a su espíritu. .. 

Pero no fué todo angustia, todo tragedia, el duro existir 
de Ernesto Herrera; porque tuvo momentos, tuvo días de in- 
tensa, honda satisfacción. El estreno de “El Estanque”, de “El 
León Ciego”, de “El Pan Nuestro”, de “La moral de Misia 
Paca”, pero sobre todo de “El León Ciego”, le aportaron horas, 
días tal vez, de verdadero placer; placer que a veces desbor- 
daba en riente locuacidad, pero que siempre quedaba muY 
hondo en su alma, que lo guardaba avaramente, quizás por la 
costumbre de guardar el dolor . . . 

Yo admiré mucho a Ernesto Herrera por su talento, pero 
mucho más lo quise y lo respeté por su dolor. Queriéndolo 
tanto como lo quise, podría decirse que Ernesto Herrera me 
dolía dentro de mi corazón . . . 



LOS BALCONES DE LA CIUDAD 

Un balcón cerrado, por el día, es una promesa; la pro- 
mesa de que en la hora crespuscular ha de abrirse en dos, 
con estrépito de maderas, para florecer. Todas las tardes, en 
la hora en que el sol se recuesta en el fondo de la calle, los 
balcones montevideanos florecen soñadores rostros femeninos. 
Una mujer, de codos en un balcón y frente a la calle, es un 
ensueño, un ensueño que nos sale al paso y que sin querer 
y que a pesar nuestro y que alejándonos repentinamente de la 
realidad de la vida que nos lleva por la calle, nos hace soñar. 
Nada se contagia tanto como un sueño y nada sugestiona tan- 
to como una mujer que sueña. 

Para nadie más que para las mujeres, y para las muje- 
res que llevan en las pupilas una visión romántica, se hacen 
los bajos balcones de las casas de Montevideo. Jamás se han 
visto en ellos sino rostro femeninos. Jamás han pensado ios 
arquitectos en que los balcones puedan servir para otra cosa; 
los han hecho bajos, para que crean ellas que cuando a su 
lado pase la felicidad que aguardan y que sin duda ha de lle- 
gar, han de alcanzarla con sus manos; los han hecho de flo- 
readas rejas sutiles para que en ellas se enhebren los mil hi- 
los del ensueño; les han colocado celosías de infinitas rendi- 
jas para que durante las horas en que están cerrados los bal- 
cones puedan las mujeres seguir en asecho de lo que ha de 
pasar. . . 

Y ¿qué es lo que ha de pasar? No lo saben, seguramente, 
las lindas muchachas de Montevideo que por las tardes, cuan- 
do ellas florecen los balcones, dejan desde los balcones, por 
la escala de luz de sus pupilas, descender imprudentes la es- 
peranza hasta la calle. No lo saben, pero sienten, en cambio 
due el balcón les llama, que el balcón les atrae irresistible- 
mente y que no tendrían fortaleza en su corazón para resis ¡ir 
al encanto que atrae como a la madre atrajo la serpiente del 
paraíso. 

¿Quién puede saber lo que ha de pasar frente a un balcón? 
«¿Acaso no esperamos siempre lo inesperado, lo que no puede 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


58 


producirse como consecuencia de las cosas que se han produ- 
cido ya en nuestra existencia y que, precisamente, ha de rom- 
per, al fin, con todo ello, y con la monotonía de los días? Un 
balcón que se abre es un nuevo horizonte a la esperanza; un 
nuevo horizonte que se contempla desde el balcón hacia la 
calle y otro horizonte que se advierte desde la calle hacia el 
balcón. 

Las muchachas de Montevideo asoman al balcón a espe- 
rar. ¿Qué? Pues, eso; eso que esperamos todos cuando creemos 
que ha de llegar, eso mismo que aguardamos todos cuando ya 
sabemos, sin embargo, que no llegará jamás! Las muchachas 
de Montevideo viven alejadas del hombre; lo ven pasar a s'u 
lado, pero no se detiene; ellas, que han pensado largamente 
en el amor, quisieran ofrendarle lo mejor de su alma y qui- 
sieran a su vez, de él, lo mejor de su corazón. Pero el hombre- 
pasa, mira y sigue. . . 

Entonces ellas, que de tal modo no pueden poner en juego 
para el amor, ni las sutilezas de su espíritu ni las ternezas 
de su corazón, ponen en sus pupilas llameantes calor de cora- 
zón, ardor de alma, dolor de ensueño quimérico. Pero, ¿quié- 
nes comprenden el exacto sentido de esas pupilas? ¿Quiénes, a 
través de ellas, podrán sumergirse en el alma de la que quie- 
ren ser reflejo? 

Entonces es preciso que ellas, las muchachas de Montevi- 
deo que se refugian en su balcón, despierten la atención del 
viandante con la pirotécnia del color y con la sugestión obse- 
sionante de la línea. Pero ¡ay! casi siempre los hombres se 
detienen frente a ella sólo por el deslumbramiento de la nove- 
dad y sólo por la atracción de la vanidad. 

Cuando envejecen en el balcón, cuando los años van po- 
niendo una excitación en sus nervios y una arruga, una tras 
otra, en sus rostros, asoma a sus pupilas una visión de trage- 
dia; y entonces, sus ojos, cuando miran desde el balcón, a un 
mismo tiempo suplican y amenazan. A veces, para las más 
felices que ven realizar el ensueño, se cierra un día el balcón 
porque junto a su reja sutil, en que se enhebran los mil hilos 
del ensueño, se detiene el amor, el amor verdadero, el amor 
esperado. En cambio, muchas veces, cuando ya el transcurso 
de los años amenaza con su catástrofe sentimental, los lindos 
ojos en cuyas miradas había calor de corazón, ven apostarse 
junto a la reja el amor ínfimo, el amor cursi, el amor de se- 
gundo término quizá cien veces desechado en los buenos días 
de sol de la juventud ardiente; y se resignan a él, antes de 
rendirse a la evidencia desoladora del fracaso. 

Por eso miran así, por eso de tal modo miran los ojos fe- 
meninos cuando los balcones florecen con los rostros de la& 



ORCSMAN MORATORIO 


59 


muchachas de Montevideo, rostros que a veces son una pro- 
mesa, que a veces son un ensueño que detiene al viandante en 
medio de la realidad estrepitosa de la calle. 

Los balcones de Montevideo parecen hechos para ellas: se- 
guramente para ellas nada más les hacen. Y si un día, si uno 
de esos atardeceres luminosos y tibios en que la ciudad toda 
parece envuelta en un vaho de pereza y de sensualidad, no se 
abrieran los balcones de Montevideo, ¿qué extraña sensación 
descladora no caería, como la lava sobre Pompeya, como llu-/ 
Tia de muerte, sobre Montevideo? 




DIOGENES HEQUET 

Un rostro expresivo, en el que dos grandes ojos azules re- 
velaban la nobleza de su espíritu. Labios rojos y finos que 
destacaban entre la barba rubia de tintes rojizos, barba que 
le daba cierto aspecto mefistoíélico a la figura. Terso el cutis 
blanco, bajo el cual se insinuaba el rojo de su sangre impe- 
tuosa. Gruesa la contextura del cuerpo, tenía una silueta ga- 
llarda y fuerte, de hombre en la plenitud de todas las energías. 
Pero el rasgo fundamental de esta figura era la sonrisa, son- 
risa de hombre bueno y de hombre inteligente al propio tiem- 
po. Sonreían siempre sus labios, finos y rojos, entre la barba 
rubio-roja, sonreían siempre sus ojos, esos grandes ojos azules 
que revelaban la nobleza de su espíritu. 

Era el suyo uno de esos físicos que llevan perpetuamente 
de manifiesto la noble calidad del espíritu a que sirven de 
asiento. Poseía un extraordinario poder de atracción, una 
subyugante simpatía, que desbordaba de todo él y que le con- 
vertía en centro de absorción de cuantos vivieron a su alre- 
dedor. 

Etnicamente francés, vivió en París los primeros años de 
su juventud, una juventud de estudio equilibrado y apasio- 
nado: era fundamentalmente artista. Pero poseyó también 
muchas de las buenas cualidades del americano y su ingenio 
y su donaire participaban del criollo y del francés. Su gracia 
y su ingenio estaban siempre vivos, eran siempre espontáneos, 
y sólo la anemia que consumió su cerebro puso, en los últimos 
días de su vida, un rictus de amargarua en sus labios y una 
expresión de melancolía en sus grandes ojos azules. 

Tenía una voz cálida y vibrante, llena de matices, que 
manejába con la flexibilidad que poseía su propio pensamien- 
to, vivaz y certero. Era anecdótico y chispeante y su conver- 
sación aguda y la intención aviesa de los cuentistas del mil 
cuatrocientos. 

Así era Diógenes Héquet. 

Héquet comenzó siendo - litógrafo, pues continuó la tarea, 
paterna y llegó a ser, como su antecesor, uno de los más bri- 



62 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

'liantes y más hábiles dibujantes en la piedra, de aquellos 
tiempos. Quienes convivieron con él la tarea del taller lito- 
gráfico, aseguran que eran admirables sus cualidades de di- 
bujante y que poco a poco le fué ganando su afición por el 
color. Por ello, para completar sus cualidades profesionales, 
fué a París, donde estudió por espacio de cinco años; pero oí 
estudio le abrió nuevos horizontes y concibió el propósito de 
hacerse pintor. Se cuidó entonces de sustraer a su lápiz la 
preocupación por el detalle, a que obliga la litografía, y de 
someterlo a los trazos amplios y fuertes. 

Cuando regresó a Montevideo, ya estaba en él en eviden- 
cia el artista que comenzaba a dominar todas las dificultades 
de la técnica. Y sin abandonar la litografía, obligado a ello 
para desenvolver la existencia cotidiana, se reveló dibujante 
y colorista en los semanarios de la época y principalmente en 
“Caras y Caretas”, que dirigía entonces en Montevideo Arturo 
Giménez Pastor, y que reveló tambión a otro gran artista ma- 
logrado, Aurelio Giménez. 

Poco después inició Diógenes Héquet sus “Episodios Nacio- 
nales”. Constan éstos de once cuadros a lápiz, que su autor 
llamó bocetos, porque fueron hechos con el propósito de darles 
más tarde la forma definitiva del cuadro. Sin embargo, los 
“Episodios Nacionales” fueron publicados por el Consejo de 
Instrucción Pública, en forma de carteles murales, destinados 
a las escuelas primarias. 

En estos bocetos se reveló la calidad del artista que había 
en Héquet. Esto ocurría en los últimos días de la vida de Juan 
Manuel Blanes — el artista no alcanzado todavía — y Héquet 
surgía, en consecuencia, como un continuador de su obra. Bla- 
nes había estudiado al hombre de nuestros campos, había pe- 
netrado hondamente en su espíritu y había inmortalizado en 
sus telas su figura primitiva. También Héquet sintió al “gau- 
cho”, pero influido por los pintores de episodios militares que 
conoció durante su permanencia en París, como Meissonier y 
Detaille, pintó a nuestros paisanos en los episodios más ex- 
presivos de sus luchas por la independencia: el Grito de Asen- 
cio, Las Piedras, Cerrito, Rincón. Sin embargo, así como esos 
episodios no son definitivos, por haber sido trazados con el 
propósito de convertirlos luego en óleos, tampoco son defini- 
tivos como obra de dibujante. Y es que el artista tuvo que 
realizar muy grandes esfuerzos para sustraerse por completo 
a la influencia del litógrafo que había en él. Pero ya en esa 
fecha era Héquet algo más que una promesa. 

Empezó el artista a manifestarse en el camino de la ple- 
nitud con la serie de episodios, todos ellos obras de grandes 
'¡dimensiones, de la guerra del Paraguay, que hoy se conser- 



ORGSMAN MORATORIO — 6J 

van en el Centro de Guerreros del Paraguay. Empezó a me- 
jorar el dibujo, la perspectiva era buena y se veía ya el pincel 
de trazo seguro y de color exacto. El último de estos episo- 
dios, que fué también el último de los cuadros de Héquet, el 
combate de Lomas Valentinas, es sin duda la mejor de sus 
obras, suficiente para revelar a un fuerte artista. 

Todo hacía suponer que sería Diógenes Héquet el pintor 
nacional por excelencia y el artista que habría de recoger el 
pincel de Juan Manuel Blanes; y todo demostraba también 
que en Diógenes Héquet había un pintor inspirado y original, 
sin que influyera en su temperamento el ascendiente dejado 
por la obra del autor de “La muerte de Carreras”. Pero Dió- 
genes Héquet desapareció en los comienzos, puede decirse, de 
su existencia, cuando aún había un vislumbre del genio en sus 
grandes ojos azules. 

Yo recuerdo a Diógenes Héquet en los últimos meses de 
su existencia, en que la anemia iba peco a poco reduciendo 
las facultades de su cerebro. Su rostro estaba exagüe, su son- 
risa había sido sustituida por un rictus de amargura en los 
labios ya secos, y en sus ojos sólo se veía una expresión vaga 
y melancólica. Andaba todavía por la calle, caminaba como un 
sonámbulo, sin darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor, 
entregado por entero al afecto familiar de la madre y de las 
hermanas, cuya dulce solicitud me inundaba de piedad y de 
emoción. 

Yo había sentido de cerca, bien en mi corazón, el corazón 
de aquel hombre que en ningún instante de su vida dejó de 
ser artista, y yo sentía en el fondo de mi espíritu la tragedia 
de aquellas mujeres de expresión dolorida, que sacaban a pa- 
sear al gran artista derrotado, que no era ya más que un niño 
inconsciente dentro de aquel cuerpo de gruesa contextura, de 
silueta gallarda y fuerte. 

Así fué en sus últimos días Diógenes Héquet. Por fuerza 
hemos de recordar en todo su relieve físico y moral quienes, 
alguna vez nos acercamos a él, a Diógenes Héquet, gran artista 
y gran espíritu, en cuyos grandes ojos azules — donde había 
siempre la gracia de una sonrisa — se reflejaba la nobleza do 
su alma. 

Diógenes Héquet sólo tenía treinta y cinco años . . . 




EL RECUERDO DE VAZQUEZ CORES 

Se fué, hace ya muchos años, y aunque todavía lleva una 
librería su nombre, nadie casi lo recuerda más allá de la in- 
timidad de un pensamiento que en la mayoría de las veces no 
sale de la caja craneana. Sin embargo, es seguro, segurísimo, 
que la sola enunciación de su nombre ha de despertar en mu- 
chos corazones un cálido sentimiento de simpatía. Vázquez 
-Cores, gallego, fué nuestro, tan nuestro que, aún después de 
-darnos lo mejor de sus muchas energías, llegó a convertirse en 
una figura de Montevideo, que era indispensable en nuestras 
callee; ilegó a transformarse en un pedazo mismo de Mon- 
tevideo. 

No es necesario tener mucho más de veinticinco años de 
edad para conservar de él un recuerdo, siquiera sea un re- 
cuerdo visual. Alto, muy alto; muy largos el cuello y las pier- 
nas; muy caídos los hombros y muy largos y tendidos casi 
hasta las rodillas, los brazos; pequeña la cabeza, sobre la cual 
se hundía una “galera” redonda que servía de complemento a 
un rostro redondo de nariz congestionada y de fino bigote 
oscuro. Así era. Vestía siempre un largo jacket negro y unos 
largos pantalones claros, que en la parte posterior de los 
bordes pisaba con los tacos. 

Todos los días, llevando en una mano el bastón asido por 
el centro y un ramo de flores en el ojal (jamás le faltó en el 
ojal un ramo de flores), salía Vázquez Cores por 13 de Julio 
hacia afuera y caminaba, caminaba, caminaba; iba tal vez 
hasta la Unión y volvía también a pie, todos los días, inva- 
riablemente. 

Era la suya una cara amiga de todos y era la suya una 
figura familiar a todos, a todo Montevideo, como el Cerro, co- 
mo el Cabildo, como la Aguada. No había en Montevideo un 
solo motivo para no conocer a don Francisco Vázquez Cores 
y para no sentir simpatía por don Francisco Vázquez Cores. 
Durante treinta años, tal vez más, fué maestro de escuela; 
durante cuarenta años los jóvenes aprendimos a escribir en 
los cuadernos que llevaban su nombre y varios retratos suyos 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE! 


indicando las posturas que los niños debían adoptar al es- 
cribir; durante cuarenta años estuvo en su librería, más que 
haciendo comercio (que jamás fué comerciante) .regalando a. 
los maestros de escuela los libros suyos. Eran libros de geo- 
grafía, de geología, de historia natural, de historia nacional, 
de zoografía y quién sabe cuántas cosas más. Había escrito 
muchos, muchísimos libros didácticos, pues se carecía de ellos 
en su tiempo y él se empeñó siempre — con esa admirable bue- 
na voluntad de su corazón enormemente bondadoso — en pro- 
veer a los estudiantes de esos textos. Eran libros simples, in- 
genuos, pero que realizaban su valioso cometido. 

Don Francisco Vázquez Cores era un monumento de buena 
voluntad; pero no era sólo buena voluntad, sino también inte- 
ligencia y corazón lo que había en él. Puede decirse de él que 
consagró su vida a los demás, hasta que un día, en que se dió 
cuenta que se había olvidado de vivir para sí, murió. Primero 
vivió para los niños, después para los hombres; y siempre a 
cada instante, a cada minuto, para sus amigos. Se dió todo: 
su inteligencia, su corazón, su voluntad, su dinero, su tran- 
quilidad, su vejez. No le quedó nada al término de su vida. No 
le quedó más que su desgarbada silueta paseada constante- 
mente por la calle 18 de Julio y su ramo de flores, su invaria- 
ble ramo de flores, que era algo así como una extensión de la. 
propia persona, en el ojal. . 

Un día — y jamás pasaba día sin que él realizara algo — 
se le ocurrió reproducir fotografías para una colección de tar- 
jetas postales, los culminantes episodios del poema “Tabaré”. 
El solo lo hizo todo, y sintiendo en lo hondo de su corazón es- 
pontáneo el fuego de la leyenda, vistió los arreos del Don 
Gonzalo e interpretó ante el objetivo fotográfico la figura 
del hermano de Blanca. Con tal fuego interpretó para las tar- 
jetas postales este personaje, que por muchos días, don Fran- 
cisco Vázquez Cores olvidó su jacquet, su bastón, su ramo de 
flores, sus paseos a paso largo y lento por la calle 18 de Julio. . . 

Y hoy, que ha llegado a mis manos una de esas postales,, 
en las que aparece en actitud clamante, con la apariencia del 
guerrero del “Tabaré”, don Francisco Vázquez Cores, he que- 
rido recordar al hombre nobilísimo que fué durante muchos, 
años un pedazo de Montevideo! 



MI 'ABUELO EL INMIGRANTE 

Uno de mis remotos abuelos filé inmigrante. Tenía la piel 
"muy blanca, rubia la cabellera, celestes los ojos. Los ojos, que 
según Hebbel, son el punto del hombre en que el cuerpo y el 
alma, se encuentran en contacto, cuando son de pupilas celes- 
tes parecen un pedazo de cielo que desde el fondo de un alma 
hubiera salido a la superficie humana. 

En las pupilas celestes de aquel remoto abuelo mío, había, 
sin duda, un vislumbre de ideal, de uno de esos ideales que no 
se manifiestan jamás por palabras, unas veces porque el alma 
carece del sentido de la armonía entre la palabra y el espíritu, 
otras veces porque no es ideal que se pueda corporizar y en- 
cerrar con expresiones al alcance de la gente. Pero segura- 
mente, indudablemente, en las pupilas celestes de aquel re- 
moto abuelo estaba la manifestación de un ideal, de un sen- 
timiento espiritual muy hondo, de una inquietud o de una 
congoja intraducibies. 

Como el hombre, cuando su espíritu no tiene todavía la 
iacultad y la facilidad de ir de un lado al otro por las regio- 
nes a que por propia necesidad se remonta, se empeña en 
.trasladarse “con cuerpo y todo”, en andar por el mundo, car- 
dado con el “peso muerto” de su organismo, del cual no 
.puede librar al espíritu, ese abuelo mío se hizo emigrante. En 
otras épocas, los hombres que nacían con esa inquietud espi- 
Jitual se hacían rapsodas o juglares. 

Cuando el alma era capaz de responder, por su vigor, a 
la imaginación exaltada, el hombre se hacía rapsoda e iba por 
el mundo — que no era tan grande entonces — cantando las 
«mociones bellas y las glorias admirables. Pero cuando el alma 
no alcanzaba a concretar y a expresar esa inquietud que de su 
íondo surgía y en su fondo perennemente palpitaba, el hom- 
bre se hacía juglar y también iba de un lado hacia otro, mos- 
trando a sus semejantes cosas de fantasía y de habilidad. Pero 
«orno el rapsoda, el juglar sólo buscaba, de un lado hacia otro, 
hallar el motivo de satisfacción de un ideal jamás del todo 
•concretado. 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


68 


¿Por qué Dante no encontró a uno siquiera de estos hom- 
bres en los círculos infernales? 

Cuando los horizontes del mundo se dilataron, cuando los 
mares se abrieron ante los ojos atónitos de los hombres que 
habían limitado el mundo en el cabo de Finís Terra, se abrie- 
ron también el universo para los hombres de la eterna in- 
quietud. El rapsoda se llamó poeta, y cuando halló los medios 
de llegar a todas partes, de viajar por todas las regiones y de 
penetrar al fondo de todos los corazones, no sintió ya la ne- 
cesidad de llevar a todas partes su cuerpo, su pobre cuerpo a 
veces enfermo, agitado siempre por las fiebres de lo ideal. 

Pero el juglar se transformó en emigrante. Para el emi- 
grante se abrieron las puertas de la Atlántida, donde estaba la 
realidad señada por Platón, al fin poeta también. El hombre 
de las aldeas ya encontraba reducido el espacio de una aldea 
a otra, pequeña limitación; en tanto que cuando llegaba a 
una costa, a un puerto, su ensueño de más allá, su ansiedad de 
horizontes se agrandaba, se agigantaba y soñaba el sueño de 
aquel genovés que por sobre los mares anduvo, anduvo siem- 
pre hacia lo desconocido, siempre hacia lo imaginado por la 
fantasía en pleno enardecimiento. 

Así surgió el emigrante y así llegó hasta nosotros el in- 
migrante. El emigrante es siempre el hijo de un sueño, de 
una ansiedad, de una esperanza, de una bella fantasía. 

¡lili 

Uno de mis remotos abuelos, fué inmigrante. Desde una 
aldea septentrional de Italia llegó, cargando la enorme in- 
quietud ‘de su alma, con toda su ansiedad de cielo en sus ojos 
celestes, hasta el puerto de Génova, el lugar de “los hombrea 
diversos”. 

jQuién sabe qué herencias de cuántas razas inquietas y 
aventureras, que cruzaron de un extremo al otro de Europa, 
dejaron en su ánimo esa inquietud, esa ansiedad, esa necesi- 
dad de algo eternamente inalcanzado que brillaba en la fos- 
forescencia de sus pupilas celestes! Génova es, desde hace si- 
glos, punto de concentración de la humanidad, lugar donde 
van a encontrarse los hombres más diversos, donde van a 
reunirse y confundirse las razas y las lenguas más distintas. 
¿De dónde, de qué región, de qué raza, le vendría esa ansiedad 
inquietante a aquel remoto abuelo mío de los ojos celestes? 

Uno de mis remotos abuelos fué inmigrante. Levantó aquí 
su tienda, creyendo sin duda que daba realidad a esa inquie- 
tud de su alma que lo convirtió en inmigrante. Como casi to- 
dos los hombres, fundamentó afectos, creó intereses, dió hijos 



OROSMAN MORATORIO 


69 


y murió, al fin, llevándose en sus pupilas celestes esa inquie- 
tud de ideal que le hizo emigrar. 

Las celestes pupilas de aquel abuelo mió se fueron obscu- 
reciendo en su descendencia, pero la misma inquietud, la 
misma fosforescente febrilmente brillaba en los ojos nuevos. 
Aquel abuelo había dejado para siempre, en la tierra nueva, 
su angustiada inquietud, el ansia de su ideal indefinible, bajo 
el abrigo de su tienda de inmigrante. Ansia indefinible que 
sufrieren cientos de generaciones, perpetuada en la humani- 
dad a través de siglos, llevada quien sabe de dónde hacia la 
región de los “huomi diversi” y traída hasta aquí, hasta la 
tierra señada, esta tierra que semeja la reabdad de la bella 
fantasía de Platón. 

Muchos de aquellos descendientes, que fueron mis ascen- 
dientes, se dispersaron por el mundo; hubo entre ellos aven- 
tureros y poetas y suicidas y soñadores; todos ellos pobre gen- 
te que llevaron punzante en su corazón la ansiedad de un 
sentimiento impreciso que de todos los horizontes del mundo 
llevó el hombre hasta el puerto genovés. Mal de sensibilidad, 
que ha degenerado razas y ha dado grandes artistas. 

Yo siento siempre ardiente una honda piedad por este 
remoto abuelo mío, que fué inmigrante y que llevó una ansia 
imprecisa en la fosforescencia de sus pupilas celestes, porque 
lo siento vivir, a cada instante de mi vida, dentro de mi 
corazón ! 




LOS OCHENTA AÑOS DE 
DON ALBINO BENEDETTI 

Los ojos claros, de expresión bondadosa; morena la tez, 
muy negro el cabello y muy negro el bigote lacio y caído hasta 
cubrir totalmente la boca grande de labios gruesos; alto y 
recio el talle, doblado frente al pupitre de la clase, don Albino 
Benedetti, dando su lección de geografia, tenía más de pa- 
ternal que de profesor. Su voz era gruesa y cálida, pero era 
de una armonía que, muchachos aún, no alcanzábamos a in- 
terpretar aunque nos dejábamos vencer por la simpatía que 
ella desbordaba. El ademán amplio, lento y pesado, hacía que 
el auditor, por poco observador que fuera, se diera cuenta de 
que las manos del maestro eran demasiado grandes. Cerca del 
pupitre, tal vez sobre una silla, el sombrero blando, redondo, 
de copa hundida, bajo el cual se adivinaba la figura entera 
del profesor, era en la clase un viejo compañero del maestro 
que estuviera allí perennemente tratando de no incomodar, 
en espera del término de la lección. 

Evidentemente, había en don Albino Benedetti, hubo siem- 
pre en don Albino Benedetti, un hondo y suave amor por los 
muchachos estudiantes y, más todavía, por los muchachos es- 
tudiosos. Maestro de primeras letras en los tremendos tiem- 
pos en que el maestro de escuela era, antes que nada, un héroe, 
en los tiempos en que los fundamentos pedagógicos descan- 
saban por entero en la sentencia de que “la letra con sangre 
entra”, él trató siempre, sin embargo, de conquistar al alum- 
no por la simpatía, por la bondad y por la persuación. Y cuan- 
do algún alumno desfachatado y audaz, intentando una bur- 
la, dejaba escapar la palabra “gringo”, el maestro tenía siem- 
pre una sanción disciplinaria severa y una suave sonrisa com- 
prensiva. . . 

Pero de esto hace muchos, muchísimos años; hay alum- 
nos de esta época que tienen sesenta años. El maestro tiene 
hoy ochenta! Don Albino Benedetti hace quince años que 
vive aislado, lejos de todo y de todos; hasta su retiro, que es 
un retiro glorioso y ejemplar, sólo muy de tarde en tarde en la 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


72 

figura de un amigo viejo o de un alumno ya olvidado, llega el 
recuerdo rejuvenecedor de la larga vida pasada. Hasta ese 
tranquilo retiro llegamos nosotros. Una casita clara, llena de 
luz y tranquilidad como el espíritu del maestro, en cuyo fondo 
ponen sus notas de colores el encanto de un jardín y el bulli- 
cio de un corral. 

El viejo profesor, de quien sólo en el recuerdo de sus dis- 
cípulos queda el nombre, pone toda la conmovida emoción que 
le provoca este llamado a su pacífica soledad, en sus manos, 
en aquellas mismas manos demasiado grandes que en la clase 
llamaban la atención del alumno, y con las cuales ahora es- 
truja nuestra mano al par que hace un esfuerzo para mirar- 
nos con sus bondadosos ojos claros, como intentando recono- 
cer en el nuestro un semblante en otro tiempo conocido. 

— lili! — 

« 

\ 

Como es natural, los años han modificado el aspecto fí- 
sico de don Albino Benedetti, pero no lo han cambiado, sin 
embargo. Su cabello y su bigote, muy negros, han encanecido 
un poco, muy poco; ya no es recia su contextura, ya no es 
firme su mano, y cuando la levanta en uno de sus adema- 
nes lentos y pesados, se le advierte trémula; pero en sus ojos 
claros, llenos siempre de bondad y de inteligencia, fulge una 
luz que se diría un destello de su espíritu en plena lucidez. 

Es fácil hacer evocar al viejo maestro su vida pasada, esa 
vida en la que hay una recia fisonomía moral integramente 
mantenida todavía hoy, cuando el profesor se complace en 
recordar sus primeros años: 

— Llegué a Montevideo en 1868, con el propósito de seguir 
luego para Norte América. Mi padre, que había sido emigrado 
al Uruguay, me dió una carta de recomendación para un 
señor Solaro, persona muy bien colocada políticamente. Pero 
como cuando vine yo los gobiernos habían cambiado mucho, 
Solaro había perdido su situación y, para vivir, había esta- 
blecido una escuela en una casita de la calle Colonia y Mé- 
danos... ¡Qué lejos del centro era entonces esa calle!... Allí 
estuve un tiempo, sin saber qué hacer . . . ¿Por qué no se pone 
de maestro? me preguntó un día Solaro; y yo le contesté: Ten- 
go que aprender el castellano! Y él entonces me dijo: Yo le 
enseño el castellano y usted da clase, porque usted tiene mu- 
cha ilustración. 

Cuando Solaro me había dado trece o catorce lecciones de 
castellano, faltó un maestro y Solaro me pidió que yo lo susti- 
tuyera. Yo me negué, pero él insistió y yo no tuve más reme- 
dio que ceder. 



OROSMAN MORATORIO 


73 


Don Albino ríe francamente al evocar aquéllo y conti- 
núa así: 

— Yo tenía mucha esperanza en la palmeta. Pero confor- 
me llegué a la clase y les dije un “espiche” a los muchachos, 
todos se echaron a reir. Pude oír que uno de ellos decía: El 
maestro no sabe el castellano!... 

En seguida comprendí que tenía que salvar aquella si- 
tuación y les dije, de la mejor manera posible: — Niños, veo 
que a ustedes les hace gracia mi modo de hablar y que va 
a ser difícil entendernos. Así es que les propongo a ustedes un 
arreglo; yo hablo y ustedes me corrigen. Cada vez que yo diga 
un disparate, ustedes levantan la mano y me corrigen; el que 
más errores me corrija al cabo del día, tendrá un premio! Mi 
método dió muy buenos resultados; los discípulos aprendían 
cuanto les enseñaba... y yo llegué a aprender el castellano 
de labios de mis discípulos! 

Vuelve aquí a reir el profesor Benedetti y nosotros apro- 
vechamos la pausa para preguntarle: 

— ¿Recuerda usted a algunos de sus discípulos de entonces? 

— Sí, recuerdo. . . Chiappara, que es agrimensor y está en 
Sarandí Grande; Lenzi, Solé Rodríguez y Francisco del Campo, 

Así empecé mi carrera. Soy toscano; en Siena cursé todo 
el bachillerato y tenía entonces muy frescos mis conocimien- 
tos en ciencias y letras. Esta circunstancia me valió para que 
Outez, inspector de escuelas, me propusiera que me presen- 
tara a concurso para optar la dirección de la Escuela de la 
Sociedad de Amigos de la Educación Popular, el más impor- 
tante establecimiento de enseñanza creado hasta entonces en 
el país. 

Fui a inscribirme para el concurso a la calle Rincón 147, 
la casa del padre de José- Pedro Várela; me tocó ser el treceavo 
concursante. El concurso se efectuó de noche, en un salón de 
la casa de Varela; sobre una tarima, colocada en el centro, 
estaba el tribunal compuesto por José Pedro Varela, Carlos 
María Ramírez, Domingo Aramburú, el Inspector de Escuelas, 
Outez y no recuerdo quien más. Nosotros, los concursanies, 
estábamos todos de pie, colocados en fila frente al jurado. 
Cada tema que éste proponía, era tratado por el primer con- 
cursante luego por el segundo y siempre así, en orden corre- 
lativo hasta tocarme a mí desarrollarlo. Y ¡claro está! por 
poco que yo supiera, como antes de mí tenían que hablar doce, 
cuando a mí me tocaba yo ya tenía criterio hecho sobre la 
cuestión! 

El concurso duró varias noches. A la tercera, ya varios 
■concursantes se habían eliminado. Pero el más tenaz de todos 
era un andaluz, que a todos les ganaba en labia; yo me di 



74 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

•a 

I 

cuenta de que era el adversario más temible y en las discu- 
siones me puse entonces de parte de él. Después de la tercera 
noche continuaron las eliminaciones espontáneas y al cabo 
de una semana sólo quedábamos discutiendo el andaluz y yo. 

Fué entonces cuando llegamos a las matemáticas. Como 
en esta materia no vale la facilidad de palabra, propuse un 
problema bien simple por cierto, que ni el andaluz ni el ju- 
rado pudieron resolver. Recuerdo que Varela, creyendo que 
yo tampoco era capaz de solucionarlo, me exigió que lo re- 
solviera. Lo resolví. Aquí terminó el concurso. Tres días des- 
pués, se me comunicaba el nombramiento y se me invitaba a 
hacerme cargo de la escuela, a cuyo frente estuve por espacio 
de seis años. 

— Después de esto? 

— Después de esto fui maestro en Mercedes, inspector de 
escuela en Soriano primero y en Durazno después; profesor 
de geografía y de latín y castellano, más tarde. En 1892 esta- 
blecí mi instituto, que mantuve hasta 1905; hice entonces un 
viaje a Italia y cuando regresé, me nombraron inspector téc- 
nico de escuelas de la capital, cargo en el que me jubilé 
años después. 

— Y ¿ahora? 

— Ahora vivo tranquilo, contento, recordando mi vida y 
leyendo; pero ya sólo leo literatura; novela y poesía, que me 
hacen revivir mi juventud. . . 

— Desde entonces, ¡cuántas cosas han cambiado, señor 
Benedetti! La ciencia, se ha modificado casi por completo! 

— Sí, es verdad, lo sé, aunque no leo ya. Pero en lo que no 
nos han derrotado todavía, es en la teoría de los terremotos. . . 
¿Se acuerdan ustedes de la teoría de los terremotos? 

Y don Albino Benedetti, cuyo corazón ha ido caldeándose 
por efecto de las cordiales evocaciones, yergue su corpachón 
como en sus mejores años, apartando un poco el busto de la 
mesa junto a la cual eistá sentado y nos explica, como en 
aquellas lejanas clases de la Universidad, la teoría de los te- 
rremotos. 

Mientras el profesor habla, pensamos en que hay actual- 
mente muchos cientos de discípulos de don Albino, que lo re- 
cuerdan con el cariño y con la gratitud que como nadie supo 
él ganarse; y adquirimos el convencimiento de que muchos 
de ellos, de que todos ellos quizá, se sentirían tocados de honda 
emoción si vieran y oyeran al maestro, como nosotros lo ve- 
mos y oímos, explicar de nuevo la teoría de los terremotos. Pa- 
rece que don Albino Benedetti se hubiera de pronto despoja- 
do de veinte o treinta años y se nos apareciera igual, exacta- 



ORQSMAN MORATORIO 


75 


mente igual, al profesor de los lejanos días universitarios, 
cuando a su lado, sobre una silla, el sombrero blando, redon- 
do, de copa hundida, bajo el cual se adivinaba la figura entera 
del maestro, era en la clase un viejo compañero del profesor, 
que estuviera allí perennemente, tratando de no incomodar, en 
espera del término de la lección. 

Es la misma cabeza, un poco encanecida y un poco ralea- 
da; son los mismos ojos, claros e inteligentes, donde parece 
fulgir la luz de un espíritu superior; es el mismo ademán, 
lento y pesado, que trazan en el aire unas manos demasiado 
grandes. Tan real, tan sentida, tan “vivida” es la evocación, 
que el viejo maestro se pone en pie, conmovido por honda 
emoción, y mientras sus manos nos estrujan y nos palmean 
con fruición de caricia paternal, su voz cálida — un poco tré- 
mula entonces — trata de convencernos de cuán grande es su 
gratitud por nuestra visita, afectuosa y evocadora: 

— ¡No saben ustedes cuánto, cuánto les agradezco la vi- 
sita! Qué alegría más grande me han dado ustedes!... Gra- 
cias! Gracias! . . . 

Y un momento después, cuando abandonamos la apacible 
casa del maestro, desde la puerta de calle, don Albino Bene- 
detti nos saluda levantando a la altura de su cabeza las dos 
manos y nos repite conmovidamente: 

— Gracias ! . . . Gracias! . . . Gracias ! . . . 




HISTORIA INSIGNIFICANTE DE 
UN HOMBRE EFIMERO 

Un hombre pequeñito, esmirriado, cerámico, del que no 
quedaba apenas más que huesos y piel; más que hombre pa- 
decía un niño; más que niño parecía un pelele. Un rictus do- 
loroso en la cara, donde una boca desmesurada sonreía con 
expresión de calavera y donde unos ojos grandes miraban con 
asombrada expresión de súplica. Ojos trágicos, ojos que pa- 
recían mirar, y que sin duda miraban continuamente, a la 
muerte. 

Bajo el globo de su frente abultada, donde la piel se 
secaba por efecto de la fiebre, había un cerebro de vivaz in- 
teligencia; había, sin duda, una ch'spa de talento. Tenía un 
espíritu fácil a la emoción y una imaginación fácil al ensue- 
ño; hubiera sido un poeta; hubiera sido un artista; pero la 
miseria, ¡la perra miseria!, se ensañó en él a tal punto que, 
contemplándolo de cerca, sintiéndole latir su corazón, daba 
rabia, acometían deseos de protestar a gritos y a golpes con- 
tra aquella estúpida injusticia. 

Llevaba muchos sueños en la cabeza de cabello rubio y 
ralo; llevaba muchas ansias en su corazón bueno y lacerado. 
Escribió para el teatro — creía él tener grandes cualidades — y 
fracasó. Escribió entonces de acuerdo sólo con los gustos del 
público, hizo una de esas obras que dan dinero pero que lle- 
nan de ludibrio a quien las hace. Quizá fuera un modo de li- 
brarse de la miseria. Pero también fracasó. Sólo llenó una no- 
che el teatro; fué aquella la noche de mayor riqueza de su 
vida; salió del teatro con sesenta pesos en el bolsillo (la obra 
no volvió a representarse) y se dispuso a disfrutar aquel di-- 
ñero. Quiso fumar bien, beber bien, gozar de todas las cosas 
de las que siempre se vió privado; pero no pudo; el alcohol y 
el cigarro lo voltearon aquella misma noche. Su miseria física 
no le permitía nada, nada, nada. . . 

Como el hombre es despiadado, como el hombre sano goza 
del egoísmo de su salud frente ai enfermo, se burlaban de 
de él, hacían befa de él, de su insignificancia, de su ridiculez. 



78 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE’. 


de su miseria orgánica y él, en cambio, no se atrevía a eno- 
jarse, no se sentía con fuerzas para oponerse a la befa, y se 
hizo cínico ante la burla de la gente; sonreía, coreaba la burla 
de los otros, como si no fuera de él de quien hicieran mofa. 

Por las noches, cuando todos abandonaban la redacción 
(también fué periodista y también fracasado) quedaba solo, 
sentado en un rincón, las manos en los bolsillos, con una ate- 
rradora expresión de tragedia en el semblante y con sus ojos 
— que miraban a la muerte — muy abiertos con expresión de 
angustia. Solo frente a su formidable tragedia. 

Allí, en esos momentos, hablamos muchas veces; casi nos 
acostumbramos a hablar con serenidad, y hasta con fami- 
liaridad, de la muerte. Sabía que se moría, y con su voz ati- 
plada de modulaciones sollozantes, decía que era la suya una 
desgracia muy grande para un muchacho de veinticinco años. 
“Yo no quisiera morirme — decía confidencial — pero esto ya. 
¡no tiene remedio, esto va cada vez peor. ¡Qué lástima! Morir- 
se sin haber disfrutado de nada en la vida, que tiene cosas 
tan lindas!” 

A veces, en un breve instante de optimismo, buscaba la 
salvación en los anuncios de específicos farmacéuticos. Pero, 
una vez comprados, estrellaba los frascos contra el suelo. 

Hizo versos, hizo comedias, hizo crónicas teatrales, hizo 
«sueltos joviales y elegantes; quizá hubiera podido ser un gran 
sueltista, ya que no pudo ser otra cosa, que no tuvo tiempo ni 
fuerzas para ser otra cosa. Pero quedó aplastado por la mi- 
seria orgánica y por el peso de un irrealizable ensueño lumi- 
noso! Tan insignificante, tan doliente, tan feo, provocaba de- 
\seos de acariciarlo, de consolarlo como a una criatura o como 
la un perro. 

— ¿Por qué no va usted junto a su madre? 

— Yo no tengo madre... (Su voz, aquí, se hacía más ri- 
diculamente sollozadora) . 

— ¿Con su padre, entonces? 

— Sí; está en Buenos Aires; me manda buscar, pero yo no 
voy porque en Buenos Aires me moriré más pronto. 

Sin embargo, la miseria empujó a Luis de Robles a Buenos 
Aires y de Buenos Aires llega ahora la noticia de la muerte 
de Luis de Robles . . . 

¿Por qué he escrito yo todo esto? Quizá para provocar en 
todos los corazones buenos un noble latido, como un rezo, por 
este pobre, este insignificante, este efímero, este feo Luis do 
Robles!) 



LOS HOMBRES DE LA IMPRENTA 

i 

Yo no sé cómo interpreta y cómo siente las cosas que le 
Todean y aquellas de que diariamente se vale, aquel que de sí 
mismo tiene un alto concepto y que fía siempre en la propia 
individualidad. Pero quienes ni pensamos ni sentimos así, con 
.cada esfuerzo propio dejamos un recelo, un temor de no haber 
realizado un intento o de haberlo realizado mal. Sin duda de- 
ben sentir muy amable la vida aquellos que siempre se sien- 
ten satisfechos de sí mismos. 

Yo todavía no he podido entregar a la imprenta un ar- 
ticulo, un suelto, una página, cuatro líneas de una noticia, sin 
sentir el temor de haber cometido una tontería, sin sentir 
el rubor de quien teme haber procedido con torpeza en edad 
en que no están excusadas las torpezas. Nada me inquieta 
tanto como que lea mis originales quien no tenga la obligación 
de leerlos; y así como el avestruz cree escapar a la acción de 
sus perseguidores ocultando su cabeza bajo su ala, yo huyo, 
en el momento de la lectura, del lado de la persona que lee lo 
que yo he escrito. 

En consecuencia, de todas las personas que intervienen en 
un diario, ninguna ha de interesarme tanto y tan constante- 
mente como el tipógrafo y el linotipista. Es a ellos a quienes, 
a cada momento del día y durante años, vamos entregando 
esos artículos, esos sueltos, esas páginas, esas cuatro líneas de 
una noticia, y el reparo y los recelos que hemos dejado en todo 
cuanto escribimos. ¿Lo saben ellos? ¿Lo aprendiero ellos? ¿In- 
conscientemente lo han sentido ellos? 

Lo que sin duda ocurre en esta continua relación espiri- 
tual entre el tipógrafo y el periodista, es que el escritor llega 
a influir poco a poco en el ánimo de su intérprete digital; en 
cierto momento el tipógrafo y el linotipista se sienten unidos 
al periodista sin que éste, sin embargo, se advierta impelido 
hacia el tipógrafo por la misma simpatía. Muchas veces me 
ha ocurrido encontrar en un taller tipográfico simpatías in- 



(80 LA CIUDAD QUE DESAPARECE:’ 

sospechadas, como muchas veces también me ha ocurrido en- 
contrarme por primera vez con linotipistas y tipógrafos Quie- 
nes me han hablado —expresando ideas y sentimientos — co- 
mo sí, pensando y sintiendo siempre del mismo modo, estuvié- 
ramos de muchos años acostumbrados al cambio de esas mis- 
mas i impresiones. 

Pero yo siento por los linotipistas y por los tipógrafos otra, 
especie distinta de simpatía. Yo siento hacia ellos la simpatía 
que provocan siempre los espíritus generosos capaces de per- 
donar o de excusar las faltas y las debilidades de sus semejan- 
tes. Yo siento que cada operario del taller, cada unp de los 
que alguna vez han debido pasar al plomo mis originales, es 
un- hombre que lleva el secreto de mis fallas espirituales, es 
un hombre que conoce todas mis debilidades y que sin embar- 
go a nadie habla de ellas y que sin embargo, a mí me sonríe 
y hasta me estima, cordial. 

Yo he escrito durante horas, durante días, durante años,, 
todo cuanto espontáneamente y todo cuanto forzadamente he 
debido escribir, para llenar los deberes de este oficio duro y 
exigente y absorbente que cargamos, como una piedra de Sí silo 
todos los que alguna vez a él nos entregamos con un poco de 
sinceridad en el corazón. Y el linotipista y el tipógrafo, han 
debido recoger, letra por letra, todo cuanto he puesto de nú 
sensibilidad en el papel; ellos han recogido en el propio e*- 
píritu, sin saberlo, sin advertirlo, todas las vibraciones de nú- 
sensibilidad y han quedado envueltos, sin imaginarlo, sin sos- 
pecharlo, en la complicada red de mis nervios. 

Sin duda, ellos han aprendido de mí muchas cosas y han 
aprendido a sentir, que es lo que más imperta enseñar. Sin 
duda, ellos alguna vez han encontrado en mí algo que sus 
espíritus necesitaban y que ellos ignoraban que necesitaran y 
que existiera. Sin duda, ellos en mi hallaron para sus vidas 
informaciones que no son precisamente las de los materiales, 
sucesos cotidianos. Pero en cambio, han debido soportar todas 
nüs vacilaciones y todos mis errores; han debido sentir en sus 
corazones la aguda punzada de los rencores de mi corazón; 
han debido llevar hasta sus labios la copa de amargura; han. 
debido sentirse engañados por mi apasionamiento perturba- 
dor; han debido sufrir mis equivocaciones y padecer mis de- 
bilidades y tolerar mis vanidades y confundirse con mis faltas 
de sentido. . . 

Por todo eso nos sentimos los periodistas unidos a los lino- 
tipistas y a los tipógrafos; por todo esto los tipógrafos y li- 
notipistas se sienten un poco amigos nuestros y un poco cóm- 
plices nuestros. Nos comprendemos, nos toleramos y hasta nos; 
estimamos. Que es lo más que se puede exigir de los hombres,. 



ORCSMAN MORATORIO 


81 


que es a fin de cuentas, lo único que suele haber sobre la 
tierra capaz de hacer perdurable la existencia del hombre, 
más allá de la muerte. 

Por todo eso, he querido consagrarle una crónica a los ti- 
pógrafos y a los linotipistas. Yo no he visto que los periodis- 
tas se ocupen de ellos jamás, sino para hacerles cargar con 
todas las culpas de los errores de imprenta. Y bien sabemos, 
sin embargo, quienes vivimos la vida de la redacción, cuántas 
veces los linotipistas y tipógrafos son el pretexto de errores e 
ignorancias de periodistas! Porque el periodista es, muchas ve- 
ces, un ser vanidoso que, por eso mismo, se desliza sereno y 
despreocupado por planos sobre los cuales no le será siempre 
posible mantenerse en pie. 

Yo sé, y no lo he contado jamás, que mis errores de pe- 
riodista, si no han sido más que los de la imprenta, han sido 
más grandes... Y que los tipógrafos me los perdonen, como 
yo les he perdonado los suyos . . . 


II 

— ¿Y?... ¿Cuándo nos jubilamos?... Yo ya tengo cuaren- 
ta y cinco años de tipógrafo. . . 

— Pero, ¿cuántos años tiene usted. Ponte? 

— ¿Yo? . . . Sesenta y dos . . . 

Emilio Ponte sonríe al advertir la sorpresa que me produce 
la contradicción que hay entre su rostro, su figura toda, y su. 
edad. Es un rarísimo caso de excepción el de este hombre que 
se mantiene con aspecto juvenil; porque los tipógrafos enve- 
jecen precipitadamente, como si fueran despeñándose en la 
vida; parece como que se los comiera el fino polvillo que les 
acecha desde el fondo de las cajas de la tipografía y que sale 
de ellas junto con las letras; parece como que los envenena- 
ra el antimonio cuyas moléculas flotan en el ambiente del 
taller; parece como que les fuera agotando el espíritu las con- 
tinuas obligadas lecturas donde tantas personas distintas, den- 
tro y fuera de las redacciones, ponen mucho de sus experien- 
cias amargas y de sus torturantes inquietudes. En ningún lado, 
como en el diario, está el hombre en toda su amarga y fea 
realidad, en ninguna parte como en el diario está el hombre 
con su alma descubierta como una gran llaga, palpitante y 
purulenta. Y el tipógrafo se va intoxicando poco a poco, sin 
advertirlo ni comprenderlo y se siente abrumado por tantos 
secretos de conciencia que van envejeciendo a la suya... 

Por eso, sin duda, envejecen prematuramente los tipógra- 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


#2 

ios... Sobre todo los tipógrafos de los diarios, que llegan a 
sentir y a pensar como los que escribimos en los diarios. . . 

No sólo envejecen precipitadamente sino que, como pronto 
.pierden los mejores bríos de la juventud, se aferran al taller, 
se adhieren a él como si fuera la única razón de su existencia 
y cuando quieren acordar han consumido en él casi toda su 
vida y no les queda más que esperar lo que ahora esperan: la 
jubilación. Pocos se salvan del taller después de haber remon- 
tado la cuesta de la existencia, como Sebastián Rebagliatti, a 
quien al vida transformó; como los hermanos Núñez, de los 
cuales todavía se mantiene en el taller, Baldomero, a pesar de 
su reumatismo. 


— mu — 

Los tipógrafos tienen antecesores ilustres en todas partís 
del mundo; fué siempre la tipografía refugio de hombres in- 
teligentes y entre nosotros fué durante mucho tiempo mane- 
jada y difundida por quienes, comprendiendo su inmensa 
trascendencia en la vida, trataron de difundirla, de colocarla 
en la mano de todos. 

En los pueriles tiempos en que todavía se usaba como im- 
presora la prensa de mano y en que los tipos eran todavía de 
madera, don Isidoro De María y sus hijos mayores, don Der- 
ruidlo, don Alcides, don Isidoro, — todos los cuales han dejado 
huella duradera de su paso — se hacían tipógrafos y llevaban 
la imprenta a lugares en que hasta entonces la gente era in- 
capaz de sospecharla ni de imaginarla. Y nuestro “Fénix”, 
aquel fuerte y grande espíritu que llegó con la entereza y la 
sonrisa de la juventud a los ochenta y cinco años, era ya ti- 
pógrafo, que “componía” en español y en francés, a los once 
años de edad . . . Vivió “Fénix” sesenta años en la redacción 
de “El Siglo”; asistió a la evolución de la imprenta y se llenó 
de júbilo ante cada transformación que se producía; pero esto 
no le bastaba para la satisfacción de su espíritu, y hasta el 
instante de su muerte tuvo en una habitación de su casa, so- 
lícitamente guardado y cultivo — otros tienen una amante — 
un pequeño taller de tipografía. 

Y los tipógrafos de Montevideo, cuando, para satisfacción 
propia, con orgullo evidente, recuerdan que los De María fue- 
ron tipógrafos, adoptan de pronto una actitud poco menos 
que solemne para recordar que, también, don Antonio Bachi- 
ni fué tipógrafo ... 

De los tiempos heroicos de la tipografía, en que era in- 
dispensable hacer todo el diario a mano; “parar”, una tras 



OROSMAN MORATORIO 


83 


otra, todas las letras que habrían de ser leídas después en po- 
cos minutos; poner un enorme caudal de energías para hacer 
una de esas terriblemente grandes de los diarios cuyas pági- 
nas no se llenaban jamás; de aquellos tiempos en que se tra- 
bajaba por ocho pesos mensuales quien sabe cuántas horas 
diarias, en pequeños talleres sucios y sin aire, alumbrados por 
pequeñas lámparas de querosén de tubos rotes y remendados 
con papeles calcinados; de aquellos tiempos quedan todavía 
trabajando en las imprentas de los diarios, Antonio Gámbaro,,, 
el decano, con cincuenta y cuatro años de oficio... Baldomc- 
ro Núñez, que tuvo su momento de esplendor en “La Nación’' 
de la época de Santos; Emilio Ponte, de “El Ferrocarril” y 
uno de los fundadores del taller de “La Razón”; Bernardo Ale- 
mañ, que parece empeñado en oponerse a la acción del tiempo, 
cuando menos en la exterioridad de la línea. Han desertada 
del taller de los diarios, pero todavía hacen airosamente frente 
a la vida, Fénix y Jacinto García, José, Tomás y Ramón Nú- 
ñez, Francisco Medina, Sebastián Rebagliatti, Juan Danun- 
cio. ¿Cuántos más? 

Los tipógrafos nuevos, más que por años de oficio por su 
adaptación a todas las manifestaciones de la evolución tipo- 
gráfica, que tuvieron sus representantes hace algunos años en 
Félix García y Gabriel Ruqui, de verdadero sentido artístico, 
lucen actualmente en Artidoro Martínez, en Manuel Vitureira, 
en Alfredo Pérez, en Luis Gandolfo y en otros más. 

Tras los tipógrafos vinieron los hombres nuevos de la im- 
prenta, los hombres al servicio de la mecánica creada por el 
siglo que pasó. El día en que aparecieron las máquinas linoti- 
pas, los talleres de los diarios se hicieron más amplios, más 
aireados y se limpiaron: entró en ellos la luz eléctrica y el 
calor de los hornos; surgieron los ventiladores eléctricos y el 
estrépito mecánico lo llenó todo . . . Apareció el hombre nuevo 
del taller, el linotipista. Y el linotipista, quizá por ser nuevo, 
se creyó un tipo superior y desdeñó, desde el punto de vista 
del oficio, al tipógrafo, que ya llevaba una tradición sobre sus 
espaldas, que había creado y mantenido a costa de tremendos 
trabajos les diarios y los periódicos de Montevideo, que había 
puesto en la prensa algo más que un esfuerzo inconsciente. 
Los primeros linotipistas fueron muchachos, casi todos ellos 
aprendices de tipógrafos, que veían en el nuevo oficio la libe- 
ración de las rudezas que impone el trabajo en las cajas y en 
las mesas del taller. Eran muchachos entonces Santiago Ithu- 
rraldi, Luis Provens, los hermanos Godoy, Lista, Enrique Bot- 
taro, Angelito Divaso, Emilio Bernardi y los hermanos Do 
Paso, de los primeros que manejaron las linotipas. 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


Sí 


Luego, muchos de los nuevos y de los viejos tipógrafos se 
hicieron linotipistas y pronto, unos y otros, hicieron desapa- 
recer las diferencias que entre linotipistas y tipógrafos ellos 
mismos habían creado. 

Existe ya, desde hace algún tiempo, el linotipista nuevo 
que no llegó a ser tipógrafo, que no ha sido más que linotipista 
y que, hombre de conocimientos generales, domina la máqui- 
na igualmente con habilidad que con inteligencia. Carlos Fe- 
rrando, cronista de turf, redacta sus crónicas directamente en 
la máquina con la misma rapidez que pasa al plomo los origi- 
nales ajenos. A este grupo de nuevos pertenecen también Ca- 
rreras, Juancito Sans, Cañete, Inverso, Durán, Figueira, los 
hermanos Inda s y hasta “el viejo” Ortiz, ilustrado tímido, la- 
borioso. . . 


Se dice entre la gente de los diarios que quien una vez 
“toma el olor a la imprenta” ya no sale más de ella. Yo ya 
perdí la cuenta de los años que han transcurrido desde que 
esto me ocurre, pero yo me siento unido a la gente de la im- 
prenta, porque advierto, sin haberlo podido precisar, que muy 
hondamente llevo yo algo de ella o que muy hondamente lleva 
ella algo mío. En ciertos momentos temió que nos una algo 
así como una complicidad. A veces creo que nos hace herma- 
nos una gran obra que estamos realizando . . . 

En algunos instantes me veo, a los siete años, de pie sobre 
una silla, con un “componedor” demasiado grande para mi 
mano, frente a los “burros”, haciendo prematuramente de ti- 
pógrafo, por el placer de sentirme tipógrafo. Por eso, tal vez, 
he quedado para siempre en poder de la redacción... 

— ¿Y?. . . amigo Ponte, ¿cuándo nos jubilamos? 



VUELVE PEPE PODESTA 

Es un detalle de Montevideo, es un instante memorable 
de la vida montevideana. Desde el momento del año 89 en que 
aparece en el circo levantado en la esquina de Yaguarón y So- 
riano hasta que, en el año 1896, llega hasta el escenario del 
teatro Solís traza Pepe Pcdestá todo un período de la v ¡ da 
ciudadana y comienza, aportándole una sólida base, una evo- 
lución en las formas literarias del ambiente. 

Es verdad que antes de Pepe Podestá ya existían autores 
teatrales, es verdad que ya se habían escrito obras de am- 
biente nuestro a pesar de que era irremdiablemente necesario 
interpretarlas con actores españoles o, cuando mucho, espa- 
ñolizados. Pero faltaban les intérpretes, faltaba el teatro. Se- 
guramente, cuando iniciaron su obra cuya culminación se se- 
ñala entre les años de 19C3 a 1905 en el teatro Apolo, de Bue- 
nos Aires, ni Pepe Podestá ni sus hermanos pensaron en rea- 
lizar obra de trascendencia ni pudieron imaginar, siquiera, que 
la transformación en drama de la pantomima “Juan Moreira” 
habría de ser el origen de una evolución trascendental. Hay 
para pensar, en consecuencia, que los Podestá fueron los ele- 
mentos inconscientes de una transformación que habría de 
operarse y que sólo .estaba esperando el instante y el indivi- 
duo propicios para revelarse. Pero hay para pensar, además, 
que las obras de trascendencia — de poca o mucha trascen- 
dencia — jamás se realizan queriéndose previamente que po- 
sean esas proyecciones. Es, en todo caso, el tiempo el que 
decide la importancia de la obra humana. 

Los Podestá o, m;ejor dicho, Pepe Podestá y sus hermanos 
— porque siempre fué Pepe la inteligencia directora y la ener- 
gía realizadora — no pudieron crear una literatura teatral 
que ya estaba creada antes que ellos, cuyo origen bien puede 
irse a buscar .al “Oilántay” y que desde las postrimerías del 
siglo XVIII tenía entre nosotros importantes manifestaciones; 
pero crearen lo que podríamos llamar el escenario de ambiente 
para llegar luego a crear los actores nacionales. La literatura 



86 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE? 

criolla tuvo su primer escenario en la interpretación de “Juan 
Mcreira” ceatralizado por Pepe Podestá y el teatro nacional 
tuvo su primer gran actor en Pablo Podestá. 

Aquella familia de pruebistas que un dia del año 75 salía 
por su propia cuenta, manejada por el cariño y la energía de 
la madre, administradora, cajera y costurera, a vivir su vida 
volatinera por los pueblecilos de los departamentos vecinos al 
de Montevideo, ha tenido durante treinta años una influencia 
preponderante en la cultura popular de los dos países del 
Plata. Si no hubiera sido por ella, ¿se habría operado la trans- 
formación de nuestro teatro? Difícil es establecer si lo que 
se ha producido de una manera pudo haberse producido de 
otra, con sólo haber cambiado las circunstancias que lo pro- 
dujeron. Quizá se a preferible creer que la evolución de las 
cosas se ha de producir siempre fatalmente y que de los hom- 
bres sólo depende el acelerarla o el retardarla. Luego, quedará 
siempre para los Podestá el mérito de haber sido los factores 
de esa transformación, llevándola como se llevan todas las 
grandes evoluciones, de abajo hacia arriba y no de arriba ha- 
cia abajo; de haberla realizado combatiendo contra los más 
grandes obstáculos y disponiendo de un gran caudal de in- 
teligencia y de energía. 


Viéndolos de cerca, observándolos en la intimidad, todos 
los Podestá , los vivos y los muertos — fueron nueve y sólo que- 
dan dos — revelaban cualidades espirituales de excepción. Te- 
nían todos un hondo y cálido cuito por la madre; y la madre» 
dueña de toda la energía y la decisión de una madre que sa- 
be comprender y dirigir a sus hijos — ¡ojalá todas las madres 
lo supieran! — jamás quiso separarse de ellos, aun cuando al- 
gunos de ellos eran ya viejos, y anduvo tras ellos en sus con- 
tinuas andanzas, enérgica, decisiva, imperiosa, en las épocas 
de los grandes trabajos y de las dolorosas miserias, cariñosa 
pero pasiva, silenciosa, en los días del esplendor y del triunfo» 
Todos ellos tuvieron fuerte sensibilidad espiritual; en to- 
dos ellos había una indudable manifestación de artista; y si 
fueron volatineros, si fueron “pruebistas” en su juventud, fué, 
seguramente, por inquietud espiritual, por el ansia de andar, 
de volar, de disponer de sí mismos como los pájaros, como las 
mariposas, como las moscas. Tal vez si hubieran podido dispo- 
ner de una cultura superior o, simplemente, de una cultura, 
hubieran sido poetas. Porque eran artistas, porque realizaron 
con acierto' cuanta manifestación artística estuvo al alcance 
de sus facultades, lograron pasar de acróbatas y payasos a la 



ORQSMAN MORATORIO 


87 


«scena artística. Casi todos ellos fueron, además de habilísi- 
mos artistas de circo, además de los lucidos actores teatrales 
que todos conocemos, músicos, pintores, escultores y hasta to- 
reros. Fueron muchas las corridas de toros que los Podestá 
realizaron en el circo de la Unión, y el mayor de ellos, Luis, 
fué algún tiempo empresario taurino. Gran parte de la música 
criolla popular, sobre todo los más expresivos “estilos” y algún 
“pericón”, son obra de los Podestá, en modo particular de An- 
tonio, el primer director de Banda del circo Podestá-Scotti, el 
creador de una de las más aplaudidas interpretaciones de “La 
Piedra del Escándalo”. 

Pero el de personalidad más fuerte, el de más clara visión 
de las cosas y el más certero y más enérgico realizador es Pepe, 
que mantiene en pleno vigor su energía, heredada tal vez de 
la madre, aquella que fué al propio tiempo que madre, admi- 
nistradora, cajera, modista, cocinera y consejera de la com- 
pañía de volatineros que formaban sus hijos, siete hombres y 
dos mujeres. 

Seguramente, Pepe no influyó sólo con su inteligencia y su 
energía. Pepe, a quien todos sus hermanos, aún los mayores, 
respetaban y acataban, tenía una cualidad que, si no era ex- 
traña en la familia, la tenía en cambio en grado preponde- 
rante : la bondad. Y como la bondad sólo puede perjudicar a 
quien al posee y no a quien con ella se beneficia, Pepe ha de- 
bido sufrir alguna mala pasada que ha soportado, desde luego, 
con sonriente energía. Durante mucho tiempo, sin embargo, 
rodó por entre bastidores la leyenda del egoísmo de Pepe Po- 
destá; pero, ¿quién, que haya vivido en sus proximidades, ha- 
brá podido salvarse de las salpicaduras del teatro? 

II!!! 

Pero si Pepe Podestá se hubiera quedado en Pepino el 88, 
si no hubiera realizado otra obra, si no hubiera dejado de ser 
el payaso que en nuestra niñez conocimos todos los de nues- 
tra generación, del mismo modo se hubiera ganado el derecho 
a nuestra gratitud. Pepe logró popularidad inmensa con su 
Pepino el 88, sólo comparable a la que obtuvo su “Juan Mo- 
reira”. 

Recuerdo haber alcanzado la época en que ya se hablaba 
de la necesidad de que desapareciera Pepino, aquel payaso 
original, dicharachero, que mezclaba sus canciones criollas con. 
las primeras canciones de ambiente suburbano y tengo bien 
fija en el recuerdo la emoción dolorida que en mi ánimo in- 
fantil producía la idea de esta desaparición que — lo veía 
bien — por fuerza habría de producirse. ¿Qué iba a ser de 



88 


LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


todos nosotros, qué iba a ser de la gente y qué iba a ser de 
Montevideo el día en que Pepino el 88 no apareciera, nunca, 
más, en el circo? ¡Cuánto, esta idea, golpeó mi cerebro y mi 
corazón! 

Pepino empezaba a desaparecer, “Juan Moreira” había 
quedado relegado a segundo término en la escena criolla, con. 
“Julián Jiménez” y “Martín Fierro”; se mantenía con su fuer- 
te sabor de verdad campesina “El Entenao”, nos encontrába- 
mos en el momento culminante de “Juan Soldao”, que sacudid 
el ambiente político, y se iniciaba la comedia campera con las 
escenas románticas de “Los Guachitos”. Ya estaba todo de- 
finido, ya estaba preparado el porvenir y cuando se hablaba de 
la necesidad de que Pepe Poüestá dejara de ser payaso, ya 
se hablaba, sin que se supiera, descontando el porvenir, de 
Florencio Sánchez, de Roberto Payró, de Gregorio Laferrére, 
de Ernesto Herrera, de Otto Miguel Cione. 

Pepe Podes i á, al volver a pasear por nuestras calles, al 
aproximarse a nuestro lado, todavía joven, ágil, inquieto, con- 
versador, ha traído a sus espaldas un centenar de recuerdos,, 
un millar de emociones, muy hondamente guardadas y más 
dulces hoy que en la época en que surgieron; un millar de re- 
cuerdos y de emociones que yo sé que comparto con todos 
aquellos que fueron niños al tiempo que yo lo fui; un millar 
de recuerdos y de emociones que se volcaron atropelladamen- 
te en mi cerebro y en mi corazón cuando, al recibir con un 
conmovido abrazo a Pepe, como si abarcara con mis brazos, 
todo un pasado, le llamé desde el fondo de mi alma: 

— Pepino! Pepino! 



EL PROFESOR MORETTI 

En Montevideo, el escenario natural de Moretti es el Pala- 
cio Legislativo. En ninguna otra parte — en la calle, en el ca- 
fé, en el tranvía — se advierte al artista con tanta serenidad 
■de espíritu, con tamo fuego cordial, con tanta sinceridad ex- 
pansiva. Está en su casa; seguramente es eso lo que siente 
nallándose en aquel edificio cuyo interior tiene ya ei aspec- 
to de maravillosa catedral. De ahí que suba escaleras, escale 
andamios, salte paredes, con agilidad juvenil, extraña segu- 
ramente en un hombre que ha traspuesto los sesenta años. 

Moretti es alto y delgado, magro y cetrino; erguido el 
tronco, ágiles sus movimientos todos; gallarda es su prestan- 
cia y en toda su figura hay un cierto atildamiento, una cier- 
ta pulcritud que no restan nada de espontaneidad ni de na- 
turalidad a la silueta. Mientras camina con paso que tiene 
cierta evocación militar, lleva la cabeza muy erguida y los 
■ojos, grandes y de pupila muy negra, entornados, mirando 
hacia un punto siempre lejano. 

Así me lleva, siguiendo corredores, cruzando salas, reco- 
rriendo andamios, saltando tramos de escaleras de madera y 
de escaleras de mármol, de un extremo al otro del magno 
-edificio, en el que ha puesto, evidentemente, el calor de su 
espíritu de artista, de grande artista, que ha dado vida mu- 
chas veces y muchas veces calor, a aquellos mármoles cuya 
sola policromía, en el salón de los Fasos Perdidos, es una ma- 
ravillosa derivación del iris. 

El ornato de ciertos bloques tiene tal expresión, tal pal- 
pitación de vida, que en algún momento he sentido necesi- 
dad de palpar una rama o una flor de mármol, esperando o 
deseando encontrarle la sensación dáctil de la realidad. El ha 
visto esta actitud mía, poco menos que involuntaria; ha ad- 
vertido, claro está, la sugestión artística, y su rostro se ha 
iluminado con un gesto de satisfacción tan bellamente ex- 
pentáneo y tan bellamente ingenuo, que ha revelado por en- 
tero al artista.' 

Y con cuánta emotividad, con cuánto calor cordial, con 
qué entusiasmo de artista va expresándonos, uno por uno, to- 
<ios sus propósitos y todos sus proyectos; con qué admirable 
fe en la belleza ya haciéndonos advertir los pequeños detalles 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE? 


■90 

de aquella obra monumental que han de constituir la grande- 
unidad artística. Luego, en una sala junto a la cual advierto 
los bocetos que sirvieron para el concurso de cariátides, en- 
cuentro la mesa donde el profesor realiza personalmente sus 
proyectos. Del proyecto de biblioteca hay siete dibujos en gran 
tamaño; cada uno de ellos significa una labor honda, sentida 
y meticulosa; pero Moretti no está conforme con ninguno de 
esos proyectos. Quizá este detalle de uno, la galería de este- 
otro, la luz conseguida aquí, puedan servir de báse a nuevos 
estudios . . . 

Y al ver que Moretti se detiene largamente en estudiar y 
en corregir los detalles de una flor, de una sola línea a veces,, 
en una obra donde esos detalles aparecen a millares a cada 
instante, se comprende la sinceridad artística de aquel hom- 
bre. Sin duda él, que tantos magníficos monumentos ha le- 
vantado, — al revés de lo que le ocurrió a aquel grande artista 
que construyó la Catedral de Colonia— tiene la sensación de 
que no le ha de vencer el tiempo, de que el tiempo se deten- 
drá a aguardarle al borde del camino, dominado, detenido, por 
la emoción del arte ... 

Luego, los planos del piso del Salón de los Pasos Perdidos* 
Dónde ha hallado el profesor tan admirables colores? Los 
mármoles y las piedras que están en ese dibujo reproducidos, 
se encuentran en trozos sobre la mesa en que admiro el dibujo 
del proyecto. Ya no me parecen tan admirables esos colores, 
así, aisladamente, sin la combinación y sin las líneas ideadas 
por el artista. ¡Qué hermoso e.s esto! Pero Moretti dice que 
no, que aquello no es hermoso como lo creemos y hace la auto- 
crítica duramente, despiadadamente. Aquello no es bueno. 
Tendrá que hacer algunos estudios más... 

Después hablamos de arte en general, prescindiendo de su 
obra, y este hombre a quien Italia debe muchos de sus mag- 
níficos edificios contemporáneos, este hombre modestísimo que- 
reconstruyó el “Campanile” de Venecia, habla con la emoción, 
con el entusiasmo, con la fe, con el profundo regocijo espi- 
ritual de un muchacho de veinte años. Oyéndole hablar de 
tal modo, se siente uno amigo de Moretti, pero Moretti le ins- 
pira a uno un respeto poco menos que religioso. 

Y recuerdo que a Moretti, de regreso a Italia después de 
haber firmado en Montevideo el contrato para la dirección, 
del Palacio Legislativo, el Papa le ofreció la dirección de los 
museos del Vaticano; y que Moretti hubo de declinar el ofre- 
cimiento para cumplir el compromiso contraído en el Uru- 
guay. Advierto entonces que este rasgo pone de manifiesto la 
figura de Moretti, la figura del artista y la figura del hombre.. 

Entonces lo veo a Moretti más cerca todavía de mi corazón.. 



LOS “VIEJITOS” DEL BANCO 
DE SEGUROS 

Qué cosa más pueril, al par que más grande y más her- 
mosa, es el ros : ro de un viejo que sonríe! Esa serena niñez de 
los viejos, de los seres que han vivido largamente, parece una 
.recompensa de la naturaleza, un bello regalo, porque nada 
.hay tan puro, tan fresco, tan lleno de encanto, como la niñez. 
{Cuántas veces en los momentos más amargos de su vida, dice 
el hombre: ¡quién fuera niño! Los rostros sonrientes de los 
viejos, llenos de pueril encanto, parece que revelaran la sa- 
tisfacción enorme de sentir cumplido el anhelo de las horas 
de dolor: ¡quién fuera niño! 

Envejecer es sentirse desaparecer lentamente, es sentir- 
se vibrar como un sonido que se aleja, que se apaga, que se 
-esfuma en el horizonte de la noche y envejecer es anhelo de 
vivir, es ansiá de perdurar, es afán de resucitar, es deseo vehe- 
mente de empezar de nuevo la vida: ¡quién fuera niño! Y 
cuando al fin el hombre se apaga, se deshace, se acaba, vuel- 
ve 1a la niñez, realiza su anhelo; pero no advierte que lo ha 
realizado, no tiene conciencia de su niñez, de nada le sirve 
a su espíritu el haber tornado a su punto de partida, porque 
la niñez es inocencia! Y el hombre desaparece definitiva- 
mente de la tierra sin saber que ha vuelto a ser niño, él, que 
pasó su dolorosa vida deseando serlo algún día . . . 

Es hermoso el rostro de un viejo muy viejo; porque está 
iluminado de una indefinible, extraña luz de inocencia; por- 
que parece la expresión de un tránsito trascendental, porque 
refleja el instante en que el hombre está pasando, lenta y se- 
guramente, de la vida a la muerte. Es hermoso el rostro de un 
viejo que sonríe, porque es un rostro que está sonriendo, a la 
muerte, que ha empezado a familiarizarse con el misterio, de 
donde vino, y del cual no lo separa ya más que un instante, 
un segundo, tal vez. . . 

El rostro de un viejo es el rostro del hombre asomado a 
los balcones de lo infinito. 



92 LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

¿Cuántos son? Ciento cincuenta, doscientos, trescientos; 
son muchos, tantos, que llenan el salón de la plañía baja del 
Banco de Segures del Estado y desbordan hasta la acera, una 
de las aceras de la calle Rincón, sobre las cuales, a esa hora 
de la tarde, vuelcan les carros venidos de la Aduana, los 
grandes cajones que reciben las casas importadoras. 

Sobre tantas, tantas cabezas viejas, cabezas que cada nue- 
vo día se inclinan más hacia la tierra, flota un ambiente grato, 
de bienestar y de sonrisas. Todos aquellos viejos han olvidado 
la muerte; casi todos aquellos viejos han olvidado sus reuma- 
tismos y sus pequeñas grandes angustias; se sienten felices 
como nunca, más niños que nunca. Todos ios meses se en- 
cuentran allí, frente a las mismas ventanillas del Banco donde 
van en busca de la pensión a la vejez; que el haber llegado 
a viejo da derecho a un poco, aunque sólo sea muy poco, de 
tranquilidad y esperanza. Se conocen, se tratan, se cambian, 
impresiones, se cuentan sus vidas pasadas, sus oscuras, ig- 
noradas historias, y hablan de sus enfermedades que, sin duda,, 
tienen pendientes la atención del mundo y mantienen en pe- 
ligro la gravitación universal! 

Reunión locuaz y reunión amable de gente que, sin em- 
bargo, pasa en sus casas todos los días del mes renegando con- 
tra la gota, mortificada ccn la grita de los niños, molestada, 
porque estos malos tiempos que vivimos todo se lo llevan por 
delante, nada respetan, nada dejan en pié. Es que aquella 
reunión mensual suaviza los corazones y endulza las pa- 
labras . . . 

Van en procura ele los ocho pesos — sólo ocho pesos — que 
el Estado asigna a los pobres de solemnidad que han cumpli- 
do sesenta años de edad. No, no es mucho eso. Por pobres que- 
sean los viejos, siempre ocho pesos serán suma exigua; pero 
no en todo caso el dinero es tan vil como aseguran quienes 
ló desprecian sin poseerlo, sin. embargo. ¿Qué hacen al cabo de 
treinta días con ocho pesos? Quizá un poco más de pan, tal 
vez un abrigo; es posible que haya quienes ni siquiera alcan- 
cen a darse cuenta de en qué los invierten, porque no dejan, 
beneficio de ninguna clase. Mas, el Estado cumple con un 
deber de humanidad. 

Pero este puñadito de dinero, que parece debiera ser su- 
ficiente para eilos, que son puñaditos de huesos, va hacia ellos 
todos los meses envuelto en el mágico encanto de la ilusión. 
Cada treinta días, los viejos aparecen ante las ventanillas del 
Eanco con el aspecto, si no de haber recobrado la juventud, 
sí de haber caldeado sus entrañas al calor de la ilusión. 

¡Qué fuerte, qué buena, qué vivificante es la ilusión que 
se apodera de los viejos y les hace sentir la vida del mismo 



OROSMAN MORATORIO 83 

modo, con la misma fusrza con que la sienten dos amantes 
jóvenes! Dia de alegría, de encanto, de ilusión, es ese en que 
se reúnen en el gran salón de la planta baja del Banco de- 
Seguros, donde se conocen, se cambian impresiones, se cuen- 
tan sus vidas pasadas, sus oscuras, ignoradas historias. 

Son viejos sonriente los del Banco de Seguros. Como les 
parece que en aquel momento la vida empezara a serles bue- 
na, aníes de salir de sus casas se disponen a colocarse, al fin, 
de acuerdo con la vida. Y aparecen en el Banco, no ya “vie- 
jecitos, sino simplemente “viejitos” con el rostro afeitado, 
nueva la camisa, pulcramente anudada la corbata. Ellos tam- 
bién, los viejitos, tienen en el rostro la misma sonrisa, en el 
corazón 2a misma buena voluntad, en los labios las mismas 
buenas palabras, en las ropas la misma expresión de extraor- 
dinaria prolijidad. 

No, no; no es cosa tan vil el dinero como afirman quienes 
lo desprecian sin haberlo poseído ¡sin embargo! El dinero les 
aporta la ilusión; el dinero, si no alcanza para pagarles una 
casa, sobra en cambio como para que se compren un castillo 
en el aire. Bien se sabe que es muchas veces más feliz, más 
efectivamente feliz, quien habita un castillo en el aire que 
quien se .alberga en el más hermoso castillo de la realidad. 
¡Ocho pesos! ¿.Son poca cosa, pues ocho pesos? 

Ei pobre, el infortunado viejo que ha llegado a sentirse 
solo, abandonado por la vida, advierte así que no está tan 
solo y que le ata y.a a la vida un motivo para continuar 
viviendo ... 


¡Cuánta ilusión inútilmente concebida, cuánta esperanza 
absurda, cuánto dolor perenne, cuánta angustia sangrante,, 
cuánto ensueño malogrado hay en cada humano que ha lle- 
gado a la vejez! La vejez es la suma y compendio de una 
tragedia, la más grande y bárbara; la tragedia de la vida; de 
toda al vida. 

Y conmueve, por tanto, sacude en lo hondo, el espectáculo 
aquel de la reunión mensual de los viejos en el gran salón de 
la planta baja del Banco de Seguros del Estado; cada cabeza, 
es una tragedia que llega a su término o un dolor que se man- 
tiene obstinadamente; cada cabeza es un fracaso humano, ya. 
que en todo individuo que declina hay una aspiración o un 
anhelo o un ensueño que no pudo cumplirse; ya que 1 en todo 
individuo que declina hay algo, impreciso muchas veces, que¡ 
debió cumplirse y que sin embargo no se cumplió . . . 

Viejitos pulcros, sonrientes, alegres, vestidos con lo mejor 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


94 

de sus míseras ropas y que parecen limpias como nunca porque 
fueron aliñados ese día con el calor de la ilusión que animaba 
a sus manos torpes; viejitos que, después de haber trabajado, 
de haber sufrido, de haber llorado, de haber esperado y de 
haber soñado durante toda una vida; después de haberse co- 
locado frente a los balcones desde los cuales se contempla lo 
infinito, se abre el horizonte del misterio, después de tanto 
afán que se desvanece sin huellas y sin recuerdo, se sienten 
felices, felices de seguir viviendo y de seguir sufriendo, sólo 
con retener en sus manos hechas de huesitos y piel, un pu- 
ñadito de dinero, ocho piezas de plata! 

¡Oh, no siempre es el dinero cosa tan vil, tan despreciable! 



LAS EVOCACIONES DE DON 
MARIANO FERREIRA 

Pequeñito, descarnado, al punto de que las arterias de su: 
cabeza calva simulan una gorra de red, las pupilas enérgicas 
y luminosas se detienen en mí un instante y recibo la im- 
presión de que alguien que no es él, de que alguien joven y 
fuerte, me mira detrás de las órbitas de don Mariano Ferreira. 

Le manifiesto mi sorpresa, le hablo del extraordinario vi- 
gor de esas pupilas, y él me dice ahuecando la voz, con emo- 
ción y orgullo: 

— Es la rasa! Son los Artigas! 

Yo no sé qué es eso; pero como sé que tras aquellas pu- 
pilas hay una raza y, más que una raza, una tradición vene- 
rable que arranca del Manuel Artigas, primera víctima, casi, 
de la revolución de Mayo, y que entronca con Fermín Ferreira, 
el médico noble y heroico de nuestras primeras luchas de san- 
gre, creo que algo del pasado epopéyico hay en la luz de las 
negras pupilas del anciano. 

— Es verdad; he estado muy mal, muy grave, porque a mi 
edad son un serio peligro las afecciones pulmonares. Pero co- 
mo soy fuerte, gracias a Dios, el 20 pasado pude conmemorar 
con los miembros de la familia que todavía me quedan, el 
ochenta y ocho aniversario de mi natalicio, pues nací el 20 de 
enero de 1834. 

Don Mariano Ferreira es una de las figuras más conocidas 
de la población de Montevideo, ciudad de su nacimiento, y de 
la cual encama una buena_ parte de su tradición. Durante* 
cincuenta años la ha recorrido diariamente a pie, con paso 
siempre menudo y rápido, de un extremo al otro. Durante esos 
cincuenta años, tal vez, ha sido el infaltable concurrente a los 
espectáculos del Solís en cuya boletería está siempre el mismo 
sillón para la hora en que don Mariano lo reclame. No impor- 
ta que el telón del viejo teatro se levante para un espectáculo 
de ópera, de zarzuela, de sainete o de cinematógrafo; don Ma- 
riano reclamará día tras día, su sillón a su casi contemporá- 
neo don Alberto el boletero . . . 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


S6 


Yo he sido un gran bailarín y un gran caminador. En mi 
Hempo se bailaba el vals por lo alto y la “galop” y era un tim- 
bre de honor el no dejar una sola pieza sin bailar... Hasta 
hace poco más de un mes, yo caminaba mis cuarenta cuadras 
diarias; pero .ahora me canso un poco. A pesar de todo, salgo 
todavía. 

Pero el don Mariano Ferreira actual es por demás conoci- 
do en Montevideo y yo busco al otro; el de los lejanos tiempos. 

— Yo nací el año 34 y sin embargo, mis primeros recuer- 
dos personales datan dei 33 y 39; pero están demasiado le- 
janos. Si hago un esfuerzo de memoria, mi vida toda, desde 
aquella fecha hasta hoy, ¿e me aparece como si la contem- 
plara en un espejo. 

Difícil es hacerle evocar a este hombre determinados re- 
cuerdos; y preferimos ceñirnos a algunos de los que le sean 
más personales. 

— Sí: allá por los primeros meses de la Guerra Grande, 
fui discípulo del Colegio Oriental, de don Juan Manuel Boni- 
faz, gran educacionista, un tanto original por sus métodos 
cuanto por su modalidad. Había compuesto una gramática en 
verso, con el fin de facilitar su retención, y daba sus 'leccio- 
nes con acompañamiento de guitarra. Se sentaba en un en- 
tarimado con la guitarra y, colocados en fila frente a él los 
discípulos, nos hacía cantar a coro la lección con movimientos 
acompasados del cuerpo y de los pies. El le llamaba la “gra- 
mática cantada y bailada”! ¡Toda una originalidad! 

Sus duras pupilas sonríen, y agrega evocador: 

— Oh! mi vida es muy larga; muy larga par.a contarla! En 
dos gruesos volúmenes he dejado mis memorias. He sido sol- 
dado muchas veces y casi otras tantas veces emigrado por la 
fuerza de' las circunstancias políticas. Saltemos muchas cosas. 
En 1849 fui agregado a la Legación en París, con Melchor Pa- 
checo; de aquella época guardo un retrato al pastel de Ale- 
jandro Dumas. También entonces traté en París a Teodoro 
Vilardebó, que se encontraba al frente de un establecimiento 
de sanidad... Aquí está el retrato de Dumas; observe usted 
qué bien se conserva . . . 

Pero don Mariano Ferreira vuelve a Montevideo durante 
el período de la Guerra Grande . . . 

— La vida social de entonces tenía su núcleo principal los 
domingos en la Matriz, después de la misa de una. Nuestras 
“paquetas” salían de allí por la calle 13 de Julio, hasta el Ce- 
menterio Inglés, que quedaba frente a la línea de fortifica- 
ciones. La concurrencia se cobijaba bajo unos ombúes que 
todavía sustistían allí. Dentro de las fortificaciones, estaba el 



OROSMAN MORATORIO 


W 

paseo del Recinto donde en las fiestas de Reyes se realizabais 
ios “candombes” de negros. En el verano, durante las noches 
de luna, el paseo obligado era el muelle de Gowland, en el 
extremo de la calle Colón. Y entre los recreos particulares, fi- 
guraba en primera línea la quinta de las A'lbahacas, en la 
Agueda, también fuera de la línea de fortificaciones... 

Pero las reuniones más “distinguidas” se efectuaban en 
ána sociedad recreativa que mensualmente ofrecía sus festi- 
vales en su local de ios altos de la panadería Tobal, en 25 de 
Agosto y Cámaras. El lugar era lóbrego y apartado, lo que 
bacía que las familias se hicieran acompañar de sus criados, 
los que eran portadores de ios zapatos de baile de las “mu- 
chachas”, que sólo de ese modo se libraban clel fango de la 
calis.- El lujo de entonces eran las camelias blancas, codicia- 
tas por escasas, pero que empezaron por costar un patacón 
cada una y concluyeron por venderse a doce “vintenes”. Ves- 
tían los hombres frac azul con botones dorados y pantalón 
negro con franjas también doradas y guantes “color patito”. 

Recuerdo que uno de los mejores bailes lo dió la sociedad 
el 17 de Julio de 1853, celebrando el aniversario de la Consti- 
tución... Al día siguiente se produjo el motín aquel... 

Buscamos algunas impresiones “personalísimas” del doctor 
Férreira y entonces evoca el nombre de Lavalleja. 

— En el año 53, durante el triunvirato, era yo auxiliar del 
ministerio de Hacienda. El día 22 de octubre tuve que ir a so- 
meter a la firma de Lavalleja ciertos asuntos del ministerio. 
En el Fuerte, que era la Casa de Gobierno, encontré a La- 
vallej,a departiendo con Juan Carlos Gómez, su ministro de 
Gobierno, que estaba a su lado. Despachó el ex jefe de los 
Treinta y Tres los documentos que yo llevaba y, ya en el patio 
de la Casa de Gobierno, de regreso a nii oficina, oí voces de 
alarma y vi gente que corría hacia el despacho del gobernante. 
Acudí yo también y encontré, muerto de un ataque apoplé- 
tico, al general Lavalleja, en el mismo sillón en que lo había 
dejado momentos antes. Fui yo, sin duda, quien recogió las 
últimas firmas de Lavalleja... 

Las funciones administrativas y la inquietud de aquellas 
épocas, no me impidieron seguir estudiando. El 3 de abril del 
54, se me confirió el grado de bachiller en acto público cele- 
brado en la nave central de la Iglesia Matriz, siendo mi padri- 
no el doctor Juan Carlos Gómez. Recibí el grado de doctor en 
jurisprudencia el 19 de julio del 57, siendo mi padrino de tesis 
don Manuel Herrera y Obes y de grado, mi padre. La ceremo- 
nia se celebró en la Capilla de la E jercicios y 

conmigo, formaban parte de 



98 LA CIUDAD QUE DESAPARECE' 

lomeque, José Pedro Ramírez, José E. Ellauri e Ildefonso Gar- 
cía Lagos. 

Hay en el despacho en que nos recibe el doctor Ferreira, 
una vitrina que guarda objetos antiguos, reliquias históricas, 
quizá... Advierte que aquello atrae mi atención y, señalando- 
con su diestra descarnada: 

— ¿Ve usted esa divisa? Es la que usó Leandro Gómez en 
el Cerrito. Llegué a Paysandú dos días después de rendida la 
plaza, entregada a la custodia de los pocos vecinos que que- 
daban. No quiero hablarle a usted del terrible aspecto que 
ofrecía... Bajo- unos escombros encontré un paquete de car- 
tas familiares del general Gómez, y esa divisa, blanca y roja. . . 
Aquella otra es la que usó mi abuelo materno en la batalla de 
San José. . . 

Este elegante bastón es de carey; i a empuñadura de oro; 
la contera de plata. Fué de mi padre y era el adminículo obli- 
gado de los elegantes de su tiempo . . . 


— ¿Más adelante? Bien. En abril de 1887 formé parte del 
Comité Directivo del Partido Constitucional y he permanecido- 
fiel a aquel programa. Cuando, en 1897, el señor Cuestas me 
ofreció el ministerio de Relaciones Exteriores, lo acepté con la 
misma condición con que aceptaron los suyos Eduardo Mac 
Eachen, Juan Campisteguy y Jacobo Varela, es decir, de que 
se lograra la pacificación del país y el olvido de los odios pro- 
ducidos por los seis meses de guerra. . . 

Don Mariano Ferreira abandona el escritorio junto al 
cual ha estado sentado hasta entonces, viejo mueble sobre 
el cual aparece una vela, única luz con que se alumbra cuando 
escribe. Y ofrece a mi vista, sin pronunciar una sola palabra, 
seguro de provocar mi admiración, un álbum en que aparecen 
retratos y autógrafos de Bslgrano, de Rivadavia, de Manuel 
Artigas, de Andrés Lamas, de Juan Carlos Gómez, de Manuel 
Oribe, de Diego Lamas, de Garibaldi, de Comelio Saavedra, de 
Leandro Gómez, de Venancio Flores, de Bernardo Berro... 

La historia del país, documentada y viva... 

He visto bastante; he evocado bastante; me dispongo a 
salir. Pero al cruzar una sala, vuelve el dueño de casa a ex- 
tender su mano enjuta y me dice: 

— ¿Ve usted eso? Es el primer piano que se fabricó en 
Montevideo... ¡Cuántos minuets y cuántas gavotas!... ¡Yo 
era un gran bailarín! 



EL RECUERDO DE LOS ATORRANTES 


¿Dónde están, cómo son los atorrantes de Montevideo? Un 
día en que con un amigo necesitamos aproximarnos a algunos 
de esos tipos, recorrimos en automóvil todo el perímetro de Xa 
ciudad, sin hallarlos. ¿Es que ya no hay atorrantes en Mon- 
tevideo? 

Sin duda los hay, sólo que ya no son como los de antes, 
como aquellos que encontrábamos al sol en los viejos muelles 
de la Aduana, como aquellos que levantaron, con “latas”, un 
barrio entre las basuras de los fondos del Cementerio Central; 
como aquellos que encontrábamos a cada instante por todas 
las calles de la ciudad, huéspedes de los bancos de las plazas. 
Antes, el atorrante, al que llamaremos primitivo, confiaba en- 
teramente su vida a la generosidad o a la compasión o al te- 
mor de las gentes sencillas. Tenían de tal modo, resuelto el 
problema de la subsistencia, mientras el resto de los seme- 
jantes luchaban por solucionar el propio. 

Eran los buenos tiempos de los atorrantes legítimos, puros, 
sin degeneraciones ni debilidades. Eran los tiempos, poco me- 
nos que heroicos, en que sus figuras se esparcían por toda la 
ciudad como desperdicios arrojados por al marea social. En- 
tonces, los frailes de un convento de Buenos Aires, advirtie- 
ron que el vago — que pululaba en grandes cantidades — era 
un elemento utilizable de las casas religiosas, donde se les 
obsequiaba con los residuos de las comidas. Y desde entonces, 
sólo les dieren los desperdicios de la cocina, a cambio de que 
les ayudaran en la torrefacción de café. Fué así que, por de- 
dicarse a la tarea de torrar les llamaron, con toda impropie- 
dad gramatical “atorrantes”. 

El nombre de “atorrante” les vino, pues, a los vagos, por 
haberse puesto una vez a trabajar. Y bien merecido tuvieron 
el mote denigrante, que seguramente pesa sobre sus concien- 
cias, como la maldición divina en el pobre hombre. Así como 
el hombre tiene que ganar el pan con el sudor de su frente, 
el vago tiene que cargar, para siempre, con el estigma de 
“atorrante”, por haber dejado una vez de ser vago. 

Muy numerosos y largos fueron los años, después que de- 



100 LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

jaron de torrar en el convento de B. Aires, que los atorrantes 
pasaron sin trabajar, e s decir, en su estado natural. Fué du- 
rante ese período, que mamaremos de esplendor, que la figura 
del atorrante adquirió relieve propio, que hizo escuela en el 
orden moral y que reinó, dueño absoluto, en los bancos de las 
plazas. Yo lo recuerdo todavía, sí, señores, tendido en los 
bancos de la plaza Artola, durmiendo por las noches, rascán- 
dose al sol la sucia pelambre, por los días. 

Ya tenían historia, ya tenían tradición, ya tenían ante- 
cesores ilustres los atorrantes de Montevideo! Yo alcancé a. 
oír, de los labios de los sirvientes y todavía frescos por la 
emoción de lo vivido, los relatos de la vida del capitán Viruta, 
que corría tras los tranvías de la calle 18 de Julio, hasta la 
Unión, los días, prehistóricos para la gente de hoy, en que se 
realizaban corridas de toros; el mismo capitán Viruta que una 
noche, habiendo querido escalar uno de los portones del cuar- 
tel de la Unión, fué volteado, para siempre, por el tiro certero 
de un centinela. Yo alcancé a conocer a “Milonga” (¿sería un 
antecesor de la “Milonguita” de hoy?), que llevaba unos pan- 
talones muy brillantes y cargaba al hombro una bolsa donde, 
según me dijeron entonces, llevaba a los niños malos para 
comérselos crudos con su tremenda bocaza! 

Algún tiempo después, conocí a uno de los más ilustres 
atorrantes montevideanos, una de las figuras más caracterís- 
ticas de la época y de las que mayor popularidad alcanzaron. 
Era un viejecillo delgaducho, con el dorso inclinado hacia ade- 
lante, con saltarín andar de chingólo, con patillas grises abier- 
tas que recordaban los retratos de Valeriano Weyler, con los 
pantalones muy estrechos y muy cortos y en lo alto de la ca- 
beza una “galerilla” muy pequeña, de esas que parecen hechas 
para que hagan reir los malos cómicos del sainete español.. 
Era el Sargento Pucho o, como más cariñosamente le llamaban 
sus numerosas relaciones — todos los muchachos de la calle — 
“Puchito”. ¿Habrá que decir cuál era la afición de Avelino 
Ruedas, que le había valido el mote de “Puchito”? 

Poco a poco — nadie sabe cómo — fueron desapareciendo de 
Montevideo los atorrantes y los atorrantes de Montevideo. Los 
ha llevado por delante la vorágine de la vida moderna; el ato- 
rrante, por lo menos el atorrante popular, no ha tenido más 
remedio que pagar tributo a las grandes transformaciones so- 
ciales y económicas. Los atorrantes de hoy, como sus ascen- 
diente los del convento de Buenos Aires, tienen que trabajar. 
Es ya la del atorrante, una profesión venida a menos, porque 
las gentes generosas o compasivas o temerosas, que se dedi- 
caban a alimentar atorrantes, hoy no disponen apenas de lo 
necesario para el sustento propio. 



OROSMAN MORATORIO 


101 


•Por eso ya no hay atorrantes en Montevideo. Y, si los hay, 
como ya no andan mal entrazados, como no duermen en los 
bancos de las plazas, como no piden un “vintén”, sino que 
“pechan” pesos o viven de un empleo, nadie cree que existen 
y nadie les llama atorrantes. Lo indudable, en cambio, es que 
el atorrante ha degenerado. 

Sin embargo, el atorrante era un ser a quien sobraba in- 
dividualidad, que jamás andaba corto en filosofías. Puesto que 
no creía en nada ni esperaba más que, de cuando en cuando, 
un pedazo de pan duro, (no era asceta sino estoico), tendido 
panza al sol miraba, indiferente o desdeñoso, pasar nuestra 
preocupación, nuestra ansiedad, nuestra esperanza, nuestro 
dolor ... 

Y muchas veces, sospechando que tal vez había alcanza- 
do un grado de felicidad, al pasar junto a él quizá sentimos 
impulsos de darle un pantapié. 




LA GALLARDA FIGURA DE 
LEONCIO LASSO DE LA VEGA 


Leoncio Lago de la Vega, fué una de las figuras más in- 
teresantes y más originales que ha tenido Montevideo. Nacido 
en Andalucía, donde obtuvo el título de médico, vivió entre 
nosotros los últimos catorce años de su vida y llegó hasta nos- 
otros trayendo un hondo dolor oculto, que porque todos res- 
petaron nadie osó penetrar en él. 

Cuando vino a Montevideo, después de haber vagado por 
diversos caminas del mundo llevando a cuestas el bagaje de 
su dolor, tenía ya el cabello blanco, blanco el bigote románti- 
co, pero llenos de lúa todavía sus ojos claros, lleno de juven- 
tud su vibrante espíritu. Más grande todavía que el caudal 
inmenso de su talento y de su erudición. Tenía apostura ga- 
llarda, altiva la cabeza que se tocaba con un sombrero de alas 
redondas echada hacia atrás, que al dejar en descubierto su 
noble frente, acentuaba la arrogancia de su apostura. Su si- 
lueta, sin duda también como su espíritu, tenía algo de Que- 
vedo y algo de Cyrano de Bergerac. 

Pero su espíritu, su fuerte -espíritu, era el relieve incon- 
fundible de su personalidad originalísima en nuestro am- 
biente. Parecía el espíritu de Voltaire y, seguramente, si hu- 
biera vivido en el siglo XVII hubiera sido el espanto de los in- 
genuos religiosos y el terror abominable de la iglesia. 

Vivió de su talento y de su ingenio — de su enorme inge- 
nio — y fué un prototipo de bohemio, aún cuando estuvo al 
alcance tíe su voluntad en cualquier momento el dejar de ser 
bohemio para hacerse un buen y apacible burgués. Pero todo 
lo desdeñó, todo lo despreció, como no fueran los sentimientos 
íntimos de su corazón, un nobilísimo corazón, grande, bueno, 
generoso, abierto en todo instante a las más nobles, a las más 
puras a las más elevadas manifestaciones de su espíritu. Hoy 
se podría decir, en consecuencia, que Lasso de la Vega vivió 
su vida entera despegado de la tierra. 

Vivió derrochando, hasta la última moneda, el inconmen- 
surable caudal de su talento y su sabiduría, sin preocuparle la 



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LA CIUDAD QUE DESAPAREÓE 


certeza en que llegaría el instante en que, como el hombre del 
cerebro de oro, de Daudet, el último rastro de su cerebro no 
sería más que una gota de sangre. Y tal era la amplitud de su 
talento, y tal era la amplitud de su espíritu, que Lasso de la 
Vega fué poeta, literato, filósofo, psicólogo, historiador, músi- 
co, matemático, médico, orador, periodista, novelista; fué todo 
lo que quiso ser y hasta lo que no quiso ser. 

La proximidad de este hombre que a los cincuenta años 
tenía aún todo el encanto de la juventud, era un motivo de 
atracción irresistible ; y por eso junto ,a él se estrechaba siem- 
pre un núcleo de los más diversos amigos, amigos que se con- 
vertían en admiradores devotos, porque cada uno de los más 
diversos hombre^ encontraba en Lasso de la Vega lo que su 
mentalidad o lo que su corazón necesitaba. 

Y si sugestionaba con su perenne sonrisa de juventud, Laso 
de la Vega subyugaba con su conversación, con el musical 
timbre de su voz, con la elocuencia del “causseur” incompa- 
rable, siempre brillante, anecdótico, ameno y enjundioso. A su 
lado, en cualquier momento se aprendía algo o se disfrutaba 
un bello sentimiento o una bella emoción. 

Todos los que fuimos sus amigos, todos los que, aún sin 
ser sus amigos, nos aproximamos a él alguna vez, le debemos 
una gratitud porque de él llevamos todavía algún pensamien- 
to, algún sentimiento o alguna emoción. 

El humorismo, la gracia, la espiritualidad, eran manifes- 
taciones perennes de su espíritu que puso todos les días en el 
diario, aún en los sueltos que debieron por su índole ser in- 
significantes y que sin embargo llevaban la huella indeleble 
de su refinada sensibilidad. La simple noticia de una denun- 
cia — la más vulgar de las noticias de la prensa — era motivo 
para una manifestación de su ingenio; y para hacer sútil y 
alado lo más vulgar y lo más insípido, optó un día por escribir 
todo en verso, simulando prosa en la forma de la composi- 
ción tipográfica. Tenía excepcionales facultades para el ritmo 
(todo en él era armonioso) y sus artículos y sus sueltos versi- 
ficados llegaron a acaparar la atención de los lectores. Así 
surgió uña sección que él tituló “Salpicón”, muchas de cuyas 
composiciones llegaron más tarde a constituir un volumen. Y 
unas veces en verso y otras en prosa, día tras día fué dejando 
en el diario las mejores manifestaciones de su talento y de 
su saber, que er.a enorme. Fué ruidosa y apasionante su cam- 
paña anticlerical, que unas veces en tono grave, otras en tono 
risueño, a veces en verso y a veces en prosa, realizó tesonera- 
mente, con talento y con sinceridad. 

Como se atribuye falta de energía al bohemio, parecerá 
ahora extraño que se afirme que Lasso de la Vega vivió una 



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OROSMAN MORATORIO 

línea moral inquebrantable. Era, sin embargo, enérgico en el 
mantenimiento de sus convicciones, enérgico en el manteni- 
miento de su disciplina moral, de “su” moral, que se había 
creado como producto de su erudición y, sobre todo, de su ex- 
periencia sentimental. Se propuso mantener en todo instante 
su libertad y fué, porque quiso serlo, un hombre libre en cuan- 
to es posible ser a quien tiene la noción exacta de la digni- 
dad y de la dignificación del hombre, pero posee el absoluto 
conocimiento de su situación de ente social. En sus últimos 
años, se entregó sin reparos al alcohol, consciente de su acti- 
tud, sin renegar ni avergonzarse siquiera de su vicio. Y cuan- 
do alguien le reprochó esto un día — hemos dicho que Lasso 
llevaba en su interior una profunda amargura, la amargura 
de su tragedia sentimental y la amargura de haber llegado al 
fondo de todas las cosas — contestó con acento emocionado: 
— No soy yo quien “chupa” al alcohol; es el alcohol el que 
me “chupa” a mí! 

Su amargura se acentuaba cada nuevo día; y ya en sus 
horas más angustiosas, cuando se hallaba en una cama del 
Hospital Español, esperando el paso de la miuerte, que él 
aguardó con la serenidad de los espíritus más fuertes, decía 
a uno de los amigos átribulados que todavía lo acompañaban: 
— Yo tuve tres grandes pasiones: mi canario, mis claveles y 
las estrellas. . . El canario se me murió; los claveles se me se- 
caron ... y ahora me indigna pensar que no puedo apagar laa 
estrellas ! 

Ni un momento dejó de ser poeta, ni un instante dejó de 
vibrar su alma en la más honda y conmovida emoción. 

Y tuvo un espíritu tan fuerte y una sinceridad tan grande, 
que en el instante de morir, cuando la hermana de caridad 
que lo asistía le pidió dulcemente que fiara en dios, que pen- 
sara siquiera en dios, que se sometiera ciegamente a la idea 
de dios ante la esperanza de que se realizara un milagro, 
Lasso de la Vega, en el último extertor, en el momento mismo 
en que la vida se le iba, con el esfuerzo de su última expira- 
ción, lanzó una tremenda blasfemia contra dios! 

Sin duda la pobre mujer quedó aterrada, creyendo que 
había asistido al demonio e incapaz de comprender la gran- 
deza de ese hombre que ante sus ojos acababa de desaparecer! 




LA ANATOMIA DEL CORAZON 

Frente a una el? las aceras de la calle Rincón, se abre un 
escaparate en el que se ostentan, en marco blanco, algunas 
zincografías reproduciendo cuadros más o menos célebres, más 
o menea celebrados. Sin advertirlo, “César” y yo, que hemos 
quedado detenidos en medio de la acera por la atracción del 
escaparate, largo rato quedamos con el ánimo pendiente de 
una de aquellas figuras. Cuando vuelvo a la realidad de la 
calle, veo en el rostro de mi amigo pintada una emoción que 
sin duda está también en el fondo de mi espíritu. 

La figura que ha detenido tan hondamente nuestra aten- 
ción, es un cuadro muy conocido aunque no vulgarizado, lleno 
de fuerte y vibrante emoción. Muchos de nosotros lo conoce- 
mos de largo tiempo, y muchos de nosotros alguna vez hemos 
sido conmovidos por la escena que representa. Es, quizá, la 
sala de un hospital, donde algunas mesas de mármol esperan 
la carne mármora ce los cadáveres para la disección y en una 
de las cuale?, tendida boca arriba, yace la figura de una 
mujer hermosa, en el esplendor de una desnudez casi absolu- 
ta, y de una bolla juventud absurdamente malograda. Es una 
hermosa y rotunda expresión de feminidad. 

Junto al cadáver de la joven, de pie, un hombre, un viejo, 
un médico seguramente. Es un viejo que expresa la plenitud 
del vigor espiritual, un viejo de cabellera enmarañada, de bar- 
bas largas tan blancas como la cabellera, que observa a través 
de los lentes que parecen querer escurrirse de la nariz, una 
entraña sangrante c-ue levanta entre los dedos de su mano 
izquierda, un corazón, el corazón de la hermosa mujer tendi- 
da sobre la mesa de mármol. Esta figura, este cuadro, se 
llama “La ana 'omía del corazón”. 

Naturalmente, toda la belleza, toda la sugestión de la es- 
cena radica enteramente en el hombre. Y es en la figura del 
hombre en la que se ha detenido nuestra atención, y frente a 
la cual hemos sentido acelerarse un poco los movimientos del 
propio corazón. Se advierte fácilmente lo que ha ocurrido allí. 
El médico, el hombre que ha vivido largamente y que larga- 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


108 

mente ha estudiado, para quien se han disipado muchos de 
los grandes misterios de la ciencia, que ha llegado a compren- 
der, porque se lo enseñó su profesión, el sentido de todos los 
dolores y de todas las miserias de la humanidad, se encuentra 
frente al más inquietante, al más indescifrable de los misterios 
que puso la vida ante sus ojos escrutadores: el corazón de la 
mujer. El viejo ha pasado accidentalmente' por la sala de disec- 
ción, quizá entró en ella anticipándose a la llegada de los jó- 
venes discípulos, o inopinadamente se encontró solo frente al 
esplendor inanimado de la belleza femenina, frente a la más 
■bella expresión material de la mujer. ¿Sabrán acaso las muje- 
res, el valor expresivo que para algunos hombres tiene la 
palabra “mujer”? 

Cuántas de sus noches juveniles no habrá perdido el viejo 
maestro, en la tortura desesperante de las cosas no compren- 
didas, por la decepción del amor mozo que no llegó a flo- 
recer! Cuántas veces habrá martirizado su cerebro juvenil, 
queriendo explicarse^ el hermetismo de un corazón impasible 
a sus demandas! Cuántas veces, en esos sueños absurdos que 
sueñan todos los que creen y esperan, cantan o estudian, en- 
señan o lloran, cuántas veces no habrá imaginado ese viejo 
siempre torturado por el misterio, la posibilidad de arrancar 
a la Naturaleza, todo el terrible secreto que puso en el cora- 
zón de la muj er joven y hermosa! Sin duda, muchas veces 
hubiera querido delante de sus profesores o de sus compañe- 
ros de estudio, cada vez que se encontró frente a un cadáver 
de mujer, ir derecho a su corazón y verlo, oiglo, sentirlo latir, 
descubrir el terrible secreto cuya existencia ha imaginado; 
pero, sin duda, se ha contenido temeroso de que le creyeran, 
más que médico, poeta. 

Ahora se ha encontrado en la sala de disección, solo, com- 
pletamente solo, ante el cadáver blanco y bello de la mujer, 
que la tela ha cubierto pudorosamente, con el pudor que im- 
pone la muerte a los ojos de los hombres que, si del mismo 

modo la hubieran visto viva, la hubieran bañado en su de- 

lectación. Y el impulso ha sido superior a su voluntad y a su 
pensamiento; el viejo se ha apoderado del primer bisturí que 
halló al alcance de su mano, no ha tenido tiempo de desnu- 

dárse la austera levita que viste, ha apartado la tela con un 

violento ademán nervioso y tremante, desorbitados los ojos, 
febricente como si fuera a desentrañar todas las fuentes del 
bien y del mal, ha hundido el bisturí en el blanco seno de la 
bella tendida sobre la mesa de mármol, —mármol sobre már- 
mol— y al fin se ha encontrado solo, frente a frente, ante sus 
ojos inquisitivos, con el corazón de la “mujer”. En este nio- 
mentó le ha sorprendido el artista. Tiene el viejo la expresión. 



OROSMAN MORATORIO 


10 » 


anhelante, iluminados sus ojos por una ansiedad que no se 
calmará jamás y quisiera — se advierte bien en su rostro— des- 
cifrar ¡al fin! el misterio, más hondo que el de las más pro- 
fundas entrañas de la tierra, más lejano que el de los más 
lejanos espacios siderales. 

Pero el artista, por serlo, ha detenido para siempre al 
hombre en esa actitud. ¿Qué otra cosa podía hacer un artista? 
Hasta ahí también, hasta ese momento, debía llegar sin duda, 
lo que de artista y de hombre que amó, había en el viejo mé- 
dico que tuvo la virtud de soñar, aun dentro de la repulsiva 
materialidad del hospital . . . 

¿Acaso habría de descifrar algún misterio? ¿Acaso hay 
algo misterioso en el corasen de la mujer? En ese instante he 
dirigido la vista a “César”, que ha vivido más que yo, para 
encontrar en sus ojos el mismo pensamiento que siento surgir 
en mí; pero los ojos socarrones de mi amigo están fijos en el 
cuadro y lucen con luz extraña, luz que antes no había ■'ústo 
en ellos. Yo imagino que “César” en ese momento piensa lo 
que yo pienso. 

¿Es que hay algo, efectivamente, en el corazón de la mu- 
jer, que hace que sea un misterio eternamente cerrado, el 
corazón de la mujer? Puede ser, pero... Pero yo he supuesto 
siempre que no ha sido Dios, que no ha sido la Naturaleza, 
quien ha puesto ese misterio en el corazón femenino; el hom- 
bre ha magnificado, ha endiosado a la mujer, ha hecho de 
ella, no lo que la -Naturaleza ha querido que sean, sino lo que 
él ha querido encontrar en ella. ¿Cuántas veces, en el amor 
ce la mujer no nos amamos a nosotros mismos, no amamos 
nuestra ilusión y nuestro sueño? Quizá las grandes decepcio- 
nes de los grandes enamorados no tienen otra causa y quizá, 
en consecuencia, no e.s verdad lo que afirmaba Lamartine, 
que en el origen de todas las grandes cosas hay siempre una 
mujer ¿Por qué no podrá ser esto? Esa misma necesidad que 
ha sentido el viejo médico, de ir, furtivamente, a apoderarse 
del corazón de una mujer para descubrirle su secreto de fe- 
minidad, ¿no es la expresión de que el hombre ha puesto en 
el corazón femenino, todo lo que siempre ha atribuido a la 
mujer? 

El hombre se apoderó de la mujer la hizo suya en el cuer- 
po y en el alma, la amó así, como él la hizo y como él. quiso 
que fuera; y cuando al fin la ha dejado sola, la ha librado al 
propio esfuerzo y a la propia libertad, la mujer ha querido 
-ser todo lo contrario de lo que ha sido; la mujer quiere ser 
igual al hombre! ¿No expresa, esto que el misterio del corazón 
.femenino es obra de la imaginación masculina? 

Mí compañero “César”, que no ha recobrado todavía su 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


110 

dulce sonrisa habitual, me invita, con la mirada, a continuar 
nuestro camino. 

— ¿Vamos? 

— Vamos . . . 



TEES MUJERES 

Como ya no tiene novio, como la juventud se ha ido de- 
masiado prestamente, como la belleza se ha extinguido poco a 
poco, la pobrecita es en la casa un tipo de añadidura, un ente 
ridiculo que no sabe vestir, que lleva las ropas que se lleva- 
ban hace veinte años. Las hermanas, todas menores, algunas 
sin novio pero todas con esperanzas, le sonríen con desdén y 
le hablan con burlas, pero la encargan de todos los trabajos 
y le solicitan todos los auxilios. 

Ella, que vive con el dolor angustioso de sentirse asida a 
la última esperanza, vive un poco avergonzada de haber per- 
dido la vida así, tan fríamente, sin haber sabido retener a 
su lado al amor, el amor, que es luz y aliento y almia de la 
mujer Y su feminidad se rebela contra sí misma, y la histeria, 
que está a punto de hacer estallar sus nervios, la hace agresi- 
va contra todos, y contra todos desata los mil látigos de la 
locura de su feminidad . . . 

Los chicos de la vecindad se ríen de ella, que parece, por 
las tardes, junto al marco de la puerta de calle, una estampa 
antigua; se ríen de ella, que no consigue ocultar bajo las 
pinturas, dispuestas sin tino, los mil pliegues del rostro en 
decrepitud. Y las chicas, que pasean por la acera sus coquete- 
rías prematuras, le clavan, despiadadas, los dardos sutiles de 
sus miradas, de sus sonrisas, de sus palabras armoniosas y 
cantoras. . . 

La madre la compadece, y siente quizá un poco el dolor de 
aquel fracaso, del que se cree responsable. Al padre le inspira 
piedad; pero, hombre al fin, siente en su corazón algo así co- 
mo un desdén por la mujer que no alcanzó a serlo del todo. 
Y los tíos y los hermanos, duros e incomprensivos, incapaces 
de una agudeza espiritual que les permita comprender la tra- 
gedia femenina, la hacen objeto de sus más despiadadas burlas. 

Ella, seguramente, en el silencio de sus duras noches de 
fría soledad, ahoga en las intimidades de la almohada el 
llanto convulsivo de su histerismo irremediable. Ha sufrido 
durante el día la más brutal de las tragedias: la tragedia de 



112 — t LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

ver pasar a su lado a los hombres sin que la miren, sin que; 
le dirijan una mirada de admiración o de codicia. 


Tiene diez y seis años, las pupilas luminosas, rojos los 
labios, tersa y brillante la piel, como de fruta en sazón. Tiene 
el resplandor, la savia y el perfume que sólo tienen la fruta y 
las mujeres primaverales. Los poetas la han comparado con 
una flor; pero en cambio es bella, rotunda y sabrosa como 
fruto en plena madurez; como la fruta, es perfecta, y no 
puede ser ni debe ser de otro modo. 

Siente que todo es hermoso y riente, porque todavía no per- 
cibe lo exterior, y en cambio ve y siente todas las cosas a tra- 
vés de la propia irradiación. Todo es ella misma. Y como em- 
pieza a sentir y a pensar e ignora lo que han pasado y han 
sentido los demás, cree que nadie ha de sorprender el secreto 
de su fantasía y de su corazón, y habla y ríe secretamente con 
las muchachas de su edad, confiándoles secretos muy íntimos 
y muy ignorados por todas. 

Tiene la belleza eterna, la belleza inmortal de la juventud 
que tuvieron Julieta, María, Graciela; pero, capullo de mujer 
de otra edad, en el fondo de su corazón inquieto se desenvuel- 
ve el germen de un áspid. No tiene la feminidad dulce y sutil 
que tuvo la madre, porque la envuelve la ola de la nueva fe- 
minidad que le aporta un cierto tinte de perversión, de mas- 
culinidad absurda, con el cabello enmarañado, loco, de chiqui- 
llo tavieso. 

Nadie como ella se ha sentido en el mundo tan feliz; feliz 
por sentirse bella, por sentirse codiciada, por sentirse amante 
sin haber amado. Es ella la fuerza toda de la naturaleza, es lo 
bello en plenitud y es la plenitud de Dios. 


Mam,á ya tiene el pelo blanco. Recordándola, evocándola tal 
como era en los días lejanos de nuestra niñez, parece expresar- 
nos su figura que el tiempo se empeña en deshacer lo que bella- 
mente hizo antes; parece su figura como que se hubiera ido gas- 
tando, desmenuzándose, sin que lo advirtiéramos. Un día, de 
pronto, mirando un retrato suyo, ya viejo, nos damos cuenta, 
doloridos y sorprendidos, de que ahora es otra aquella mamá ae 
nuestra niñez; que se está yendo — sin que nosotros lo hubié- 
ramos advertido— y que se aproxima el día en que se nos 
irá del todo. 

El cabello ha emblanquecido por completo, las pupilas no 



OROSMAN MORATORIO 


llS- 


brillan luminosamente y parecen ocultarse tras la gruesa cor- 
tina de los párpados que caen; las mejillas están flácidas, la 
frente se parte en largos trazos paralelos, en la comisura de 
los labios (los labios que amorosamente nos besaron en los 
minutos de dicha y en las largas horas de angustia) se ahon- 
da un rictus de dolor y de fatiga. 

Todo esto es obra del tiempo. Pero es también obra nues- 
tra, quizás en mayor grado que del tiempo obra de nosotros, 
que surgimos de su dolor; obra de nosotros, que constituimos, 
sus hondas preocupaciones; obra de nosotros, que le provo- 
camos lágrimas secretas; obra de nosotros, que la herimos 
con nuestra ingratitud; obra de nosotros, que le destruimos 
las mejores esperanzas; obra de nosotros, obra nuestra, que 
no supimos comprenderla, que no fuimos con ella del todo bue- 
nos y amorctsos. 

Y mirándola ahora envejecida, gastándose, desmenuzán- 
dose, más por obra nuestra que por obra del tiempo, sentimos 
necesidad de caer ante ella de rodillas, y hundiendo la cabeza 
en su regazo depositar sobre él las más ardientes, las más 
amargas, las más dolientes lágrimas de nuestro corazón... Y 
pedirle, como en los momentos de las travesuras de la infan- 
cia, con el arrepentimiento de entonces: ¡Perdón, mamá! 




“ERRAR LA PICADA” 

Toe!... toe!... toe! Todas las tardes, a la misma hora,, 
entraba al café haciendo sonar su bastón, un grueso bastón 
en el que sostenía su cuerpo ya claudicante. Vencido el dorso 
hacia adelante, su cuerpo iba perdiendo el garbo que sin duda 
tuvo no muchos años antes; y la ropa, demasiado holgada, 
como si no hubiera sido hecha para aquel hombre, delataba un 
adelgazamiento repentino. Uno de esos adelgazamientos quo 
revelan al par que un derrumbamiento físico, un derrumba- 
miento moral. 

Un bigote fino que emblanquecía, bajo una fina nariz de 
arco, y sombreadas por gruesas cejas negras, las pupilas, tam- 
bién negras, tenían extraña expresión. Eran unos ojos pe- 
rennemente azorados, como si contemplaran siempre un mis- 
mo espectáculo incomprensible. Pero no era un azoramiento 
humano el de aquellas pupilas; recordaban el azoramiento 
de los ojos de Tos corderos cuando el cuchillo del matarife val 
decapitando, pieza por pieza, todo el rebaño. Sin duda había 
en su corazón la misma sensación de espanto que sufre el 
cordero en el instante del sacrificio! 

Se sentaba siempre junto a una misma mesa y un minuto 
después llegaba el mismo camarero y le colocaba en frente 
una taza de café y un platillo con tres terrones de azúcar. El 
camarero hacía siempre la misma pregunta y el parroquiano’ 
contestaba siempre con la misma frase: 

— Buenas tardes... ¿Qué dice? 

— Qué querés que diga, ché! ¡Erré “la picada”! 

El camarero volvía el rostro para que no le viera sonreír 
y se dirigía a otra mesa. 

Una hora, dos horas, más a veces, quedaba el hombre fren- 
te a la taza de café, que no siempre bebía. Sus ojos, fijos en. 
un punto cualquiera, a veces en la pared, a veces en el techo,, 
a veces en el suelo, no perdían jamás su expresión de azora- 
miento. De pronto erguía el talle, y un ruidoso suspiro salía 
de sus labios. 

A veces alguien se le aproximaba: 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


116 


— ¿Cómo está, don Robustiano? 

Le dirigía una mirada de sus azorados ojos y contestaba 
con acento desolado: 

— Cómo querés que me vaya, ché! Erré “la picada”! 

Después de aquellas largas horas de ensimismamiento, se 
ponía lentamente en pie y volvía a sonar el golpe de su bastón 
en las tablas del piso: Toe! toe! toe! 

Salía. 


Y sé recostaba en una de las columnas pesadotas y anti- 
estéticas de La Pasiva, de frente a la acera, contemplando el 
paso de los transeúntes. Lugar que dispone de concurrencia 
propia e inconfundible, donde se tratan pequeños negocios, 
donde ejercen sus funciones curiales al menudeo, prestamistas 
de dura entraña y gritones vendedores de lotería, hallaba don 
Rcbusíiano en aquel sitio y entre aquella gente, cierta consi- 
deración en el trato que era para su corazón el solo consuelo 
que le restaba. 

Don Robustiano había sido diputado nacional. Sólo hacía 
un año que había dejado de serlo y no habiendo podido volver 
a la Cámara, su vida habíase tornado un martirio de desolación. 

En su pueblo, allá por el centro de la República, vivó mu- 
chos años ignorado e ignorante; sin ambición y sin horizon- 
tes. Pero un día fué despertado de su situación de larva hu- 
mana, cuando el comisario de policía le persuadió de que podía 
acaudillar a toda la gente de la estancia en que trabajaba e 
influir en el resultado de las elecciones. 

Su carrera fué rápida. Ganó la elección seccional; fué pre- 
sidente de un club; volvióse hombre de consulta para el mis- 
mo comisario, y tres años más tarde, después de la elección si- 
guiente, don Robustiano, salido ya del estado de larva, llegaba 
a Montevideo con los poderes de representante nacional debajó 
del brazo. 

Bien sabía él lo que debía hacer en la Cámara y excelen- 
tes condiciones tenía para ello. Conocedor de los hombres y 
de la política, no se había equivocado el comisario de su “pa- 
go” cuando lo indujo a acaudillar en las elecciones la gente 
de la estancia. Cumplió invariablemente con el gobierno, y si 
bien es verdad que jamás pensó en contrariarlo, cierto era 
también que carecía de todas las condiciones necesarias para 
obrar por cuenta propia. 

Un día se dividió en dos el partido del gobierno y el go- 
bierno mismo. ¿Qué hacer? El que hubiera visto la perpleji- 
dad de don Robustiano en aquel trance, podría haber afirma- 



OROSMAN MORATORIO 


117 


do que hasta entonces el mundo no había sabido lo que era 
perplejidad. Pero el jefe de una de las fracciones del partido, 
le llamó a su despacho y le pidió su adhesión. El hombre se 
creyó salvado al fin. Esto precisamente fué lo que perdió a 
•don Robustiano. Aceptó inmediatamente; aceptó con regocijo. 

Sin embargo, acababa de elegir la peor parte. Seis meses 
después, producida una nueva elección, don Robustiano tuvo 
que abandonar la banca legislativa a otro; precisamente al 
comisario que lo había sacado en mal momento, de su estado 
de larva . . . 

Don Robustiano había “errado la picada”. 


De muchas cosas impensadas y desconocidas se habían 
llenado su cerebro y su corazón desde el día en que llegó a 
Montevideo convertido en diputado nacional; de muchas co- 
sas que le impedían ahora volver al “pago” y ser de nuevo la 
larva humilde que había sido. Todo se le había derrumbado 
de pronto. . . y no tenía condiciones para ponerse a reconstruir. 

Y abandonaba bajo los arcos de La Pasiva la amargura de 
su tragedia íntima. Y cuando un prestamista, cuando un ven- 
dedor de lotería, cuando un lustrabotas, se le aproximaba a 
conservar, con cierto respeto pues lo veían aureolado por el re- 
cuerdo de una actuación legislativa que nadie conoció, las 
pupilas de don Robustiano mostraban todo su azoramiento y 
su voz desdada repetía: 

— Qué querés que te diga, ché!... ¡Erré “la picada”! 




BARTOLITO, EL COCHERO 

Eramos tres muchachos que recién nos lanzábamos a la 
vida. Creíamos en todo y lo esperábamos todo . . . Creimos en 
la excelsitud del mundo, soñábamos con la gloria, y poseíamos 
gloriosamente las más absurdas y bellas fantasías. Nada nos 
detenía, todo lo podíamos, todo era nuestro, nada nos inquie- 
taba; el presente era bello, y más bello aún debía ser el 
«porvenir. Eramos, evidentemente, tres grandes hombres, gran- 
des y gloriosos como nadie más que nosotros pudo serlo. (En 
el fondo de esta evocación todavía me sonríe el más bello y 
amable rostro femenino). 

Como el mundo era nuestro, como nada se oponía a nues- 
tro antojo, emprendimos la conquista de todo, sin lograr 
nada, pero creyendo conseguir cuanto quisimos alcanzar. (Fué 
mucho más tarde, cuando empezamos a darnos de bruces con- 
tra la vida, que nos dimos cuenta que de todo aquello no que- 
daba en nuestras manos sino una insignificante mácula de 
ceniza). 

En aquellas horas gloriosas tuvimos los tres un compa- 
ñero excelso en Bartoiito. Pero Bartolito ya no tenía nuestra 
edad, y, lo que era peor para él, no tenía ni nuestros sueños, 
ni nuestras esperanzas, ni nuestra confianza en las cosas todas 
del mundo. Quizá Bartolito no tuviera ya ni un sueño, ni 
una esperanza, ni una confianza en las cosas de este mundo. 
Pero tenía algo que lo acercaba a nosotros que le hacía sin 
duda admirarnos y sin duda quererlos : Bartolito nos com- 
prendía y éramos para él un placer, evidentemente. 

Bartolito era un cochero, un cochero de la plaza Cagan- 
cha. Los automóviles han desalojado para siempre a los co- 
ches de plaza, que en verano se achicharraban al sol y en el 
invierno escurrían toda el agua de las lluvias, inmóviles a los 
bordes de la plaza Cagancha y de la plaza Independencia. 
Para hallar en Montevideo un carruaje, era de todo punto 
indispensable acudir a esos lugares, a cualquier hora. 

Bartolito era una mezcla de japonés, de chino, de indio 
“pampa” o de “tape”. Bajo de estatura, ancho de espaldas, 
tenía la cara redonda, de color cobrizo y de piel resquebra- 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE: 


120 

jada; la nariz era chata, el bigote (¡era en los tiempos del 
bigote!) fino, negro y cerdoso, surgiendo sólo de las comisu- 
ras de la boca. Sus ojillos — no alcanzaban a ser ojos — eran, 
pequeños, estirados y oblicuos. Se tocaba la cabeza, de pelo> 
renegrido y duro, con la “galerita” obligada de ios cocheros 
de plaza. Toda su indumentaria era verde, verde desde el 
sombrero a los botines, por la obra lenta y constante de las 
lluvias y de los soles. 

En las noches de Carnaval, y en todas nuestras noches de 
fiesta, que eran casi todas las noches, el carruaje de Bartolito, 
incluido Bartolito en primer término, era nuestro. Era una 
de esas volantas que pomposamente llamábamos “victorias”,, 
que no tenían más resguardo que una capota contra el sol y 
contra la lluvia, que iba en verano volcada hacia atrás, para 
lucimiento del pasajero, puesto que en aquellos días todavía, 
era un lujo el viaje en coche. 

En los días y a la hora en que sospechaba que nosotros 
iríamos en su busca, Bartolito se negaba en redondo a alqui- 
lar su volanta, quienquiera fuese el que se la solicitara; no 
importaba que le ofreciera por el alquiler el doble de lo que 
habríamos de pagarle nosotros. Bartolito nos guardaba una 
fidelidad escalofriante y perjudicial para sus intereses de co- 
chero. 

Mientras viajábamos en su carricoche, al trote rítmico de 
sus caballos, entre fustazo y fustazo, Bartolito exclamaba, con 
hondo regocijo y riendo hasta hacer desaparecer del todo sus 
ojillos oblicuos: 

— ¡Nunca he visto unos muchachos más divertidos!... 
¡Muchachos lindos!... 

Muchas veces, al final de una noche de diversiones, al 
salir de un restaurante, comprobábamos que no quedaban en 
nuestros bolsillos más que diez o doce pesos que debíamos pa- 
garle al cochero, y resolvíamos regresar inmediatamente a 
casa, sin esperar a que el sol, ascendiendo demasiado rápida- 
mente en el horizonte, nos advirtiera que había llegado la 
hora de ir a dormir. Y Bartolito, que más de una mañana tuvo, 
que ir él mismo a abrir la puerta de la casa de cada uno y 
depositarnos solícitamente, quizá un poco paternal, en el za- 
guán o en la primera habitación que encontraba, se negaba 
resueltamente a que interrumpiéramos tan desusadamente 
nuestra correría... Entonces, cuando le decíamos: “¡Bartoli- 
to, a dormir!”, se rebelaba Bartolito a nuestra orden, y po- 
niéndose de pie en el pescante, levantando sobre su cabeza 
ambas manos, en una de las cuales empuñaba el látigo, su 
inestimable atributo, y como tenía ya su dinero en el bolsillo* 
exclama, resuelta y entusiastamente: 



-OROSMAN MORATORIO 


121 


— ¡A dormir, no!... ¡Siga la farra!... ¡Ahora pago yo, 
muchachos!... ¡Ahora soy yo quien paga! 

Y' había que seguir a Bartolito, y, en honor a la verdad 
histórica, es necesario decir que alguna madrugada o algu- 
na mañana luminosa de verano, nuestras tres cabezas de mu- 
chachos se confundieron con la de Bartolito, tumbadas en 
racimo sobre la mesa de un café o de un restaurante. 

Kan pasado muchos años. Han pasado, evidentemente, la- 
mentablemente, más de veinte años. Be tales muchachos no 
quedan sino estos recuerdes que traza una mano que, por la 
emoción que la mueve, parece ya o.ue fuera de viejo... ¿Y 
Bartolito? ¿Dónde estará ahora Bartolito? 

Algunos años después de aquella época, muchas veces, al 
cruzar por la plaza Cagancha alguno de nosotros, Bartolito 
se nos aparecía al paso y nos saludaba sonriente, lleno de 
emocionada ternura su rostro cobrizo, achicando aun más sus 
-ojillos .oblicuos, arrugando aun más la piel requebrajada de 
su cara de chino o de japonés o de “pampa” o de “tape”. 

C ¡ erta vez — ¿cuándo fué esa vez, que no pudimos adver- 
tirla? — Bartolito desapareció, terminó su reinado, cuyo trono 
era, sin duda, el pescante. Tal vez se lo llevaron por delante, 
desalojándolo para siempre, los primeros automóviles taxíme- 
tros que rodaron por las calles de Montevideo. Pero Bartolito 
y su carricoche tienen vida perdurable en nosotros. Bien me- 
rece un poco de “inmortalidad” en nuestro recuerdo. La me- 
moria de Bartolito es la memoria de los días más tontamente 
hermosos tíe nuestra vida, de la vida de los tres muchachos 
que creíamos en todo y que esperábamos todo, incluso en el 
amor enorme y eterno de aquella muchachita cuyo rostro, des- 
de el fondo de los recuerdos, todavía nos sonríe como la más 
bella y amable promesa femenina . . . 

¿Dónde estará ahora Bartolito? 

(He escrito esto con la vaga esperanza de que Bartolito 
llegue a leerlo. No sólo como homenaje a él, sino como home- 
naje a todos los cocheros de Montevideo — elementos de la 
prehistoria social — porque Bartolito no fué un ejemplar único 
o aislado en los alrededores de las plazas de nuestra ciudad, 
sino porque, como él, fueron todos aquellos hombres de indu- 
mentaria verde, verde desde el sombrero a los botines, por la 
«•obra lenta y constante de las lluvias y de los soles. . .) 




18 DE JULIO Y ANDES 

Me contaren mis abuelos que esta esquina, hace casi un 
siglo, fué apostadero de diligencias, esos enormes coches que 
en su tiempo también fueron expresión de progreso porque 
sustituyeron a las carretas de bueyes — especie de hogares am- 
bulantes — en sus funciones de transporte de pasajeros y carga 
en todo el territorio de la República. Esta esquina, núcleo 
suburbano cuando la ciudad terminaba en la calle Ciudadela 
(que es donde ahora recién empieza) era entonces lugar de 
concentración de las relaciones campesinas con las ciudada- 
nas. En ella también estaba ubicada la confitería de “La 
Buena Moza”, predilecto lugar de reuniones masculinas, no 
sólo por la atracción natural de la índole del negocio cuanto 
por la atracción extraordinaria — aunque también natural — 
-que ofrecía “la buena moza” que se ostentaba como en la 
magnificencia de un altar detrás de mostrador donde triunfa- 
ban los colores abigarrados de los alfeñiques y de las “pasti- 
llas de corazón”. 

En esta esquina, donde ahora tenemos esta obsesión de 
cemento armado que es el rascacielos de Salvo, se concentró 
toda la vida aldeana de una población primitiva que a la 
puesta del sol se refugiaba tras los muros de la ciudad por el 
temor a las sombras y a los salteadores. 

Más tarde, el ferrocarril desplazó esa concentración de 
actividades (no eran febriles, ni siquiera inquietas, las acti- 
vidades de entonces) hacia otros lugares de la ciudad, ya 
ella misma desplazada hacia afuera. Así* empezó a irse, a des- 
aparecer, la tradición de las costumbres. 

Después, durante muchos años, durante quien sabe cuán- 
tos años — ya en la época en que la conocimos nosotros — que- 
dó esta esquina abandonada al paso lento y trepidante del 
Tranvía Oriental, que anunciaba su paso con el campanilleo 
de sus caballos y ¿1 trepidar de su insegura armazón. Días en- 
teros sólo permanecía allí, gacho el pescuezo y arrastrando 
los arreos, el caballo de “cuarta” del viejo tranvía a la Unión 
y Maroñas, el primero de los tranvías que tuvo Montevideo y 
que comenzó a funcionar sobre rieles de madera. Sólo había 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


124 

allí algüna rueda de chiquillos, cuando “el negro Sayago” 
daba al aire las estridencias de su clarín que brillaba al sol, 
anunciando una corridas de toros o un remate de Piria. 

•El “Almacén de la Feria”, en su vidriera liena de mates 
— el de los mates era un negocio de la época en que llegaba allí, 
las diligencias — ostentaba todos los días los programas de los 
teatros y era allí, precisamente, donde al atardecer íbamos a 
enterarnos de les espectáculos del Solís, del Cibils o del San 
Felipe. El “Café Nuevo” — viejo ya entonces — concentraba pa- 
rroquias de toda catadura, que rememoraban las corridas de 
toros y que si todavía no apostaban a las “quinielas” en cam- 
bio ya jugaban al monte y a las carreras. 

En esos tiempos — que no están muy lejos, sin embargo — 
todavía se podía atravesar las calles leyendo el diario sin pe- 
ligro para nadie. Tiempos tranquilos,, patriarcales, sólo turba- 
dos por las inquietudes que ponían en les espíritus las noti- 
cias de las revoluciones, tiempos de los cuales sólo nos queda 
ahora el mismo sol, cálido, luminoso y transparente, en que se 
baña la ciudad en los días de nuestro verano maravilloso. 

Un día cruzaron las calles de Montevideo los primeros 
tranvías eléctricos y uno de ellos atravesó esta esquina lle- 
nándola con su inquietud de hierres y ccn el zumbido iróni- 
co del troley que silba en el cable. Otro día el acero bruñido- 
del asfalto se tendió en medio de la calzada, ante la protesta 
de los carreros y de los cocheros y la esquina de 18 de Julio y 
Andes fué el más grande núcleo de concentración ciudadana- 



EPISODIOS DE LA CEAPULA 


Era en una de las calles más típicas de la ciudad. La callea 
Yerbal, con las de Camiacuá y Santa Teresa, constituyó el ra- 
dio central del Montevideo de hace medio siglo. Todas las 
viejas familias montevideanos se encontraron unidas en aquel 
tiempo por el vínculo del avecinamiento en esas calles y de 
esa vecindad surgieren largas amistades y los enlazamientos 
familiares que constituyeron, puede decirse, el primer núcleo 
de la sociedad de Montevideo. 

La expansión urbana fué poco a poco descentrando ese 
núcleo, hasta que el radio más central de la ciudad, quedó 
convertido en suburbio que luego fué asiento de lo que hoy 
es todavía; de lo que Emilio Frugoni llamó el “barrio infame” 
Y dentro de poco, ganados esos terrenos para la Rambla Sur, 
magnífica obra edilicia que ha de transformar el viejo aspec- 
to ciudadano, habrá desaparecido para siempre el barrio que- 
concentró un día a las antiguas familias montevideanos y 
que constituye — ¡hoy todavía! — el barrio inf andante. 

Todo lo que aconteció allí, empieza ya a ser historia. 

Para muchos montevideanos, todavía jóvenes, las casas 
de juego, abiertas siempre a la degradación de los viciosos y 
a la ilusión de los ingénuos, no son más que un recuerdo; para 
otros, no serán más que un secreto. 

La policía, quién sabe porqué diversidad de circunstan- 
cias, las toleraba, y una concurrencia heterogénea llenaba las. 
casas de El Tábano, de Camila, de Esperón y otras que no te- 
nían la popularidad de éstas. 

La catedral de esas casas y también la catedral del barrio 
infame, era la de El Tábano, ubicada en la calle Yerbal, fren- 
te al viejo mercado central donde se aglomeraban todas las 
madrugadas los carros portadores de aprovisionamiento de 
verduras y frutas de la ciudad. Muchos de esos “quinteros”, 
parroquianos asiduos de El Tábano, dejaron en las mesas de 
juego, en la ruleta o en la “encartada”, íntegro el fruto de su 
noble esfuerzo sobre la tierra. 

Cuando el sol se tendía ya sobre al calle, todas las ma- 



LA CIUDAD QUE DESAPARECE 


126 

manas, descendían la sucia escalera de mármol de El Tábano, 
los mismos o semejantes jugadores, con la ropa cubierta de 
polvo, el rostro demacrado, intensamente sombreados los ojos, 
la misma impresión de desaliento, la misma sensación de 
derrota en todos los ánimos. 


— ¿Tiene armas, señor? 

— No señor. . . 

— Suba . . . 

Está la entrada expedita; no se necesita otra cosa para 
que se haga accesible el antro. Subimos. 

Es un viejo caserón al que da acceso una sucia escalera 
de mármol en cuya mitad hay un tramo más ancho que los 
otros, un descanso. Desde allí ya se oye el rumor de coimiena 
que vibra en toda la casa y se percibe el ruido de los rastré 
líos al recoger las fichas de sobre la mesa. 

La parte superior de la escalera, circundada por una ba- 
randa de hierro, está sobre un patio en cada uno de cuyos 
laterales hay dos habitaciones con otras tantas puertas. La 
habitación que da sobre la calle es un enorme salón que en 
los momentos en que pisamos el patio, se encuentra repleto 
de concurrencia. La atmósfera es asfixiante apesar del frío de 
la calle; un vaho repulsivo sale por la puerta del salón. 

— Puerta... Derecho... Canturrea una voz ronca. 

Es la mesa en que se juega a la “encartada”, más inte- 
resante, para el ^observador que la ruleta. La tabla, cubierta 
por el imprescindible tapete verde, rayada en todo su alrede- 
dor por dos líneas blancas paralelas, se halla cubierta de fi- 
chas de diversos colores y de varias formas. La mesa podrá 
tener unos cinco metros de largo y se encuentra rodeada por 
cerca de doscientas personas. Es necesario realizar un esfuer- 
zo para colocarse junto a la mesa, de manera que se pueda 
ver el juego y los rostros de los jugadores. 

—Siete y valé. . . Canta la voz ronca, la misma que se oyó 
al entrar, y una infinidad de manos se tienden sobre la car- 
peta, dejando sobre ella fichas y algunas monedas de níquel y 
de plata. 

— Se vá... Dice la misma voz, y los jugadores quedan en 
-silenc'o, en un hondo silencio de espectativa, en el que sólo se 
oye el leve roce que producen las cartas al ser sacadas del 
mazo, por la hábil mano del tallador. 

De pronto una voz trémula, que sale de un pecho anhe- 
lante y pasa a través de una garganta que se adivina seca, 
-dice, haciendo levantar algunas cabezas: “Juego!” y la voz 



OROSMAN MORATORIO 


127 “ 


ronca del tallador contesta, entre sodemne y amenazante: 
“Juegue!” Y cuando una mano trémula ha dejado una nüeva 
ficha sobre la mesa, canturrea de nuevo la voz ronca: 

— Puerta... Derecho... derecho... 

De nuevo el silencio. 

Dos campanadas sonoras y graves, solemnes como la voz 
de un sacerdote o de un juez en funciones, se descuelgan de 
un reloj, viejo y también sucio como toda la casa, que está 
colocado en una de las paredes laterales del salón. 

¿Qué le importará a nadie la hora en esos momentos? Son 
las dos de la mañana de un domingo, la hora y el día en que 
el juego está en toda su magnitud, en todo su esplendor, si es. 
que las grandes miserias humanas pueden también tener es- 
plendor. 

— Valé, canta la voz del tallador con acento triunfal por- 
que ha salido la carta que tiene menos “posturas”. Sobre las 
palas se oye el golpecito seco de las fichas, al ser recogidas. 
Hay en aquel momento caras que se miran entre sí con gestos 
de impaciencia, otras con miradas de júbilo, las más con ex- 
presión de infinito desaliento. 

Hay un muchacho, cuyo rostro refleja la angustia de su 
inexperiencia y que muestra a su vecino una ficha en la pal- 
ma de la mano. La última, tal vez, de todas las que fué co- 
locando en la mesa y que se fué llevando la flexible pala 
durante esa larga noche. Su vecino, volviendo hacia él su ros- 
tro en que se pinta la crápula, le explica: —¿No ve usted que 
se está dando un “si-no” de “judías”? El muchacho lo mira 
sin comprender . . . 

— Aire de cinco! 

Han salido dos cartas iguales y vuelven a tirarse sobre 
éllas otras dos: 

— Tres y cinco! 

Casi todas las manos se tienden esta vez rápidamente, sin 
vacilación, para jugar al tres, que seguramente tiene más pro- 
babilidades de ganar. Sólo una mano temerosa, con ademán, 
furtivo, coloca una ficha en favor del cinco. 

No han salido diez carcas, sin embargo, el tallador canta 
el cinco. 

Gesto de estupor en unos; ademán de impaciencia en 
otros. La mano que jugara tímidamente al cinco, recoge, ya 
sin reparar, su ficha duplicada. 

Los encargados de pagar y recoger las fichas, observan 
con admirable vivacidad el menor movimiento de cada uno 
de los jugadores, los que están sometidos a sus voces de mando.. 

De la habitación vecina se oye la voz del tahúr que hace 



128 LA CIUDAD QUE DESAPARECE 

girar la rulsta, que a intervalos más o menos breves, canta 
con voz destemplada: 

“Se va”. . . “No va más”. . . 

Un murmullo de voces medio apagadas que ha empezado 
a percibirse en un extremo del salón, de pronto ha ido hacién- 
dose mayor, hasta que se ha convertido en griterío. La gente 
ce alarma, se arremolina alrededor del grupo; unos tratan 
•de imponer silencio en 4anto que otros excitan a los que pe- 
lean. Los jugadores echan mano a las fichas que tienen sobre 
la mesa. Ya nadie atiende el juego y el tallador, un hombre 
grande y recio, se coloca entre los que discuten y con voz im- 
periosa; amenazando con los puños, intenta aplacar los áni- 
mos. De pronto, entre el hacinamiento de gente que gesticula, 
brilla siniestro un revólver. 

El grupo se dispersa, muchos salen precipitadamente al 
patio y se oye un tropel de tacos en al escalera. Es el pánico. 
En tanto, llena toda la casa la voz ronca del tallador que 
grita desaforadamente: 

— No disparen!... No es nada!... No disparen!... No 
disparen! . . . 

La noche es clara y serena; un cielo profundo, un cielo 
obscuro, muestra todo el maravilloso caudal de sus estrellas y 
•cubre a todos los hombres por igual . . . 



INDICE 

JPA8. 


Nota del editor 7 

Orosmán Moratoria . 9, 

Razón de ser de este libro . .. • ,. . . . .- . • 13 

(Ciudad muerta . . . . • - •' 19: 

La Librería de Ibarra . . . • . • • . . • . 23. 

La ciudad que desaparece . . . 27 

Un poeta fracasado ............ 31 

La invasión de los gorriones . 35 

Los jubilados de la pasiva 39 

La silueta de Roberto ........... 43 

Llegan los inmigrantes 47 

El remate de la quinta . 51 

La tragedia de Ernesto Herrera 53 

Los balcones d.e la ciudad 57 

Diógenes Hequet 61 

El recuerdo de Vázquez Cores 65 

Mi abuelo el inmigrante . 67 

Los ochenta años de don Albino Benedetti .... 71 

Historia insignificante de un hombre efímero ... 77 

Los hombres de la imprenta 79' 

Vuelve Pepe Podestá 85 

El profesor Moretti 89 

Los “viejitos” del Banco de Seguros . . . . . . 91 

Las evocaciones de don Mariano Ferreira . .■ . . . 95 

El recuerdo de los atorrantes 99 

La gallarda figura de Leoncio Lasso de la Vega . . 103 

La anatomía del corazón 107 

Tres mujeres 111 

“Errar la picada” 115 

Bartolito, el cochero 110 

18 de Julio y Andes 123 

Episodios de la crápula .......... 123